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Es urgente limpiar ese uniforme

Torpeza policial ayuda a los antimineros de Tía María.

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Es urgente limpiar ese uniforme

Torpeza policial ayuda a los antimineros de Tía María.

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No faltará quien quiera equiparar el accionar terrorista de los ochentas con las acciones emprendidas, en lo que va del siglo,  por los antimineros en diferentes puntos en conflicto. Las diferencias entre ambas situaciones son felizmente muchas, muchísimas, aunque un aparente cántico sobre "beber sangre de tombo" mueva el seso.

 

Por cierto, en noviembre de 1930 y en el calor de un conflicto minero en la Oroya, el embajador norteamericano le echó en cara al ministro de gobierno —Interior— que no había hecho lo suficiente por acallar las protestas. Y la prueba era que hasta ese momento seguía habiendo una loca suelta en las alturas que andaba gritando que bebería sangre de gringo.

 

Si algo tienen en común el senderismo y el movimiento antiminero es la inacción prolongada del Estado o, peor todavía, la complicidad de un Estado siempre capaz de empeorar las cosas. Y nos hemos acostumbrado al conflicto mal manejado: Tambogrande, Egasa, Puente Montalvo, Ilave, Bagua, Conga, Pichanaki… y ahora Tía María.

 

Hay un segundo elemento que tienen en común el senderismo y la violencia antiminera:  su capacidad de mantener sin solución durante años un conflicto. Por eso es bueno llevar el análisis comparativo por ese lado. ¿Cómo hicimos para pacificar el Perú y hacer retroceder al senderismo después de años? Se empezó por limpiar el uniforme. Se empezó por tomar iniciativas concretas para que el ejército y la población volvieran a sentir que estaban del mismo lado. Y funcionó.

 

Nada, absolutamente nada, atenta más directamente contra la inversión o favorece de manera más dramática la causa antiminera que la presencia de un policía con el uniforme sucio, capaz de sembrar un arma a un campesino detenido en Arequipa. Atrás discusiones, atrás ideas, atrás todo.


No podemos seguir tolerando que, en circunstancias como estas, el Estado uniformado juegue sucio. No tienen idea de las dimensiones del daño.



¡Recordemos, recordemos, recordemos!

Veintitrés años después, haríamos bien en recordar esa terrible noche en Tarata.

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¡Recordemos, recordemos, recordemos!

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Hace 23 años, un día como hoy, en la calle Tarata de Miraflores un atentado terrorista dejó 25 muertos y 300 heridos como consecuencia de un coche bomba que el grupo terrorista Sendero Luminoso cargó con 500 kilos de anfo y dinamita para atacar al Banco de Crédito y, de paso, a los vecinos de esa estrecha vía miraflorina. Este fue probablemente el punto de quiebre de los actos terroristas en el Perú y lo que despertó a los limeños que, de alguna manera, mirábamos de lejos la lucha antiterrorista.

Hoy, los periódicos casi no reseñan este hecho. Hoy nos hemos olvidado. Hoy no queremos saber. Y eso nos pone en el peligro de volver al terrorismo. Peligramos por no enseñarle a nuestros hijos eso que no vivieron, porque la televisión no tiene ni una palabra sobre estos hechos, porque pocos periódicos han hecho un recordatorio en primera plana sobre Tarata.

Una lástima. ¿Cómo puede un país no recordar? ¿Cómo puede no sentir? ¿Cómo puede evadir responsabilidades? 

Siento profundo respeto por la policía, por los muchos militares que murieron para liberarnos de crímenes como el de Tarata y por la gente más pobre de la sierra peruana que fue asesinada como una forma de amedrentamiento y refuerzo del terror de Sendero Luminoso.

Creo que hoy haríamos bien en recordar Tarata: nada mejor que volver a ver las imágenes que los de mi generación jamás podremos olvidar.


¿Estamos ante otra clase de terrorismo?

No es terrorismo político; es terrorismo civil y hay que tratarlo como tal.

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El atentado de esta semana contra el circo de “La Paisana Jacinta” ha vuelto a demostrarnos que la delincuencia siempre puede rebasar cualquier límite. En realidad, no han dejado a nadie a salvo de su sombra de angustia y terror. Y mientras hay políticos, editorialistas y autoridades que miran y miran cosas como estas a diario y siguen repitiendo su “indignación” y su “exhortación” para que termine la inseguridad, en el fondo todos sabemos que la cosa empeorará.

El estado de putrefacción social al que nos ha conducido una falsa moral inoculada por una manera de pensar que termina colocando al asesino como “sujeto de derecho”, a costa de dejar de defender el derecho de la gente que no delinque muchas de ellas, sus víctimas ha embrutecido la capacidad de respuesta legal que toda democracia tiene que poseer para precisamente salvaguardarse como tal.

El resultado es un estado de terror similar al que vivimos en los noventa con el terrorismo político de Sendero y el MRTA. Hoy estamos ante una nueva forma de terrorismo: un terrorismo civil, que puede no tener móvil político pero sí el propósito de generar un clima de terror para paralizarnos.

Si este es el caso, la respuesta se cae de madura: confrontar a este nuevo terrorismo como se enfrentó al terrorismo político de los noventa. Claro que para hacerlo se requiere un tipo de liderazgo y determinación del que, al parecer, toda nuestra clase política carece en estos tiempos.