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Opinión


7 Junio, 2018.

¡Viva el patriarcado!

El todopoderoso sultán de Yogyakarta rompe con la tradición islámica y con su familia, y designa a una de sus hijas como futura monarca absoluta del reino. 

La noticia es sin duda fascinante. Mientras en todo el mundo las mujeres luchan por un régimen de igualdad con los hombres en un largo proceso que no termina y otras van más allá agitando las axilas peludas contra el patriarcado, en los mares del Sur una mujer  se apresta a convertirse en monarca absoluta del reino. Y todo gracias a su padre, el sultán de Yogyakarta, venerable patriarca, señor feudal y reliquia viviente de una monarquía dentro de una república: la de Indonesia.

Al parecer el supremo señor de Yogyakarta decidió abreviar el largo camino que en occidente y oriente tienen las mujeres para alcanzar el control absoluto de sus vidas exigiendo una serie de derechos. Y así, un buen día, de un plumazo y contra toda la tradición de Java y la islámica (sincretizada con el budismo y el hinduismo), decidió por sí y ante sí instituir a una de sus tantas hijas como su sucesora ante la ira irrefrenable de sus tíos y sobrinos que reclaman lo que creen les pertenece por derecho propio (esto es, por ser varones). Y es que la monarquía absoluta de Yogyakarta siempre ha tenido como línea sucesoria la de los hombres, avalada además por la poderosa tradición islámica. De tal forma que los tíos y primos de la heredera se han atrevido a desconocer el mandato del sultán y amenazado que cuando este muera sacarán a patadas a la “usurpadora” por ilegal.

El sultán tiene otra lectura que, viniendo de quien viene, está escrita en piedra. Como patriarca y soberano absoluto considera que él mismo encarna la ley –sino, cuál es la gracia de ser rey– y, por tanto, puede hacer y deshacer con el solo tronar de sus dedos. Y, en efecto, los ha tronado para empoderar a su hija y, con ella, a su Casa. Cuando esta asuma como sultana a la muerte del patriarca será la mujer más libre del mundo y la más poderosa en términos personales, pues no tiene límite el poder de su mandato más que el que le es impuesto por su propia naturaleza de mujer. Es decir, no puede creerse hombre porque se le ocurre, por ejemplo. ¡Después de todo para qué querría serlo si es más poderosa que cualquier hombre de su reino!

La historia es más fascinante aún porque no sólo se reivindica aquí la causa de la mujer sino, en cierta forma, la de los homosexuales gay y su agenda “progre” (de más está decir aquí que no todo homosexual es gay porque no todo homosexual es “progre”). Porque resulta, y esto es realmente lo delicioso, que la tradición de Yogyakarta manda que el sultán se despose simbólicamente con la diosa del mar Kanjeng Ratu Loro Kidul. Este “matrimonio” con su “esposa mística” es indispensable para que exista el equilibrio entre mar y tierra. Y la heredera está dispuesta a casarse con la diosa como manda la tradición. Lesbos y la poetisa Safo no podrían estar más felices, mientras que el todopoderoso patriarca aplaude.

El tema de los tíos y los sobrinos rebeldes ya está resuelto por el sultán. La ventaja de la monarquía absoluta es que no se necesita consultarle al pueblo nada y éste, en esos lares exóticos, tiene una devoción incondicional al orden estatuido por el sultán y su dinastía: “si el sultán lo dice, tienes que aceptarlo”, reza el pueblo. Después de todo, ¿cómo podría el pueblo oponerse a ‘quien sostiene la tierra’? Y así, no me queda más que decir: ¡viva el patriarcado! ¡Viva la sultana!


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