toggle menu

Opinión


1 Junio, 2018.

Treinta y dos millones de gracias, Paolo

Nadie se merecía jugar el Mundial más que Guerrero. Su lucha ha sido ejemplar.

Jorge Villena

| Columnista invitado

Hace muchos años, en la eliminatoria de Francia 98, la selección peruana perdió ante Chile en Santiago, en uno de los peores partidos que recuerdo. En ese momento dejé de creer en la posibilidad remota de poder ir a un mundial, teniendo un torneo local con tan bajo nivel de competencia y jugadores poco profesionales.

Lo que más dolió no fue el resultado –ganar y perder es parte del juego– sino la actitud de los jugadores; dolió un equipo peruano mentalmente disminuido, anímicamente vulnerable, con jugadores “reducibles” ante la presión. En ese sentido, hace poco tuve oportunidad de hablar con Edwin Oviedo y comentarle un caso que siempre me pareció aleccionador: el del equipo de Alianza Lima (aquí debo confesar que soy hincha ferviente de Universitario de Deportes) que salió campeón en 1997 dirigido por el exitoso técnico colombiano Jorge Luis Pinto.

La virtud más grande de Pinto no fue traer técnicas novedosas o refuerzos extraordinarios; simplemente puso orden en un equipo indisciplinado. Era anecdótico leer en las noticias de ese entonces cómo perseguían a los jugadores por los salsódromos o cómo los vigilaban para que no se escapen de las concentraciones.

La tensión entre los jugadores y el técnico acabó con la salida de “Kanko” Rodríguez.

En buena cuenta, para que un jugador peruano se supere debía vencer al trago, a la noche y a las vedettes. Nuestro problema no era futbolístico sino de actitud y profesionalismo.

Volviendo al pasado reciente, esta clasificatoria la empezamos con los llamados “cuatro fantásticos” como figuras del equipo. Son jugadores de éxito internacional, estrellas de la farándula, celebridades de la moda que venían anunciados con pompa y fanfarria… pero con ellos solo continuaron los escándalos y las derrotas. Sin embargo, cuando volvimos a la competencia destacó Paolo Guerrero, quien tal vez no tenga los logros futbolísticos de Claudio Pizarro ni los millones de Jefferson Farfán, pero sí ha podido darle a este joven equipo de jugadores humildes que nos clasificó al Mundial una actitud, mística y entrega nunca antes vista.

El gran aporte nacional de Paolo Guerrero es habernos fijado un nuevo paradigma de futbolista: un hombre exitoso pero humilde, un deportista profesional, un jugador que lucha, que no afloja, no retrocede, no se da por vencido; un hombre de fe que ama a su familia. El liderazgo de Guerrero es inspirador y por eso todo el país celebra. Nadie se merecía jugar el Mundial más que él. Su lucha ha sido ejemplar.


Etiquetas: , , , , ,