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Opinión


24 Febrero, 2015.

Una predicción

Antes que una campaña, la del 2016 promete ser un reality.

Renato Cisneros

| Columnista

La del 2016, antes que una campaña, será un reality. O un circo. O una pelea en el barro. O un desmadre. O un manicomio. O todo eso junto. Será más superficial, frívola y vulgar que la del 2011. Sí, más. Salvo que los personajes que prometen animarla queden cerebralmente desprogramados de pronto, no hay ninguna razón para pensar en una contienda reñida y elevada. 

Por un lado, se calcula un número de aspirantes a la presidencia que promete superar la docena: candidatos de perfiles variadísimos, la mayoría de los cuales, sin abrir la boca siquiera, con solo aparecer en pantalla, genera más anticuerpos que adhesiones, más rechazo que confianza, más pena que fe.  

Por otro lado, las redes sociales están en el esplendor de su alcance e influencia. El tráfico atosigante de mensajes insustanciales en Facebook y Twitter será la dinámica costumbrista de los próximo meses y, en medio de eso, si algún postulante o actor político ofreciera una idea valiosa acerca de algo, esta se verá inmediatamente arrasada o devorada por seguros torrentes de insultos e ironías baratas. 

Habrá racismo, prejuicios, taras expuestas, guerra sucia de alta intensidad. Habrá destripamientos. 

En la periferia de aquel laberinto, en medio de esa lucha demente sin reglas ni árbitro que intervengan, serán pocos los espacios de análisis mesurado y dos que tres las entidades civiles dispuestas a fiscalizar con rigor a los partidos y alianzas (mentira, será solo una: Transparencia). 

Y, sin embargo, a pesar del carácter paupérrimo del tiempo que vendrá, será imposible despegar las narices de la vitrina del espectáculo. Ese morbo será nuestro máximo castigo. 


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