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Opinión


14 Mayo, 2018.

Víctor Raúl: decencia y docencia

Libro de Roque Benavides y Antonio “Mochero” Vásquez completan el retrato humano de uno de los líderes políticos más íntegros del siglo XX.

César Campos

| Columnista

Las biografías y hagiografías de los personajes políticos tienen una línea de identidad entre quienes las perpetran. Los cercanos a ellos vuelcan afinidades o fobias, no siempre el punto medio objetivo que sopesa por igual virtudes y defectos de los mismos, así como el contexto familiar, social e histórico donde se forjaron sus liderazgos. Las autobiografías solo aportan la visión de tales personajes, también cargados de las subjetividades propias de sus querencias y repudios.

Los que las escriben a la distancia (física o temporal) solo les queda usar como fuente a los anteriores, añadiendo testimonios sueltos que coadyuven a sostener una perspectiva propia ya definida antes de iniciar el estudio de los protagonistas. Los gustos y disgustos igualmente cobran evidencia. Como decían los abuelos sobre las damas atrevidas de su época, “dejan ver el fustán”.

Nadie en el Perú como el fundador del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, para haber sido trajinado en estos avatares de la idealización extrema o la caricatura malévola. Para lo primero tuvo a compañeros de ruta con pluma extraordinaria y sensible: Felipe Cossío del Pomar, Antenor Orrego, Percy Murillo, Roy Soto Rivera, Luis Alva Castro, Wilbert Bendezú.

Coloco en una línea intermedia y singular lo aportado por Luis Alberto Sánchez, Eugenio Chang Rodríguez, Peter Klaren, Imelda Vega-Centeno o Hugo Neyra, cuyas obras escalan otras dimensiones del líder trujillano, examinan su evolución y hasta arriesgan visiones críticas a su forma de pensar o a ciertas decisiones políticas. Está demás que cite a la legión plumífera –numerosa por cierto– empeñada en pulverizar su imagen.

En este amplio contexto, se da a conocer un libro sugestivo de reciente factura que lleva por título VÍCTOR RAÚL HAYA DE LA TORRE: EL SER HUMANO, escrito al alimón por Roque Benavides Ganoza y Lucio Antonio Vásquez Sánchez. No pertenece al listado de obras de una editorial famosa y rimbombante. Tiene depósito legal en la Biblioteca Nacional del Perú (como corresponde) y se terminó de imprimir en el taller Leo’s del jirón Vicente Panizo, Comas, en diciembre de 2017.

Benavides no requiere mayor presentación. Es una figura pública ligada al ámbito empresarial, dos veces presidente de la CONFIEP y titular de la ya sexagenaria compañía minera Buenaventura, fundada por su padre don Alberto Benavides de la Quintana. Vásquez Sánchez es más bien un ícono dentro del APRA pues le cupo, a muy temprana edad, estar cerca a Víctor Raúl asistiéndolo en su casa de Villa Mercedes hasta el día de su muerte. Forma parte de una familia de la aristocracia luchadora aprista que proviene del pujante distrito de Moche, Trujillo, región La Libertad. De ahí que lo conociéramos hace más de cuarenta ños con el nominativo de “Mochero” Vásquez.

Ambos autores vuelcan y afinan los recuerdos más valiosos que asaltan su memoria en torno a quien reconocen como un ser decisorio para sus vidas. Benavides lo hace desde el ámbito familiar, certificando que vio por primera vez a Víctor Raúl en casa de sus abuelos –el ex vicepresidente de la República Eduardo Ganoza y Mercedes de la Torre de Ganoza, esta última prima hermana del líder político–. A partir de la narrativa de este encuentro, discurre por diferentes episodios propios y ajenos que dibujan la intención original del libro: hacer el retrato humano de Haya de la Torre en su cotidianeidad social y política. Las anécdotas fluyen de manera simple y sin exigencias literarias. Quizás ello constituya el atractivo más sublime para su lectura.

Sin embargo, algo también importante es el fervor que Benavides pone en dos conceptos inherentes a la personalidad de su tío Víctor Raúl, los cuales calzan como demanda de estos tiempos para toda la clase política peruana. Dos enunciados que explican esa vida sin tregua atribuida por Luis Alberto Sánchez a su jefe y amigo: la docencia y la decencia.

Es que Haya de la Torre, por encima de una agrupación política, quiso hacer del APRA un partido-escuela. Su tarea fue extender la vocación de enseñanza que lo llevó muy joven a crear las Universidades Populares Gonzales Prada. Y a despecho de su inconcluso derrotero académico (igual le pasó a José Carlos Mariátegui, el otro forjador del pensamiento social peruano del siglo XX) por las vicisitudes políticas de la época, valoraba inmensamente la preparación intelectual de seguidores y allegados a quienes prodigaba largas horas de tertulia con capítulos de la historia o descubrimientos científicos.

Y la decencia, ejercida sobre todo en su compromiso con la justicia social y el desapego a los bienes materiales, es un emblema sólido de Víctor Raúl. Hizo votos de pobreza al extremo de no ostentar propiedad inmobiliaria alguna al momento de su muerte. Ponderaba a los jóvenes la leyenda del “clavo del jesuita”, aludiendo a los evangelizadores de tal orden cristiana que solo necesitaban esa herramienta donde colgar su raída sotana cuando llevaban la palabra de Dios por el mundo.

“Mi lucha es y ha sido dura porque soy pobre y he mantenido limpia la dignidad de mi pobreza. Mi única aspiración, desinteresada y legítima, ha sido y es demostrar al pueblo y a la juventud peruana que sí es posible salvar a nuestra patria por un camino de auténtica renovación moral”, reza el epígrafe de un discurso del fundador del aprismo puesto en la contracarátula.

El libro de Benavides y Vásquez demuestra que, a 39 años de su partida física, Haya de la Torre es todavía un personaje por descubrir en sus facetas más íntimas. Alguien que quiso hondamente un porvenir mejor para nuestra patria.


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