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Ni una menos

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"Es de todas las mujeres peruanas, de todos los partidos, de todas las creencias, todas" (R. Silva Santisteban).

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"Es de todas las mujeres peruanas, de todos los partidos, de todas las creencias, todas" (R. Silva Santisteban).
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"Es de todas las mujeres peruanas, de todos los partidos, de todas las creencias, todas" (R. Silva Santisteban).

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En poco más de una semana, #NiUnaMenos ha sobrepasado cualquier proyección sobre respuestas y convocatoria: desde el testimonio más leve hasta el más dramático, miles de mujeres de todas las edades, procedencias e ideologías se han lanzado a compartir sus vivencias para, de esta manera, construir una indiscutible plataforma de lucha contra la violencia, injusticia y desigualdad. Y, lógicamente, la universalidad de este problema no ha impedido que surjan diferencias sobre el concepto mismo de la marcha, cuando no cuestionamientos entre las mismas integrantes de la comunidad sobre la veracidad o pertinencia de ciertas declaraciones.

Lo cierto es que el machismo está por todos lados y la violencia también. Si bien un machista no necesariamente pasará a la violencia física, la restricción a las libertades de su pareja que su actitud conlleva puede resultar igual o más dolorosa. Por lo que bien nos valdría a nosotros los hombres empezar por preguntarnos cuáles de todos los paradigmas que nos han transmitido por crianza debemos superar. 

"¡Mujer tenías que ser!", le gritaba a mi papá a una señora que le había metido el carro imprudentemente. "El hombre respeta menos a una mujer que vive sola", recuerdo que le decía mi madre a su hermana menor, cuando esta le confiaba sus inquietudes de independizarse a los veinticinco años. Y resulta que podría haberme quedado con la simple interpretación de que "el mundo es así", que ese era el orden natural de las cosas, de no haber reflexionado entre sorprendido y avergonzado que gracias a estos códigos de sujeción —institucionalizados por los siglos de los siglos— mis alumnas adolescentes, por ejemplo,  deben lidiar casi a diario en la calle con hombres que no se conforman con piropearlas (a veces de una manera bastante vulgar) sino que además se creen con derecho a acorralarlas.

Le pregunté a María Fe que hizo cuando le pasó eso. "Profesor —me respondió con los ojos muy abiertos, como si la sorpresa mezclada con el miedo le volviera por el recuerdo—, yo le decía que no y me aferraba a Vanessa. Pero el tipo nos siguió por dos cuadras más y no dejaba de decirme que era la más hermosa, y que era una sobrada porque no le daba mi nombre o mi Whatsapp. ¡Hasta quiso agarrarme la mano!"

Bueno, pues: eso pasa en Perú y no hay que ser un genio para entender que cualquier mujer se encuentra expuesta, mínimo, a una situación similar (¿alguien negaría que se trata de una violación al espacio físico, a la integridad?). Tampoco se trata de que "el mundo es así"... qué mundo tan injusto sería. Entonces, ¿como hombres estamos listos para aceptar que estas conductas son inapropiadas? ¿Vamos a ser capaces de superarnos a nosotros mismos por respeto a ELLAS? 

¿Y ELLAS están listas? Yo creo que sí porque la agenda es una sola y va más allá de sus diferencias conceptuales o de sus entredichos. Y ante cualquier vacilación, siempre estará a la mano el tuit de Rocío Silva Santisteban: "[#NiUnaMenos] es de todas las mujeres peruanas, de todos los partidos, de todas las creencias, todas".

¡Este 13 de agosto, a marchar!

Ollanta Humala: la gran desilusión

Ollanta Humala: la gran desilusión

Luego de sesenta meses, deja el poder en medio de la soledad y con su entorno familiar investigado.

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Luego de sesenta meses, deja el poder en medio de la soledad y con su entorno familiar investigado.
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Ollanta Humala: la gran desilusión

Luego de sesenta meses, deja el poder en medio de la soledad y con su entorno familiar investigado.

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Termina sus cinco años de gobierno dejando un país con una economía semiparalizada, con grandes proyectos truncados, con el incremento de la inseguridad ciudadana, habiendo incumplido sus promesas electorales —nunca vimos el gas a 12 soles ni un hospital por departamento, por ejemplo— y sobre todo, en medio de investigaciones a su entorno familiar, con su esposa impedida de salir del país.

El presidente Ollanta Humala tomó las riendas del gobierno teniendo una bancada de 47 legisladores y acompañado de un grupo de personalidades que apoyaban su plan de gobierno denominado “La Hoja de Ruta” —aquel llamado durante la primera vuelta "La Gran Transformación"—.

Ahora, a pocas horas de dejar el poder, Humala Tasso no tiene bancada parlamentaria, su partido político se encuentra casi en extinción, y quedan muy pocos del entorno de confianza con el que llegó a Palacio de Gobierno en el 2011 y que luego fue dejado de lado para imponer el denominado "gobierno conyugal".

En una de sus más recientes declaraciones, el presidente ha dicho que él y su esposa Nadine “seguirán trabajado a pesar de los obstáculos”. ¿A qué obstáculos se refiere? ¿Al caso de las agendas o a las investigaciones por supuesto lavado de activos de la señora Heredia, de su familia y también de su amiga? La ciudadanía quiere que estos temas y otros sean investigados y aclarados.

Sus seguidores, aquellos que apostaron por Ollanta Humala, luego de sesenta meses de gobierno saben que de esa gran transformación prometida solo ha quedado "una gran desilusión”.

La presidenta

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Ha quedado claro que tuvimos al presidente controlado por una dictadura doméstica.

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Ha quedado claro que tuvimos al presidente controlado por una dictadura doméstica.
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Ha quedado claro que tuvimos al presidente controlado por una dictadura doméstica.

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La Gran Usurpación, el libro de Omar Chehade, se agota en la Feria del Libro y en las calles, pirateado como toda obra que se supone de éxito. Y su crédito no viene de los chismes que se supone pudiera contener sino porque coincide con un tiempo de balances que esta obra amplía y precisa. Porque complementa la percepción general de que el pretendido legado de Ollanta Humala es inexistente.

A las evaluaciones que se han venido haciendo se agrega este testimonio personal que, prologado con oportunidad y autoridad por el constitucionalista Enrique Bernales y por el periodista César Campos, gana en credibilidad.

Encontramos en sus páginas un desastre institucional y político que lesiona la democracia en todos sus extremos. Cuando nos creíamos curados de espantos ante poderes fácticos como el ejercido por Vladimiro Montesinos en el siglo pasado, vemos cómo se enseñoreó fácilmente el poder de Nadine Heredia, llamada la Jefa. Estamos avisados de la forma en que pueden reeditarse estos poderes a vista y paciencia de las más altas autoridades del país, las cuales en este caso aceptaron con temor reverencial el inmenso poder que exhibía ostensiblemente la presidenta en funciones. Fue por casi todos admitida esa incursión ilegítima e ilegal, no por un mes o dos, sino por un largo quinquenio que felizmente acaba y no con buen augurio para la llamada pareja presidencial que deberá enfrentarse a los tribunales ojalá con equidad y justicia.

Queda claro que en esa dupla tuvimos un presidente maniatado, conducido, controlado y gobernado por una dictadura doméstica que se proyectaba al escenario nacional —secuestrado sicológicamente, según el autor—. Nadine Heredia, con un ego desmesurado y ambiciones desatadas, quiso y pudo aprovecharse del poder recibido por su cónyuge para investirse como la gran personalidad omnímoda detrás del trono, El resultado es el atropello de las instituciones, la liquidación del gobierno de su marido y la desaparición política de su partido, así como las funestas consecuencias que el país deberá afrontar por este periodo que democrática y felizmente llega a su final.

Lo que revela Chehade es creíble porque complementa lo que los peruanos que seguimos la coyuntura pudimos ver, pero agrega a lo visible la dimensión secreta del abuso, la deslealtad y la ausencia de límites y escrúpulos por detrás del escenario. En todo caso, no hubiera podido ser el presidente la persona que pusiera esos límites. En las declaraciones de Nadine Heredia a la revista Cosas, ratificadas por los textos de Omar Chehade, encontramos a un personaje pusilánime, temeroso, incapaz de decidir y realizar los actos de gobierno que la ciudadanía le confió.

Lamentables e indignantes los relatos de este libro que deberíamos asumir con carácter preventivo.

Chehade nos trasmite un gran desastre político, institucional y constitucional. Y tiene las herramientas conceptuales y de formación para presentarlo y evaluarlo como lo hace: pasó de exitoso procurador anticorrupción a abogado personal de Ollanta Humala en juicios por el llamado Andahuaylazo y por Madre Mía bajo la jefatura militar del Capitán Carlos, personaje atribuido al presidente. Logró sentencias absolutorias para él y también para ella en procesos posteriores. Entró a la gran política de la mano del llamado nacionalismo y su paso por el Congreso aparece signado por la decepción, la persecución y el desgarro debido a traiciones y deslealtades frente a personas y principios.

Muchos critican que esta reveladora crónica haya venido tarde, a destiempo, cuando todo está consumado. Más vale tarde que nunca; especialmente porque ante el silencio de muchos no hay autoridad moral para reclamarle a Omar Chehade que debió publicarlo antes.

Hay que felicitarlo porque lo hace ahora con valentía y decisión, con contrición entendible, pero sobre todo con intención de advertencia, para que sepamos lo que es posible hacer cuando cunde la ambición y cuando el poder está cercano, accesible, y puede convertirse en desenfrenado como ha sido el caso.

Y para que podamos evitarlo en el futuro. Las lecciones están ahí para quien tenga ojos de ver, como decía mi padre. Tristeza.

¡Sí, juro, caballerooooo!

¡Sí, juro, caballerooooo!

Cada cinco años, asistimos a un espectáculo deplorable por parte de algunos congresistas.

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¡Sí, juro, caballerooooo!

Cada cinco años, asistimos a un espectáculo deplorable por parte de algunos congresistas.

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Con la juramentación de sus cargos, la mayoría de nuestros congresistas rompe fuegos en la senda del ridículo. No debería ser así, pero cada cinco años asistimos a un espectáculo deplorable para la buena imagen del Legislativo.

¿Que tienen derecho a jurar por "el pueblo", sus líderes espirituales, e incluso cómo no por causas más justas? Sin duda. Pero invariablemente nunca falta alguien que ve en este acto televisado la posibilidad de robar cámaras, provocar al adversario, lanzar una arenga política y desnaturalizar una sesión cuya sobriedad debería ir de la mano de lo que realmente significa: la investidura de un representante elegido por el voto popular y un servidor de los valores republicanos.

Empero, aquí no hemos tenido nada de eso y muy pronto lo que sobró fue la chacota. Como resultado la población, que en su mayoría ve con desagrado estas "manifestaciones", se lleva la peor impresión del nuevo Parlamento y pronto le pierde el respeto.

Es una lástima la nula importancia que los principales líderes políticos le asignan a esta juramentación, desdeñando así toda coordinación previa con sus bancadas para evitar este triste espectáculo.

Ahora bien, no faltan quienes festejan que tal o cual congresista le haya "cantado sus verdades" a la mayoría fujimorista mientras pronunciaba el "Sí, juro". Sin embargo, lamento hacer de aguafiestas: jurar que hará esto o aquello es lo más fácil para un parlamentario. Lo más difícil es asistir efectivamente al Congreso, tanto a las sesiones del Pleno como a las comisiones de las que se participa. De igual forma, trabajar activamente y no solo ir a calentar el asiento en la elaboración de proyectos de ley necesarios e investigaciones oportunas. Y a la opinión pública y a la prensa nos toca observar qué causas defiende cada uno de ellos y qué intereses patrocina (con auspicio de toda su bancada) quien a partir de hoy se erige como justiciero y promete el cambio.

Las palabras lo vemos cada cinco años se las lleva el viento. Ojalá que el influjo del bicentenario nos permita mirar (y actuar) pensando realmente en lo que el Perú necesita.

¡Vamos a relamernos, princesitas!

¡Vamos a relamernos, princesitas!

Breve revisión de las coyas incas, crónica en mano y con ojos bien abiertos.

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¡Vamos a relamernos, princesitas!

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Acompáñeme a los tiempos prehispánicos para echarle una mirada, a vuelapluma y de la mano de Guamán Poma, a las tres primeras coyas o esposas de los incas. Habrá sorpresa. La primera de ellas, Mama Huaco, “fue muy hermosa y morena de todo el cuerpo”... o sea que le gustaba tomar baños de sol completamente desnuda. “Dicen que fue gran hechicera”, prosigue el cronista, “que hablaba con los demonios…. hacía hablar a las piedras y peñas, ídolos y guacas”.

Ahora que faltan pocos días para que salga del Palacio un presidente tenido en menos por haber dejado  que su esposa mandonee, bueno es tener presente que según Guamán Poma la primera coya “gobernaba más que su marido, Mango Capac Ynga; toda la ciudad del Cuzco le obedecieron y respetaron en toda su vida, porque hacía milagros de los demonios, nunca visto de hombres”. Pero a diferencia de la actual cónyuge saliente, Mama Uaco empezó querida y terminó querida.

La segunda coya, también hermosa, era “amiga de tener ramilletes y flores, ynquilcona, en las manos y de tener un jardín de flores”. “Con alegre cara gobernaba a sus vasallos y les regalaba”. Conmueve ver el dibujo del cronista y percibir una suerte de santarrosita prehispánica, también con flores y en su jardín.

Por si fuera poco, la recuerdan como “allin ciminguan uañurca Coya”, esto es, la reina que murió hablando lindo o sea dando profecías. Ojo, Santa Rosa no era santa aún cuando el cronista dibujó y escribió. Es un misterio gozoso la imagen de Chimbo Urma: santarrosita sin catecismo, con jardín de flores y profecías.

La tercera también es de otro lote y le tengo especial cariño pues nos acerca a comprender la condición humana y la agudeza del cronista. "Fue miserable, avarienta y mujer emperrada. Y no comía casi nada y bebía mucha chicha y de pocas cosas lloraba". Vaya cuadro, mal humor, alcohol, anorexia. Se la recuerda como Mama Jora Ocllo aunque presumo que es un apelativo derivado de jora, de la rica chicha de jora que permitió al pueblo jugarse con su nombre, como cuando alguien dice hoy “Tolebrio”.

Pero sí había una alegría que se le conocía a esta Mama Jora. Era cuando se reunía con sus ñustas en los aposentos reales y disfrutaban bastante al grito de “llacuaricusun ñustacuna", esto es… vamos a relamernos, princesitas. Y, por lo menos, era feliz por un momento.

 
 
 
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