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Opinión


17 Junio, 2018.

Yo te persigo. Tú me persigues. ¡Todos contra todos!

Que el país haya subsistido a pesar de las sucesivas persecuciones políticas es casi milagroso, y que siga produciendo riqueza no obstante el continuo saqueo desde tiempos ancestrales resulta ya un designio divino. Echemos un rápido vistazo a nuestra historia republicana.

Manuel Castañeda

| Columnista invitado

Que el país haya subsistido a pesar de las sucesivas persecuciones políticas es casi milagroso, y que siga produciendo riqueza no obstante el continuo saqueo desde tiempos ancestrales resulta ya un designio divino. Pero, como siempre debemos procurar ver lo positivo, creo que lo anterior es una gran muestra de lo magnífico que es el pueblo peruano: cualquier otro pueblo se habría partido en pedazos o devenido en servil, incapaz de reaccionar, y en vez de ello pudimos librarnos del comunismo velasquista y del terrorismo.

Echemos un rápido vistazo a nuestra historia:

En Aznapuquio La Serna expulsa a Pezuela; Bolívar empuja a San Martín y expulsa a La Serna. Riva Agüero bota a La Mar y al Congreso Constituyente, Torre Tagle a Riva Agüero, Bolívar a Torre Tagle. La clase política contra Bolívar retorna a La Mar al poder; Gamarra complota contra La Mar, Orbegoso se enfrenta a Bermúdez y Gamarra, Salaverry va contra Orbegoso, Santa Cruz contra Salaverry, Gamarra contra Santa Cruz, Vivanco contra Gamarra, Castilla contra Vivanco, Echenique contra Castilla, Castilla contra Echenique, Pezet contra Castilla, Prado, Balta y Diez Canseco contra Pezet … y pasamos la mitad del siglo XIX.

Sigamos: Balta contra Prado, Prado contra Diez Canseco, Balta –nuevamente– contra Prado, los Gutiérrez contra Balta, Pardo contra los Gutiérrez, Prado contra Pardo, Piérola contra Prado, Iglesias contra Piérola, Cáceres contra Iglesias … y pasamos la Guerra con Chile.

Piérola contra Cáceres, y llegamos a fines del XIX con la República Aristocrática y unos cuantos años de calma mientras la belle époque imperaba. Hasta que Benavides derroca a Billinghurst, y recomienza la danza: Leguía derroca a Pardo, Sánchez Cerro contra Leguía, el APRA y el comandante Jiménez contra Sánchez Cerro y por un tiempo la tranquilidad parece volver imponiéndose Benavides, hasta que Odría derroca a Bustamante y, pocos años después, Lindley y Pérez Godoy a Manuel Prado. Velasco contra Belaúnde y Morales Bermúdez contra Velasco; el gobierno de Alan García persigue a los belaundistas y el de Fujimori a Alan García; Paniagua y Toledo a Fujimori y los suyos… y quedémonos ahí.

Cada persecución era, claro, también contra los respectivos partidarios. Si bien puede entenderse que un nuevo gobierno remueva funcionarios, los excesos de esa discrecionalidad han causado un retraso inmenso en la implementación de políticas públicas importantes. Y ese no es el mayor mal que esta seguidilla de persecuciones ha producido. Lo gravísimo radica en que ha ocasionado que las clases dirigentes de todo orden se hayan ido replegando sobre sí mismas, desligándose de la población y perdiendo su rol dirigencial, preocupadas más por subsistir y por aprovechar la transitoriedad del poder para llenarse los bolsillos a cualquier precio.

Para colmo, si desde 1821 la constante fue que gobierno nuevo persiguiese al anterior, un día –para nuestra desgracia– apareció un Velasco que persiguió a todos, y el repliegue ya no fue solamente de las dirigencias, sino de todo hijo de vecino que ya no sabe cómo podrá subsistir en el futuro con los cambios constantes de políticas. Y así, pareciera que hoy impera el todos contra todos; una de las causas, por cierto, de la inmunda corrupción en que estamos inmersos y que debemos sacudir igual que el perro se sacude al salir de un charco.


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