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Opinión


13 Octubre, 2018.

Todos somos culpables

“Largo tiempo el peruano oprimido la ominosa cadena arrastró…” Siempre me pregunto quién ha dicho que realmente nos hemos liberado. Seguimos bajo una opresión más grave aún: la tiranía que nos hemos autoinflingido por nuestro temor a pensar.

Somos un país sin rumbo y absolutamente inmediatistas: celebramos victorias pírricas como si fueran a cambiar el destino de nuestra historia. Desafortunadamente el partido de gobierno no tiene mayoría en el Congreso, por lo que esta gestión se ha caracterizado por el enfrentamiento y la lucha de protagonismos. Hay un permanente forcejeo de poderes para la aprobación de leyes que siempre dejan ventanitas de escape, porque se legisla sin credibilidad, solo como un mecanismo de intercambio político.

En este escenario, resulta inaceptable pero no sorprende que don Martín Vizcarra salga a la palestra a interpretar el sentido de las leyes de la reforma política. No solo porque es lego en la materia, sino porque estaría dejando en evidencia que son normas hechas a su medida y antojo para seguir abusando del populismo y jugando con las esperanzas de los peruanos.

Recordemos la parte inicial de la primera estrofa del Himno Nacional: “Largo tiempo el peruano oprimido la ominosa cadena arrastró…” Siempre me pregunto quién ha dicho que realmente nos hemos liberado. Seguimos bajo una opresión más grave aún: la tiranía que nos hemos autoinflingido por nuestro temor a pensar.

La fragilidad de nuestras instituciones es nuestra absoluta responsabilidad. ¡Sí! Usted, yo, nuestro entorno somos los grandes culpables y lo digo enfáticamente. Hemos perdido la capacidad analítica, el don del pensamiento y la razón. Simplemente reaccionamos y –una vez que hemos tomado posición generalmente movidos por el antisistema o por nuestra caprichosa costumbre de dar la contra– nos da miedo (o pereza) cambiar, a pesar de sabernos en error.

Si nos atreviéramos a utilizar la razón, sin complejos y con valor, hubiéramos podido procesar sensatamente todos nuestros odios y dejarlos atrás, porque no aportan nada. Sin embargo, estamos demasiado contaminados y su majestad la prensa (descontrolada y omnipotente) solo contribuye a exacerbarlos. Envenena, divide, saca conclusiones prematuras con la mayor impunidad, y el problema es que ya nos hemos habituado a vivir en el filo entre la verdad y la mentira.

La única forma de cuestionar válidamente este sistema que nos tiene en un estado de catatonia, este absurdo de lo “políticamente correcto”, es a través de la razón. Pero, ¿quién se atreve a pensar? ¿Quién se anima a cuestionar con legitimidad, a pesar de la condena social, si ir con la corriente siempre es lo más cómodo?

Dentro de esta vorágine de conformismo, nos hemos vuelto adoradores de la corrección política, que es la forma más asolapada de censura y ha alcanzado extremos de ridiculez pasmosa. Tenemos que recuperar la alternativa de hablar sin complejos, de llamar a las cosas por su nombre, de evitar distorsiones en el lenguaje y así darle un norte a nuestro convulsionado país.


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