toggle menu

Opinión


28 Febrero, 2018.

The road to hell

A propósito de las leyes de delitos contra los sentimientos religiosos y de un caso para meditar

La noticia es calientita de apenas el último 8 de febrero. En España, en Jaén para ser más exactos, a uno de esos jóvenes que no tienen nada mejor que hacer se le ocurrió armar un meme fotomontando su cara en el venerado Cristo de la Amargura y luego lo colgó en su perfil de las redes sociales. De inmediato, un pequeño grupo de católicos practicantes reunidos en la Cofradía de la Amargura se tomó muy en serio la ocurrencia y, amparados en la ley española sobre delitos contra los sentimientos religiosos, denunció al joven a la Fiscalía.

Un juzgado penal, tras un proceso sumarísimo, condenó al blasfemo a pagar una multa de 480 euros que el imberbe canceló. Lo que vino después nadie se lo esperaba: ni el joven, ni la Cofradía de la Amargura, ni la justicia, ni la sociedad española. Sucedió que, por miles, empezaron a circular hasta la viralidad memes con fotomontajes cada vez más subidos de tono cuyo personaje “inspirador” era nada menos que el pobre Cristo de la Amargura. La befa de los miles de internautas tenía un claro mensaje: “¡ A ver, pónganme la multa a mí también!”

Por supuesto, como el lector podrá adelantar, ni la Cofradía de la Amargura ni ningún católico con sentido común se atrevió a hacer ninguna denuncia más y la fiscalía y el juzgado penal se lavaron las manos desentendiéndose de su deber de actuar de oficio. La solidaridad con el mancebo multado tuvo como correlato un descarnado desafío a la autoridad y a la ley, sin duda; pero dada su magnitud social ha puesto fin en España, para todos los efectos prácticos, a la legitimidad de la ley de delitos contra los sentimientos religiosos.

Así las cosas, si Dios juzgara por las intenciones, los católicos que denunciaron al joven tendrían un lugar en el cielo. Si, por el contrario, Dios juzgara por los resultados, los de la Cofradía de la Amargura bien podrían tener una reserva en un lugar más cálido y sulfuroso, por ponerlo de alguna manera. Aunque es la sabiduría popular la que siempre ha dirimido entre las dos opciones con eso de que “el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

A buen entendedor, pocas palabras.


Etiquetas: , , , , , , , ,