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Opinión


30 Abril, 2018.

Woman, I can hardly express

El HECHO es que la creencia feminista, hija de la Ilustración y la modernidad, está demostrando que --a diferencia del ideal caballeresco-- ha dejado a la mujer más indefensa que nunca.

Qué duda cabe, tal como lo demuestran los hechos, que la mujer y el hombre (es decir, el sexo femenino y el masculino) son iguales en muchas cosas: capacidades profesionales, capacidades intelectuales, capacidades políticas, capacidades estéticas, capacidades espirituales y un largo etcétera. Hay, sin embargo, un solo hecho o, mejor dicho, un solo dato de la naturaleza que rompe esa igualdad (además de la maternidad) entre el sexo femenino y el masculino: la fuerza física.

Que el hombre sea físicamente más fuerte que la mujer fue, durante mucho tiempo, la premisa que hacía de la mujer el sexo débil y, por tanto, el sujeto de consideraciones superiores a las que se tenían con los hombres. En este sentido, devenía en una obligación moral –consecuencia del reconocimiento de la desigualdad física entre los sexos– proteger al débil del fuerte porque la tiranía, esto es, el abuso, siempre ha repugnado a la humanidad.

Socialmente esta consideración moral puede resumirse en el mandato: “A la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa”. Aún más. En una de esas hermosas paradojas de la vida, la debilidad física de la mujer la colocó en el cenit de la sociedad tal como las preeminencias lo demuestran: a la mujer se le cedía siempre el paso para que ingrese primero a cualquier recinto, cuando una mujer entraba a un salón los hombres se ponían de pie lo mismo que cuando se levantaba de la mesa; la mujer siempre ocupaba el lugar principal en los coches que es el de la derecha; el hombre siempre se descubría la cabeza en señal de respeto o se inclinaba para saludarla. En fin: podríamos afirmar que, en los hechos, en la evolución de la sociedad patriarcal la mujer ocupaba el lugar de privilegio con base a la debilidad física de su sexo estatuido por la naturaleza.

De más está decir que el hecho de que la mujer sea físicamente más débil que el hombre no significa ni tiene como corolario moral que ella sea “inferior” que él, del mismo modo que un hombre no lo es comparado con un tigre. La asimetría existe, pero no hace a la mujer ni “peor” ni “mejor” que el hombre ni tampoco implica que ella deba enajenar su libertad. Sin embargo, estoy firmemente convencido de que es cuando el feminismo saca de la ecuación al sexo débil proponiendo la igualdad absoluta entre hombres y mujeres –confundiendo la debilidad física de la mujer con una debilidad moral–, que el dique social y moral que protegía a la mujer y la colocaba en el pináculo de las consideraciones se rompe dejándola a merced de la “ley del más fuerte” (con todas las terribles y trágicas consecuencias que ello implica).

La “igualdad de género” o el “enfoque de género” niegan en el fondo cualquier desigualdad intrínseca entre hombres y mujeres –como sí lo admite el concepto de “igualdad de oportunidades”– y, al negarla con base a no reconocer una pretendida “condescendencia” tenida por inaceptable por el feminismo, niegan también la naturaleza de la mujer. Ello hace que toda la base de su “filosofía” no sea más que una creencia (y, por lo tanto, tenga pies de barro), pues reconocer lo evidente –la asimetría en la fuerza física de los sexos– es la condición sine qua non para que una construcción teórica no colapse y, sobre todo, no haga daño (no por nada el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones).

Se ha pretendido reemplazar el “ideal caballeresco” (no necesariamente circunscrito a su acepción y génesis medieval) como línea de conducta para la protección de la mujer por otro “ideal” que no implique reconocer la debilidad física del sexo femenino, como si tal asimetría fuese un estigma. Así, se propone como una “verdad indiscutible” el respeto a la “condición humana”, como el incentivo para salvaguardar al género humano –y, por tanto a las mujeres como iguales en esa ecuación– de cualquier tropelía o abuso.

Esto, sin embargo, no es más que una creencia. Pero el HECHO es que esa creencia –“el completo crédito que se presta a una noticia como segura o cierta”– está demostrando que, a diferencia del ideal caballeresco, ha dejado a la mujer más indefensa que nunca pese a tener hoy más derechos que en cualquier época de la Historia Universal. Una fea paradoja, en verdad.


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