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Opinión


17 Marzo, 2018.

Yoshiyama y Bedoya vs. Barata

Los fiscales se han atribuido la facultad de informar a los medios de comunicación (no sé si en vivo y en directo, o quizá filtrando filmaciones) sus diligencias privadas, dejando de lado el principio jurídico de la presunción de inocencia.

Federico Prieto Celi

| Columnista invitado

Los informes televisivos del domingo 11 de marzo sobre las declaraciones de Jorge Barata sobre Jaime Yoshiyama y Augusto Bedoya permiten sacar tres conclusiones sobre ese lamentable “no pasa nada” que vivimos los peruanos los últimos meses:

En primer lugar los fiscales se han atribuido la facultad de informar a los medios de comunicación (no sé si en vivo y en directo o quizá filtrando filmaciones) las diligencias privadas que realizan en función de sus investigaciones, dejando de lado el principio jurídico de la presunción de inocencia de las personas. Aquí hay dos interrogantes que hacer: ¿está bien que los reporteros acompañen a los fiscales en sus diligencias? Y, ¿se puede presentar cada diligencia casi como si fuera una sentencia de culpabilidad del investigado, a modo de una autopsia para confirmar una violación?

Hay, asimismo, otras interrogantes sobre este primer punto: ¿el Poder Judicial puede elevar su nivel de credibilidad, que está en 26%, mediante espectáculos mediáticos incorrectos? ¿No le importan a los fiscales la dignidad, el honor, el prestigio y la fama de las personas? ¿Tienen la prudencia que hay que esperar de ellos a la hora de tumbar una puerta de una patada, entrar a la habitación de una chica de catorce años o manipular los documentos de la esposa del investigado que, como abogada, tiene derecho a la privacidad de sus expedientes?

En segundo lugar, los periodistas tenemos la obligación de decir la verdad y ponderar nuestras opiniones como primera misión, y no cabe el plantearnos simplemente que lo único que importa es vender más o aumentar la audiencia de nuestros programas a cualquier precio. Con décadas de retraso, ¿debemos seguir priorizando el estilo atolondrado e insolente de la florentina Oriana Fallaci, con tal de hacer “más ágiles” las entrevistas, especialmente para demostrar que el entrevistador tiene siempre la razón y el entrevistado es un delincuente acorralado, al que no se le puede permitir discrepar? ¡Y no me vengan a mí con la argumentación gratuita de que estoy atacando la libertad de expresión!

En tercer lugar, a pesar de la improvisación y el disgusto con el que tanto Jaime Yoshiyama como Augusto Bedoya tuvieron que aparecer en la pantalla de televisión, y pese a que no hubo abogado que precisara en términos legales la defensa de ambos, Yoshiyama dejó sentado que Jorge Barata había afirmado que no tenía como probar su acusación (y por lo tanto la acusación es nula) y Bedoya precisó que en el interrogatorio al empresario brasileño se le indujo a señalarlo con el dedo, porque Barata no se acordaba del nombre (ergo, es nula igualmente la acusación).

En otras palabras, ‘mucho ruido y pocas nueces’. Ojo, señores del Poder Judicial –todo un poder del Estado que busca ser respetable–, que pueden pasar de investigadores y acusadores a investigados y acusados. Porque como reza un viejo dicho europeo: “A cada cerdo le llega su San Martín”.


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