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Veinticinco años después, ¿cuál es la verdad?

La polarización extrema acaba con la objetividad y perspectiva histórica a la hora de analizar el cinco de abril.

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Veinticinco años después, ¿cuál es la verdad?

La polarización extrema acaba con la objetividad y perspectiva histórica a la hora de analizar el cinco de abril.

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Veinticinco años y dos días después, vengo leyendo y escuchando con mucho interés y detenimiento cuanta declaración y recuerdo hay con relación al golpe —o autogolpe como algunos lo denominan— del 5 de abril de 1992. Y, lamentablemente, todavía no aprecio objetividad o perspectiva histórica para analizar uno de los hechos más importantes y decisivos de nuestra historia reciente.

La polarización extrema entre antifujimoristas y profujimoristas es lo que marca la pauta de la discusión, y de allí no se sale: cualquier intento de diálogo o debate termina en una abierta confrontación en la que ambos bandos defienden con uñas y dientes sus posiciones, siendo la verdad la principal víctima.

Ese domingo 5 de abril de 1992, en horas de la noche, un serio y adusto Alberto Fujimori nos anunciaba por señal abierta y a nivel nacional el cierre del Congreso, una medida que agarró de sorpresa a todo el país, empezando por sus propios ministros.

El poeta Martín Adán habría dicho: “Hemos vuelto a la normalidad” ¿Un golpe más? Recordemos un poco el contexto que se vivía aquel entonces y lo que siguió. La gente muy joven, lógicamente, no tiene la menor idea del Perú de aquel entonces y los mayores lo han olvidado, o no quieren recordarlo. El terrorismo estaba en su fase más avanzada; la amenaza sobre la capital misma de la república no era una cuestión lejana; la posibilidad de que Abimael Guzmán y sus sanguinarias huestes llegaran al poder estaba muy cerca.

La cosa no era broma; allí estaban respirándonos en la nuca. El Poder Judicial se encontraba atado de pies y manos y los terroristas amenazaban abiertamente a los pocos jueces honestos que se atrevían a condenarlos. Un Poder Legislativo fraccionado y opositor (Fujimori no contaba con mayoría) se había demorado un año en otorgar delegaciones extraordinarias al Ejecutivo y, cuando finalmente lo hizo, este presentó 117 decretos y el Parlamento le devolvió 36, muchos de los cuales eran medidas para combatir el terrorismo.

La cereza de la torta fue una inoportuna Ley de Control Parlamentario sobre los actos normativos del presidente de la república (Ley 25397) promulgada por el Congreso (pese a la observación del Ejecutivo) en enero de 1992, una norma que maniataba al gobierno al crearle una serie de controles absolutamente inapropiados en atención al grave momento que se vivía. La situación ameritaba más bien acciones rápidas y concretas de un poder que debía ser más ejecutivo que nunca. En ese escenario sobrevino el golpe de Estado.

Transcurridos unos meses se capturó a Guzmán y a los principales cabecillas terroristas. Al finalizar ese 1992, Fujimori restableció la democracia llamando a un Congreso Constituyente Democrático (donde las principales fuerzas democráticas participaron) para redactar una nueva Constitución, la misma que se promulgó en 1993 (Carta Magna que viene rigiendo de aquel entonces y que permitió el despegue económico de nuestro país, algo que muy pocos se atreven a discutir).

En 1995, Fujimori en la cresta de ola literalmente barrió a Javier Pérez de Cuéllar y dio inicio a su segundo mandato, con muy buenas cifras económicas en su haber, y consiguió cerrar con éxito el problema limítrofe con el Ecuador (uno de sus más grandes aciertos).

De allí en adelante todo vino en picada. Una absurda y antojadiza interpretación de la Constitución para perennizarse en el poder (la famosa “Interpretación Auténtica”), el abusivo cese de tres magistrados del Tribunal Constitucional, un empecinado intento por una segunda reelección que vició toda institucionalidad existente, una extendida red de corrupción manejada por el oscuro asesor presidencial Vladimiro Montesinos y unos fraudulentos comicios en el 2000 que permitieron un fugaz tercer mandato, que acabó abruptamente en medio de un sinnúmero de escándalos. Estos desencadenaron la vergonzosa huida de su principal líder del país, y lo que vino y se descubrió después ya es historia conocida.

¿Que el golpe fue necesario? En ese momento la gran mayoría de la población así lo percibió, pues las instituciones severamente deterioradas por los anteriores gobiernos no atinaban a respuestas necesarias y adecuadas para acabar con el flagelo del terrorismo. Eso era una verdad absoluta.

Veinticinco años y dos días después, viendo la película completa no puedo sino rechazar la ruptura del orden constitucional en frío y por principio. Sin embargo, si me ubico en aquel contexto: aquel domingo por la noche de 1992 volvería a apoyarlo, tal como lo hice esa vez.

Hoy, solo espero que mi país, el de mis hijas, el de mi familia, el de mis amigos, nunca, nunca más tenga que pasar por un trance similar.


El reglaje

No por la denuncia del ministro Nieto debemos pasar por agua tibia a su secretaria general, María Ferruzo.

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El reglaje

No por la denuncia del ministro Nieto debemos pasar por agua tibia a su secretaria general, María Ferruzo.

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El ministro de Defensa, Jorge Nieto Montesinos, ha destapado una verdadera caja de Pandora al sostener que ha sido objeto de un “reglaje” por parte de una mafia enquistada en el sector de su dirección. Mafia que, según dice, sobrevive desde los tiempos en los cuales imperaba la voluntad de su pariente, Vladimiro Montesinos Torres. Ha dicho también que esa práctica se extiende a otras carteras del Poder Ejecutivo y contra diversos funcionarios públicos, no solo de este gobierno sino del anterior.

Hay dos implicancias que derivan de lo manifestado por el ministro. Una, la necesidad de probar la existencia de tales mafiosos en el aparato estatal sindicándolos con nombre y apellido y el modus operandi que emplean. Otra, la suerte del Gobierno colgada de un hilo por la grave amplitud de la denuncia, magnificada solo para salvarle el puesto a la secretaria general del Ministerio de Defensa, María Ferruzo.

En verdad, resulta inverosímil que dieciséis años después de la caída del exasesor de Alberto Fujimori, aquel mantenga amigos cercanos en el despacho de las armas sin que militares víctimas del aparato montesinista (como Walter Ledesma, Marciano Rengifo, Roberto Chiabra o Daniel Mora) y civiles avispados con ránking de ejercicio antifujimorista (como David Waisman, Aurelio Loret de Mola, Ántero Flores-Aráoz, Allan Wagner, entre otros) hayan podido desmontar el supuesto andamiaje mafioso cuando fueron ministros de Defensa.

Es más creíble apuntar a una burocracia reactiva y afectada por decisiones fastidiosas de la alta dirección. Alguna de ellas puede que también sea politizada. Hoy con las aplicaciones tecnológicas, pescar —a través de una fotografía o video— in fraganti en una conducta cuestionable o semidelictiva a una personalidad pública no requiere mucha sofisticación ni un aparato monumental. Lo de Pedro Cateriano y la famosa (como sospechosa) “luz verde” sí parece algo más organizado por tratarse de una interceptación telefónica. Como lo fue el potoaudio de Lourdes Flores y Xavier Barrón.

No por esto debemos pasar por agua tibia ni victimizar a la señora Ferruzo, cuya situación se complica por haber inducido a error al ministro Nieto, haciéndole decir en RPP que ella no guardaba parentesco (lo de no ser primo hermano es una sutileza) con el recién nombrado viceministro de Políticas para la Defensa, Fernando Ordóñez. Una mentira que el programa “Panorama” desvirtuó por completo el domingo.

Ferruzo y todas las arbitrariedades que se le atribuye no merecen arrastrar a un gobierno recién recuperado en el afecto popular al filo de la sospecha de nepotismo y de otras barbaridades. Debe renunciar de inmediato.


La absolución de Walter Chacón

Sepa cómo sí hubo en el 2000 un valiente que le paró el macho a Montesinos y evitó la ruta golpista, aunque a un costo altísimo para él y para su familia.

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Sepa cómo sí hubo en el 2000 un valiente que le paró el macho a Montesinos y evitó la ruta golpista, aunque a un costo altísimo para él y para su familia.
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La absolución de Walter Chacón

Sepa cómo sí hubo en el 2000 un valiente que le paró el macho a Montesinos y evitó la ruta golpista, aunque a un costo altísimo para él y para su familia.

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Días atrás ha sido absuelto el general Chacón, acusado de haber desviado fondos a favor de la reelección de Alberto Fujimori en el 2000. Todo esto diecisiete años atrás. Todo esto luego de haber estado cuatro años en prisión sin que se le hubiera abierto juicio a él. Aunque a su familia sí, y esa trama judicial aún no se suelta.

¿Por qué semejante ensañamiento? Sé que corro un riesgo al opinar sobre temas tan recientes, pero es difícil mirar a otro lado. El propio general Chacón, al que no tengo el gusto de conocer personalmente salvo por un breve saludo en la Plaza de Acho, ha mantenido notable discreción y espero no se incomode por la interpretación de los hechos que alcanzo a los lectores.

Vista la coyuntura del 2000 en perspectiva, queda claro que Vladimiro Montesinos tenía juego propio, seguía un libreto que solo él conocía a cabalidad y en el cual figuraba, llegado el caso, la posibilidad de huir hacia adelante y deshacerse de Alberto Fujimori. En esa perspectiva resulta más creíble aún lo que a fines de febrero del 2000 se comentó en voz baja: que el propio Vladimiro había filtrado al decano de la prensa la información sobre las firmas falsas.

Aquella vez se argumentó que Montesinos había soltado la evidencia para perjudicar a Absalón Vásquez. Menudencias. El Doc en verdad quería aprovechar el escándalo de las firmas para enturbiar la elección, como efectivamente ocurrió, y apoyarse en ese descontento para promover un golpe institucional: un golpe civil militar que ante el desmadre electoral restaurase el orden y la legalidad deponiendo a Fujimori.

En el transcurso de las investigaciones posteriores se ha llegado a establecer que la persona encargada de asumir el mando bajo esas circunstancias era el exministro Boloña y hasta se logró acreditar que el mensaje a la nación ya había sido redactado por Montesinos para que lo leyera Boloña, pero el golpe abortó. ¿Qué pasó? El general Walter Chacón se opuso. Tuvo esa entereza y gracias a ella la transición se orientó por la ruta de Paniagua, mientras que Vladimiro terminó entre rejas.

Haber salvado la transición democrática en un momento tan complicado para el país es el principal pecado que ha pagado el general Chacón. Nadie le devolverá los años entre rejas. Nadie le devolverá la salud seriamente comprometida tras años de maltrato. Pero peor sería un manto de olvido que cubra el mérito de uno de los fundadores de Fuerza Popular. Nuestros siglos están saturados de ingratitud, general.