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Opinión


21 Septiembre, 2018.

Un día cualquiera para un peruano

¿Qué pasa por la cabeza de un joven que observa, ofuscado e impotente ante el diabólico tráfico, que su país no tiene ninguna capacidad para darle oportunidades porque la corrupción e ineficiencia de las autoridades le han truncado un mejor destino?

¿Qué pasa por la cabeza de un joven peruano que observa, ofuscado e impotente ante el diabólico tráfico, que su país no tiene ninguna capacidad para darle oportunidades de salir adelante porque la corrupción e ineficiencia de las autoridades –sí, esas que siguen ocupando las primeras páginas sin recibir sanción– le han truncado la posibilidad de un mejor destino?

¿Qué pensará un recién egresado de alguna de las casi 150 universidades a nivel nacional cuya ilusión de hacer empresa se desvanece, cuando confronta los frondosos trámites burocráticos y costos hundidos que implica poner en valor el negocio de sus sueños? ¿Cuando descubre la inexistencia de apoyo o incentivo estatal para la investigación? ¿Cuando tiene que competir por las poquísimas becas que ofrecen a los peruanos, a sabiendas de que no tiene padrino?

¿Qué cavilaciones tendrá un muchacho que gana sueldo mínimo y cuyo empleador le exige –naturalmente– abrir una cuenta bancaria para el abono mensual, al descubrir los cobros por comisiones y mantenimiento que le diluirán, mágica y penosamente, sus 930 soles mensuales?

¿Qué pensará un inversionista extranjero cuando sus asesores lo sorprenden y le dicen que el marco legal en el Perú es muy inestable, que los fallos judiciales no son confiables y que la ausencia del Estado (especialmente en las zonas rurales) podrían imponer costos indirectos al presupuesto del proyecto que no son capaces de cuantificar? ¿Se sentirá engañado o habrá sido advertido de que en el Perú estas cosas pasan? ¿Qué pensará cuando advierta que el número de permisos y licencias es interminable, que la mayoría de trámites se manejan de acuerdo a la discrecionalidad del funcionario de turno y que su inversión no sobrevivirá sin tener una “cajita” de fondos en efectivo para misceláneos?

¿Qué discurre por su mente, señor lector, cuando un día cualquiera lee que cuatro de cada diez peruanos gastan más de lo que ganan y que el Sistema de Pensiones está perforado porque muchísimas personas han recurrido al retiro anticipado, con nefastos resultados? ¿Qué piensa de un Estado que no es capaz de incentivar la cultura del ahorro y que ni siquiera ha logrado mantener la fortaleza de las CTS? ¿Qué opina de un MEF que impone ISC a la compra de nuevos vehículos –23% menos de venta en julio, a pesar de la gratificación– en lugar de incentivar la compra de autos eléctricos? ¿Qué sinsabor le deja de un sistema que grava los vehículos nuevos, aquellos que no contaminan, en vez de imponer sanciones a la circulación de aquellos mayores de veinte años y promover la Ley del Chatarreo?

Imagino que usted, señor lector, no piensa –como parece ser la idea del presidente y del premier Villanueva– que la reforma política es la panacea y la solución divina a todos estos problemas infinitos que desde siempre agobian al país. Afortunadamente, para los peruanos la falta de visión y la soberbia no son contagiosas.


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