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Opinión


26 Julio, 2018.

La era disruptiva

El mundo que vivimos ya no existe. El signo distintivo de esta era es la generación de conocimiento e inteligencia artificial aplicados a la producción digital, satelital y robotizada de bienes y servicios.

El mundo que vivimos ya no existe. Transitamos vertiginosamente de una era de cambios a un cambio de era: la Era Disruptiva, un nuevo tempus Guttemberg.

Disruptive es la ruptura brusca especialmente determinante. El signo distintivo de esta era es la generación de conocimiento e inteligencia artificial aplicados a la producción digital, satelital y robotizada de bienes y servicios.  Involucra factores, entornos, hechos, vivencias, valores y acontecimientos con exponencial tendencia irreversible.

Werner Weisenberg, Nobel de Física a los 31 años, padre de la física cuántica, afirmó hace más de 80 años: “Todo tiene que ver con todo en todos los puntos y en todo momento; todo es relación y nada existe fuera de esa relación”. La certeza en la Era Disruptiva.

El mundo es 19 % tierra y 81%, agua. En cien años abandonamos el campo y extendimos las ciudades, apreciando el valor de la tierra como bien escaso. El deliberado dumping laboral y monetario del continente chino –con catorce vecinos y mayor variedad étnica que la Unión Europea– y la reforma iniciada hace cuarenta años por Den Xiaoping han producido factores disruptivos. Con sus fábricas-dormitorio consumió en quince años más cemento que USA en el siglo XX. Del puesto 29 en volumen de importaciones y exportaciones saltaron al primero. Creando 51 mil empresas diarias –y con buques-fábrica– inundó mercados por centavos y salió de shopping. Ya no compra solo materias primas; ahora, empresas y tierra. Han impuesto que sobrevivir es crecer y producir más con menos. Lógica pura de la geopolítica.

Los últimos veinte años trajeron más cambios que el segundo mileno.  Con más actores, la guerra fría mutó de ideológica a geoeconómica. Perdimos soberanía, traspasamos fronteras y, sin rubor, confundimos lo público con lo privado. La crisis de la confianza, binaria como el cerebro, se expande con apellidos: humanitaria, alimentaria, financiera, laboral, sanitaria y más. Transitamos del mundo bipolar al unipolar, al multipolar; y reina ahora uno apolar, extraña anomia internacional.

Nadie puede ser sheriff global porque la seguridad –con un club nuclear más numeroso y nada alineado– ha mutado con el ciberataque y la ciberseguridad. Desde el fundamentalismo, todo es arma letal. Los Estados Unidos, con dos vecinos y 24 mil kilómetros de ríos navegables, aún resisten como primera potencia realizando inmensas inversiones tecnológicas y es, proporcionalmente, el país más integrado.

Sumergidos en la videocracia y en la sociedad teledirigida, somos el homo videns de Sartori y no escapamos de la nube ni de la Big Data. La revolución digital desde la inteligencia artificial, las plataformas digitales, el e-business, e-comerce, e-marketing y la geolocalización de todo conllevan nueva terminología, grafología y actitudes. Desnudos, perdimos el anonimato: somos data y targets.

Con la tubo-navegación, las fibras inteligentes que en la ropa o debajo de la piel cuidarán la salud, los materiales inteligentes, la comunicación humano-máquina, la evolución de la realidad aumentada, la creatividad computacional, el cerebro sensorial aumentado y la ubicuidad de todos los sensores, entre otros avances, nos conducimos a un mundo mayoritariamente desconocido. Enfrentamos colosales y variados retos desde el neoalfabetismo, la neoexclusión, la incertidumbre que genera el síndrome de ansiedad disruptiva hasta la patología del vacío que inmoviliza.

Desprovista de robustecidos valores, siendo sí más bioempáticos, la nueva era fortalece el concubinato entre informalidad y precariedad del 73% de los adultos mundialmente. Aproximadamente, 40 millones de personas buscan trabajo anualmente; 40% de los actuales empleos serán reemplazados por robots e inteligencia artificial en 20 años; y 60% de los niños de USA en 25 años buscarán trabajos cuyos perfiles no se han creado. Las brechas entre países, estratos y personas indefectiblemente aumentarán en el corto plazo.

La selección natural de las especies de Darwin promueve el reemplazo laboral. El bornout o quemado laboral soporta el bullying social. Es un nuevo neoexcluido. La asimetría contractual y el poder disciplinario digital se acoplan y el fenómeno viral crea la imperturbable Post Verdad.

Desde el multiempleo y la precariedad, los migrantes informáticos conviven con el coworking y el croudsourcing. La “libertad geográfica” enterró la carrera laboral. La e-residence de Estonia, el país más digital, permite hacer negocios sin visitarla y el lago suizo de Zeg se expande como criptosociedad.

Nuevas generaciones desplazan a los apus citadinos batiéndose en favelas, añadiendo nuevas asimetrías a las existentes, mientras observamos la pobreza y demás lacras como paisajes costumbristas.

La Era Disruptiva es una realidad, vive en nuestras mentes. Y solo existe lo que pensamos que existe, lo concebido, condicionando nuestras decisiones desde nuestras percepciones.

Constatamos la defunción del estado de bienestar, la expansión del mal-estar y, principalmente, que la actual educación es absolutamente disfuncional al mercado. Ante la descomposición aún mayor del tejido social, caben todavía soluciones en esta descarnada transición. Platón postulaba una educación igual para todos y Aristóteles distinguía la justicia aritmética de la geométrica, base esta de la redistribución.

Los libros sagrados subrayan la solidaridad y la cooperación. Los hebreos la extendían desde su sangre y raza al elegido pueblo de Israel. El cristianismo ensambla ambos preceptos de sobrevivencia en la familia expandida desde las catacumbas de la fe horadando y convirtiendo conciencias. El mundo andino legó la ley de la hermandad, de la reciprocidad y de la cooperación. Especial relevancia tenían el hatun yachacc, el que más sabe, y el yachaqq simi cheqaq simi, el hombre de orientación justa.

Resistencias y respuestas ya emergen. Tendencias a la vida lenta, aspiraciones de la generación zeta, el derecho a la desconexión digital terminada la jornada laboral que Francia garantiza y una new taxation a las grandes empresas que lideran los cambios y cuyas ganancias siguen el mismo, entre otras. En “modo” reality show, Trump embiste en una renaciente cruzada comercial.

Evidenciando la humanidad su evidente fragilidad, no asistimos a un debate tecnológico; nos enfrentamos a un dilema moral sin precedentes. A partir de estas incipientes reflexiones, preservemos a la persona desde la impostergable regeneración educativa de una civilización que asegure la gobernanza social de la Era Disruptiva.


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