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Opinión


28 Agosto, 2018.

Venezolanos: el mercantilismo de los falsos argumentos económicos

Se está reemplazando a un peruano que gana poco por un inmigrante venezolano que gana aún menos. Eso no es ganar competitividad sino destruir aún más el mercado laboral. ¡La tragedia de Venezuela no puede tomarse como una "oportunidad de mercado"!

Luis Eduardo Falen

| Columnista invitado

Los argumentos económicos a favor de la inmigración venezolana no son correctos. Es incierto afirmar que la migración venezolana tendrá un impacto positivo en el mediano y largo plazo. Y es que la evidencia que se toma (la mayoría cita el trabajo académico de David Card sobre el éxodo de cubanos desde el Puerto de Mariel a Miami) se ha dado en países desarrollados (EE.UU. y Europa), con bajos niveles de informalidad y caídas de su población original. El Perú no cumple con ninguna de esas condiciones. El Perú está muy lejos del desarrollo y la informalidad está cerca del 73%: una de las más altas del mundo.

El número de inmigrantes venezolanos se acerca a los 400 mil. En promedio, entran 3 mil venezolanos al día –en los últimos días llegaron a 5 mil. Así, a 120 días de terminar el año, si se mantiene el ritmo podrían sumarse 360 mil personas más y se tendrían 700 mil venezolanos hacia el final del año. Fácilmente superarían el millón en los primeros meses del próximo año.

Por nuestro lado, cada año se suman cerca de 250 mil personas a la PEA y los empleos no se crean por arte de magia. De hecho, en 2017 el empleo total aumentó en solo 314 mil nuevos puestos. Más aún: esto se dio como resultado de una caída del empleo formal en 131 mil empleos, junto a un incremento del empleo informal de 445 mil puestos de trabajo.

Es evidente que la inmigración venezolana tendrá un impacto. A más oferta laboral, los salarios del trabajador caerán. Y una vez más, los afectados serán los mismos de siempre.

Es fácil dar argumentos desde la comodidad de casas u oficinas en Barranco, Miraflores o San Isidro, sin temor alguno de que la inmigración venezolana pueda poner en riesgo un puesto de trabajo. Sin embargo, basta con caminar por las avenidas principales de distritos como Comas, San Juan de Lurigancho, Santa Anita o el Centro de Lima para darnos cuenta de que la mayoría de puestos en panaderías, peluquerías, restaurantes y comercios en general ahora es cubierta por inmigrantes venezolanos. Se reemplaza así a un peruano que gana poco por un venezolano que gana aún menos. Eso no es ganar competitividad sino destruir aún más el mercado laboral. Sin embargo, “la empresa más eficiente”, “el nuevo consumidor”, “más impuestos”, entre otros, son los argumentos de Alfredo Bullard, Rosa María Palacios, Alonso Gurmendi y otros columnistas a favor del “mercado”, como si la tragedia venezolana pudiera tomarse como la oportunidad de ganar una falsa competitividad. Eso no es economía de mercado, sino burdo mercantilismo.

Es fácil ser solidario cuando uno no paga el costo de serlo. Y es que, como dice Juan Manuel Robles en su columna de Hildebrant en sus trece, hay dos tipos de peruanos que apoyan la inmigración. El primero es aquel que aprendió que compartir es un valor, que dar la mano a quien está en apuros en una forma de paz. Es el peruano que nunca niega un sofá a quien lo necesita, aquel que sabe liberar el depósito trasero para que venga por semanas o meses un sobrino lejano que quiere probar suerte en la capital. Es el que puede ver a muchos inmigrantes en la misma cola en la que él busca trabajo, pero no dirá nada, porque sabe lo que es estar jodido.

El segundo es el que defiende la inmigración venezolana desde arriba, el que dice “aquí no pasa nada, no sean quejones”. El peruano que dice cosas como “qué más quieres, la competencia es chévere”; “si te botan es porque no eres tan bueno”; o “aprende de ellos, que son educados”. Para él, los venezolanos solo están en la escenografía de fondo de su vida cotidiana… pero no están en su camino.

Esta columna va dedicada para ese segundo tipo de peruanos.


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