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Opinión


7 Enero, 2018.

¡Tragando sapos!

El fujimorismo no ha abierto nueva vena autoritaria. Habita entre nosotros, con la cepa entera, desde Abascal a Sánchez Cerro: dos a los que nunca comprendimos.

Efraín Trelles

| Columnista

De las múltiples razones que pueda tener gente como uno para no entender al otro país, en concreto al fujimorismo, me concentro en dos intuiciones a compartir sin mayor ánimo de debate. Aludo a dos claves que están en nuestro ADN histórico por error y nos han impedido entender algunos aspectos de fujimorismo, sobre todo los que lo han hecho resistente y no una ola pasajera.

En  el libroLa República Aristocrática, Alberto Flores Galindo y Manuel Burga concluyen que en las elecciones de 1931 el pueblo peruano enfrentaba una dicotomía: aprismo o comunismo. Disculpen… pero ganó Sánchez Cerro. Esto no es nuevo.

En 1984 hablé de esto con Tito y Manuel en Wisconsin. Linda conversación. Lo admitieron. Lo justificaron plenamente en términos del ideologizado debate que se había vivido en los setentas y en virtud de la audiencia a la que estaba dirigida esa exitosa publicación. Y estaban seguros de que esa distorsión se enmendaría pronto. Pero es la hora de serenarnos y admitir que nos comimos ese batracio heurístico por mucho tiempo.

Dos. También se ha pensado que lo de Sánchez Cerro fue puro fraude y eso es lo peor. ¿Fraude electoral? Pie a tierra por favor. En 1931, Haya llevaba ocho años fuera del Perú, nadie lo conocía. El otro, el Mocho, había sido presidente y conspiraba desde la noche de febrero de 1914 que sacó a Billinghurst. Las elecciones de 1931 fueron el 12 de octubre. Haya llegó al país ya con agosto por cerrar. No había radios en campaña. Todo era autopolvareda, carretera invisible y, a lo más un megáfono ahí donde hubiese electricidad. Saquen la cuenta.

No hubo fraude. El pueblo optó por Sánchez Cerro, quien hizo una poco estudiada campaña con un discurso semejante a Fujimori; esto es, atizando en el pueblo el “hartazgo de la política criolla”.  Otra cosa es que no queramos aceptarlo. El Apra nos engañó haciéndonos creer que había habido fraude —se derramó la barbarie trujillana— y le entregamos el siglo XX al antiaprismo.

En síntesis, la clase política de nuestros bisabuelos y la mejor intelectualidad de nuestro tiempo fueron incapaces de aceptar (mucho menos de entender) la presencia de Sánchez Cerro y una nueva masa en el espectro. No me sorprende que tantos peruanos tengan hoy dificultad para entender la permanencia y aún hegemonía del fujimorismo. Mis bisabuelos no entendieron entonces el nuevo rostro de la plebe. Ni yo ahora. Pero si hubiéramos pertenecido a la masa que precisa redención… no habríamos tenido dificultad alguna para entenderlo.

El fujimorismo podrá ser detestable para muchos, pero no ha abierto ninguna vena autoritaria cuyo procedencia haya que explicar. Esa vena habita entre nosotros, con toda la cepa enterita, por lo menos desde la “política de concordia” de Fernando de Abascal tan poco entendida aquí y que abordaremos en otra ocasión. Eso sí, traguemos menos sapos.


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