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¡Una mentira más qué importa!

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“Una mentira va pisándole los talones a otra”. Terencio



¡Vizcarra vencerá! Hoy no existe nada que manche su inmaculada imagen. Derrotará a esos “perversos” que cuestionan su “intachable” liderazgo hacia un país sin corrupción. Los propios peruanos hemos generado este campo fértil para la mentira porque nos hemos traído abajo el principio de presunción de inocencia convalidando la satanización de las personas. Magnificamos hechos que en otros podrían parecer inocuos y no descalificamos conceptos sino calidades personales.

La gente ya no tiene el coraje de decir la verdad, pues hace costo-beneficio y hay mucho que perder.

Nos hemos acostumbrado a destruir al mensajero, a menospreciar pronunciamientos dependiendo de quién vengan, a anticipar juicios antes de entender razones. Nos hemos convertido en unos jueces despiadados, cual emperadores romanos que bajan el dedo para condenar a las víctimas de turno. Ese poder omnipotente de la ciudadanía genera una satisfacción indescriptible, reivindicativa y aquellos que hoy manejan el Gobierno desde las sombras lo saben bien.

No disculpo ninguna mentira, sin embargo esta –en mayor o menor grado– forma parte de nuestra realidad cotidiana. En 2010 la Universidad de Michigan realizó un estudio entre mil ciudadanos, quienes durante cuatro meses se comprometieron a apuntar el número de mentiras que decían diariamente. Se estableció una media de 1.65 engaños diarios.

Están las mentiras sociales más inocuas, los embustes viscerales que rechazan ciegamente la realidad o aquellas patrañas de quienes están sujetos a la exposición pública –como los políticos–. Esta última puede tener muchas variantes, por ejemplo, cuando está en juego una presidencia de la República cuyo fundamento es solo aire y aplauso popular. Dicho esto, estoy segurísima de que Martín Vizcarra va a salir airoso. Los medios apenas informarán acerca del tema; su equipo de analistas políticos lo disculparán y convalidarán el simple olvido; total, “errar human est”.

Por supuesto, las redes se dedicarán a descalificar a aquellos que osen retar al presidente. El reportaje de Panorama apenas ha tenido rebote en medios, y la credibilidad de Milagros Leiva está siendo cuestionada bajo el pretexto de ser una persona emotiva y atreverse a llorar ante cámaras. No existe la más mínima posibilidad de que el IDL y toda su red de bien enquistados contactos retrocedan un milímetro. Jamás perderán el terreno que tanto esfuerzo y, precisamente, mentiras les ha costado ganar.

Una sociedad que nos permite jugar con la verdad de esta forma acaba siendo esclava de la mentira, y sometida a una terrorífica discrecionalidad. “Una mentira va pisándole los talones a otra”. Terencio

 

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