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¡El Perú es libre!

¡El Perú es libre!

Recuerdo que lloramos. También lloró el presidente cuando anunció, subido en una tolva, la muerte de los comandos Valer y Jiménez, y del vocal supremo Giusti.

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Recuerdo que lloramos. También lloró el presidente cuando anunció, subido en una tolva, la muerte de los comandos Valer y Jiménez, y del vocal supremo Giusti.
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Recuerdo que lloramos. También lloró el presidente cuando anunció, subido en una tolva, la muerte de los comandos Valer y Jiménez, y del vocal supremo Giusti.

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Yo trabajaba en la Sociedad Nacional de Industrias, a dos cuadras de la casa secuestrada del embajador japonés, cuando a poco antes de las tres y media de la tarde un ruido infernal estremeció el edificio y los vidrios retumbaron. Era el 22 de abril de 1997. Salí de mi oficina mientras todos mis compañeros se miraban en silencio y a mí se me ocurrió simplemente gritar que estaban tomando la embajada.

La tensión era enorme y las veinte personas que trabajábamos entonces en el cuarto piso del Centro de Desarrollo Industrial nos metimos a la sala de reuniones, donde había un inmenso televisor, y empezamos a ver el rescate en vivo. Nadie se atrevía a decir nada; nadie murmuraba; nadie se movía. Solo las bombas y los disparos que sonaban como si estuvieran asaltando nuestro propio edificio eran lo que se escuchaba. De pronto, cuando los rehenes empezaron a salir en mancha por las escaleras de la terraza del segundo piso estalló la alegría y todos comenzamos a abrazarnos como si fueran nuestro abuelo, nuestro padre, nuestro hermano.

Fue increíble: recuerdo que el gordo Lincoln señaló: ¡Allí sale Tudela! En ese mismo instante, la alegría desbordada se transformó en aplausos pues el canciller era la autoridad de la República con el más alto rango entre los cautivos y, por tanto, el más expuesto a ser asesinado por la banda terrorista. La espontaneidad del gesto hacia Francisco Tudela fue una reacción instintiva de reconocimiento a quien, en un momento trágico para el Perú, siempre estuvo a la altura de su cargo y de su rango, representando al Estado cautivo con valor, orgullo y dignidad hasta su liberación.

Luego todo fue de vértigo. Las camillas con los heridos empezaron a salir y todos nos preguntábamos cuántos habrían muerto. Las noticias eran confusas pero a simple vista el saldo había sido positivo. Cuando el venerable embajador Aoki se dejó ver en una camilla todos supimos que la operación había triunfado.

Lo que sigue ya no lo recuerdo bien. En un momento nos enteramos con tristeza de que habían perecido dos comandos, Valer y Jiménez, y el vocal supremo Giusti. Luego recuerdo a Fujimori en la puerta de uno de los buses que transportaba a los rehenes rescatados, con una bandera peruana y gritando la frase que nunca se me borrará de la mente: ¡El Perú es libre! Recuerdo que lloramos. También lloró el presidente cuando anunció, subido en una tolva, la muerte de los dos comandos y del vocal supremo. También lloró el obispo de Ayacucho, Juan Luis Cipriani, cuando recordó a los catorce terroristas muertos con los que había interactuado como mediador durante 126 días.

Hoy, veinte años después, al ver ayer los especiales por la efeméride no dejan de emocionarme hondamente los testimonios de nuestros heroicos comandos y el valor de todos sus actores. Sí, pues: ¡El Perú es libre!

El lado oculto del gran rescate

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Gracias al Gordo González, los terroristas quedaron equipados para jugar fútbol cada tarde. El resto es historia.

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Chavín de Huántar, abril de 1997. Veo que muchos protagonistas han ventilado sus recuerdos más cotidianos en aquella larga jornada de cautiverio y me atrevo a decir que hay muchos más que no serán revelados.

Y añado que yo conozco algunos, sin haber sido protagonista.

Primero las fuentes. Don Alberto Fujimori registró de manera electrónica una serie de testimonios que acreditaban las bondades de su gestión y, bastante antes de caer en desgracia, regaló una copia del extenso material a la matriz de NHK. Un día, alguien en Japón escarbaba material y descubrió que ahí estaba la grabación de la casa de escucha, desde la cual nuestros efectivos se comunicaban con los rehenes. Con seguridad, el audio habría sido destruido por quienes desde el comienzo quisieron tapar la verdad. No fue así y el audio rescatado en Tokio llegó al Perú.

Yo lo escuché fresquecito, en una casa particular hace doce años, y luego he accedido de oídas a estampas inauditas que merecen conocerse. Voy. Se afirma que el embajador era alcohólico y no perdonaba ni el alcohol de la enfermería y cuando se enteró del operativo pretendió oponerse. Perú no merece ese honor, ese era su fastidiado argumento final de madrugada. Seguramente en su mentalidad era más vergonzoso todavía ser rescatado por peruanos.

Sigo. Había un jefe policial entre los rehenes que pretendió encabezar el operativo (del lado de los cautivos, claro) argumentando su mayor jerarquía. No revelo contra quiénes se lanzó, por proteger fuentes. Al final, el entonces canciller Tudela le advirtió que si ese personaje tomaba el mando y salían vivos, lo primero que haría sería destituirlo. Y se acabó la discusión.

¿Y cómo empezó el fútbol? Al momento de los pequeños detalles hay que mirar al irrepetible Gordo González, entonces presidente de la U y gran amigo de Luchito Denegri, militar en cautiverio. Al enterarse de que monseñor entraba a la embajada, el Gordo le mandó por su intermedio una camiseta crema a Luchito como se le conocía al rehén. Los terroristas vieron el regalo y se quejaron, argumentando que ellos también querían camiseta. Y el exseleccionado de básquet y amante del deporte tomó nota de que tipo de camiseta querían y cumplió. Así fue como “los chanchitos" —como llamaban en clave a los terroristas— quedaron equipados para jugar fútbol cada tarde y el resto es historia.

Me extiendo, con permiso del editor. El embajador Gumucio fue instrumental al momento de ayudar al rescate de los rehenes y le paró el debate ideológico a Serpa. Pero su labor el día del rescate fue vital. Estaba de campana el embajador, mientras otros rehenes tenían que abrir un ventanal que siempre estaba cerrado. Abrirlo era la seña de que todo estaba correcto. Los terrucos daban vueltas y Gumucio elevó el volumen de su radio. Escuchaba RPP (no entiendo como han desaprovechado la ocasión marquetera de ese audio) y aumentó el volumen para que no se escuche la maniobra.

Ya estaba todo listo: solo faltaba que el seguro de fierro bajase. Era difícil manipularlo.

Por la radio, en “Los Chistosos" el presidente Belaúnde preguntaba cómo le había ido al Tumán y una carcajada grabada ocultaba el ruido de la maniobra. Listo… suspira alguien. El seguro no gira más. Y hay cinco segundos de angustia porque la tranca no bajaba. Luego se escucha un clic, la tranca ha cedido, alguien dice algo inaudible y todo son explosiones y ráfagas. ¡Viva el Perú!

"La hija de don Alberto Fujimori"

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Pedro Pablo lanza la flor y pide pasar la página. ¿Eso incluye mirar a otro lado cuando se politiza la lucha contra la corrupción?

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A estas alturas de nuestra tribulación colectiva ya no cabe duda: la lucha contra la corrupción se ha politizado. Se ha trazado una línea. Acá los amigos, allá los enemigos.

Y se ha establecido un modus operandi. Para los amigos todo, para los enemigos la ley. Es en ese macabro contexto que deben leerse las actuaciones del doctor Duberlí, bastante mejor defensor que Roy Gates, y las medidas favorables hacia Nadine Heredia.

Pero, en momentos especiales como el actual, la política no pasa de ser el arte de lo posible. Y ahí está el detalle: ¿ustedes creen que es posible aterrizar así nomás la manifiesta inclinación por favorecer a Humala y Nadine de parte de las autoridades judiciales de un sistema ya en franca siesta respecto a la extradición de Toledo? No.

La han pensado bien, ejecutaron la jugada legal con prontitud… pero no se sostendrá políticamente. No en un país cuyas instituciones comparten al interior la polarización que marca a la sociedad. Mientras escribo, ya se sabe que la fiscalía ha despertado súbitamente y ha decidido que debe interrogar nuevamente a Nadine y Ollanta.

La iniciativa a favor de Nadine tiene el costo de haber dejado a un sector del Poder Judicial al descubierto. A la Fiscalía, sorprendida bostezando. Y todo esto días después de una reunión entre Duberlí y PPK donde se revisó la topografía de juzgados encargados de los casos de corrupción. Es demasiado fustán como para no verlo y eso, normalmente, debe remover las aguas tanto en el PJ como en el Ministerio Público.

Semejante inclinación a la tapadera solamente podría prosperar con la colaboración de un fujimorismo dispuesto a mirar a otro lado. No me entra en la cabeza semejante escenario, pero en política todo es posible.

En verdad la administración de Pedro Pablo necesita del fujimorismo en muchos otros aspectos. No solamente en el tema de control político y coordinación del Congreso. El gobierno necesita del fujimorismo si quiere afrontar la reconstrucción como una agenda verdaderamente nacional y llegar con inesperado aire al final del mandato.

¿Será por eso que la que alguna vez fue llamada ratera por ser hija de ratero… haya sido saludada públicamente por el presidente Pedro Pablo como “la hija de don Alberto Fujimori”? ¿De verdad se pasa la hoja y se vive otro tiempo?

Sea sincero, lector: ¿cree usted que esas expresiones amistosas están a salvo de la propia boca del presidente? No lo sabemos. Y eso es lo peor.

El Libro Negro y la Teta Derramada

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La batalla del neomarxismo es implosionar la cultura occidental.

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Hace buen tiempo que vengo sosteniendo que la batalla del neomarxismo es derruir el Estado a través de ONG contestatarias, atacando a las áreas productivas con la infiltración de la protección del medio ambiente,a las áreas de gobierno y estructura del Estado con ONG de derechos humanos, de derechos de minorías, etc.

Tienen a la ideología de género, a la negación del concebido y a la destrucción de los Estados (para ellos, aparatos de represión económica y política) como ideología que pretende instrumentar la implosión de la cultura occidental, con el consiguiente desorden y oportunidad de resurgimiento de un sistema neocomunista que ya ha sido derrotado en el pasado por los ideales de mundo libre. Algunas de estas ideas están contempladas en el Libro Negro de la Izquierda, cuando afirma que el ataque de la nueva izquierda no está dirigido a la estructura (es decir a la economía y el Estado) sino a la súper estructura, que no es otra que el marco ideológico que empuja a la estructura.

En realidad, se trata de una estrategia diseñada por el comunismo internacional, por los mercenarios como Soros y por los liberales, con el fin de debilitar tanto la estructura como el marco ideológico, como señalamos al inicio de este comentario.

Hoy han quedado al descubierto y se hace necesario que todos y cada uno de nosotros asumamos nuestra responsabilidad y levantemos nuestras manos ante este torrente de calamidad. Démosle batalla hasta su desaparición.

Reconstrucción y política

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Las acciones de recuperación luego del desastre determinarán una importante influencia sobre los damnificados, la cual se reflejará en las preferencias electorales.

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El impacto del drama de las ciudades arrasadas, de los hogares desparecidos y de las multitudes implorantes va pasando. Ahora estamos en otra etapa, en la que se enseñorean los cálculos económicos y políticos con riesgo de postergar el compromiso social.

Y la inquietud de los políticos es comprensible. La reconstrucción determinará una importante influencia sobre las poblaciones damnificadas que se reflejará en preferencias electorales, como sucedió hace muy poco en Ecuador. La popularidad de Rafael Correa creció por la forma como atendió la reconstrucción por los daños del sismo y, por supuesto, se reflejó en la victoria de su candidato Lenin Moreno.

El fujimorismo tiene grandes intereses en el norte afectado, de donde recibió sustantivos votos en el 2016, y desea preservar ese capital. Tiene que considerar lo necesario para no dejar toda la torta de la reconstrucción en manos del oficialismo.

Cálculos más o menos pueden no funcionar si no se contempla el ideal de la unidad. Una catástrofe de estas dimensiones obliga a hacer política en el mejor sentido, mirando el momento pero sin perder de vista la historia. Y para ello la única vía es unir fuerzas, prohijar consensos vitales para que la práctica de la reconstrucción no esté fuera de la política sino dentro de esa gran política que considera el porvenir como construcción social.

El lema de una sola fuerza ha calado positivamente. Y si se quiere mantener este espíritu necesitamos un gabinete multipartidario, de verdadera unidad nacional. Una instancia que permitirá concretar políticas públicas y leyes que todos respaldaremos. Porque la hora del desastre no es para elucidar de qué tamaño será la torta económica y política que podrían repartirse, sino la dimensión de la tarea que comienza.

A PPK le tocaba cambiar gabinete desde antes del desastre del norte, cuando su caída de popularidad era enorme; hoy las cifras cambiaron pero es solo una foto del momento. Si se tienden los puentes para que todas las fuerzas políticas puedan en conjunto evaluar la situación de lo que toca hacer, no solo en arquitectura sino también en recuperación moral de la clase política. El régimen podría mantener su popularidad, los políticos recuperar la confianza y todos juntos cumplir con el rescate del millón y medio de peruanos que espera una acción efectiva y eficiente.

La ciudadanía rechaza la polarización y aprueba la unidad como marco de la política necesaria que no podrá ser beligerante ni obstruccionista, menos aún calculadora o aprovechadora del drama que viven nuestros hermanos en su propio país.

 
 
 
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