Menu

Resultado de busqueda

Una Constitución para el Bicentenario

Así como está, el Perú no termina de funcionar.

LEER MÁS
Así como está, el Perú no termina de funcionar.
LEER MÁS

Una Constitución para el Bicentenario

Así como está, el Perú no termina de funcionar.

LEER MÁS

El Perú es un intento de país, un sueño que nunca se concretó del todo, un proyecto inacabado, una especie de acto fallido. Es un país hermoso y con una cultura extraordinaria, pero como sociedad se quedó atracado no en la época de la carreta sino en la etapa de la primera piedra. De ahí no pasó. No terminó de cuajar a pesar de sus buenas intenciones.

¿Parece exagerado? Ahí está la Interoceánica, esa inmensa carretera que atraviesa una parte de la selva y surca la cordillera (con puentes a todo dar) pero que casi no tiene camiones que la transiten. Ahí quedó, por ahora. Pasan por ahí sueños de desarrollo, fantasías comerciales, contratos millonarios, casetas de veinte millones de dólares, bicicleteadas de pueblo; pero camiones de carga, muy pocos.

Otro ejemplo: el del gas. Una reserva maravillosa, regalo de la naturaleza que acompañó milenariamente al sur del Perú para darle algún día energía, calor y bienestar. ¿Y qué pasó? Ni bien lo sacaron, fue entregado directamente al extranjero y a precio de ayayero. La ilusión de utilizar ese gas se convirtió así en un intento fallido.

Así es una parte de la historia del Perú, la historia de un país asaltado.

Algo falló en el desarrollo del Perú. ¿Errores, falta de preparación, incapacidad para gobernar, ópticas equivocadas, mandatarios trasnochados, negociados? Análisis pueden haber miles. Y si a esto le añadimos la corrupción imperante, la falta de credibilidad en la clase gobernante y el posible final de los actuales actores de la política, estamos como para cerrar la página y empezar de nuevo.

Pero al Perú no lo podemos clausurar ni vender. No podemos cerrar sus páginas. Es nuestro país y hay que sacarlo adelante.

Quizás sea momento de avanzar hacia eso que los franceses denominaron en su momento una “Nueva República”. ¿Qué es eso? Refundar la República a partir de una nueva Constitución, pensada para la tercera centuria. Algo así como la constitución del Bicentenario.

Claro que plantearlo a través de estas líneas puede ser visto como una propuesta romántica, soñadora, ingenua, hasta puede causar hilaridad. Pero ya en la reflexión conceptual, el diálogo toma otro matiz.

El Perú no termina de funcionar. Está mal planteado. Requiere, entre otras cosas, de un replanteamiento de sus modelos de justicia, de Parlamento, de descentralización política y territorial. Tal vez requiera también de un nuevo contrato social (un gran acuerdo entre peruanos) más acorde a una realidad que ha cambiado mucho en las últimas décadas. Replantearlo no es impulsar una revolución; es proponer una reflexión necesaria y realista sobre lo que debe acompañar al país en las próximas décadas.

No vamos a entrar a esa discusión en esta nota. Pero sí recalcar la necesidad de que hay que generar las condiciones para que el Perú sea un país menos errático; para dar fin a su condición de “eterno botín”, de engañamuchachos, de sucesiva corrupción, gobierno tras gobierno. Se trata de abrirlo no solo al mundo sino a sí mismo; a sus lenguas, a su diversidad, a su gente.

De dar fin a las reelecciones, al gasto irresponsable y sin rumbo. Y todo esto a través de una institucionalidad viable, asentada en una nueva Constitución, porque así como está el Perú no termina de funcionar.

Es un país cuya Constitución política tiene mucho de ficción, de mirada ideal y punto, de modelo insuficiente, y también de primera piedra.


Una república excluyente

¡Despertemos! Los herederos de Ayacucho-1824 (por algo se habían deshecho del rey) despojaron a los indígenas de sus derechos ciudadanos y los sometieron a servidumbre.

LEER MÁS
¡Despertemos! Los herederos de Ayacucho-1824 (por algo se habían deshecho del rey) despojaron a los indígenas de sus derechos ciudadanos y los sometieron a servidumbre.
LEER MÁS

Una república excluyente

¡Despertemos! Los herederos de Ayacucho-1824 (por algo se habían deshecho del rey) despojaron a los indígenas de sus derechos ciudadanos y los sometieron a servidumbre.

LEER MÁS

Hoy quiero empezar hablando de Juan Bustamante, el mundo purín o trotamundos, el primer sudamericano que dio la vuelta al mundo. Militar, político, hacendado puneño forjador de la defensa del indio en el siglo XIX.

En 1869, hubo un levantamiento indígena en Huancané que Bustamante empezó apoyando y terminó liderando. Nos han hecho creer que se proclamó Inca o que los indígenas lo masacraron. Claro que fue masacrado junto con varios de sus compañeros de aventura, pero masacrado por eso que llamamos fuerzas del orden.

Ya continuaremos luego con Bustamante. Quiero concentrarme en un detalle del juicio que me puso los pelos de punta. Vayamos ahí. José Gregorio Paz Soldán, fiscal de la causa, dijo en su dictamen de 1869 lo siguiente:

“Convertidos los indios en esclavos se ha levantado una clase especial de amos o señores que sin haberlos comprado siquiera como se compra a los negros, los han subyugado de todos modos y los han sumido en la abyección”. Tómese su tiempo para releer al fiscal Paz Soldán y sigamos con la reflexión.

Para empezar, el fiscal Paz Soldán habla de un fenómeno nuevo, ajeno a lo que se daba antes, una nefasta novedad. Estamos en 1869 y es evidente que ese fenómeno de exclusión y retroceso servil en la condición del indio fue un tema netamente republicano. Fueron los herederos de Ayacucho-1824, los que en ejercicio de su independencia (por algo se habían deshecho del rey), sometieron al indígena de las alturas a esa exclusión tendiente a la servidumbre, que puede haber cambiado pero que igual va a cumplir doscientos años.

Esa imagen del indio en la república, subyugado y sin derechos, contrasta con la imagen de cualquier indio padre de familia de Puno o Cusco, digamos en 1813. La Constitución de Cádiz les había dado el derecho al voto pese a ser indios por los cuatro costados. Y ejercieron ese derecho ciudadano en elecciones modernas con el mismo voto que en su momento emitieron los naturales de Madrid o Barcelona. Y la máxima autoridad político militar era un indio al que en el torbellino electoral nadie cuestionó por ser indio.

Ese Perú de indios empoderados no es lo que pudo ser y no fue. Existió y modificó la práctica política. Ese Perú de indios empoderados confirma la sentencia de paz Soldán. En 1813 los indios eran ciudadanos con pleno derecho al sufragio. Luego de tres décadas de República eran siervos sin derechos. ¿Cuándo vamos a entenderlo por fin?


Indígenas empoderados

Son diversos los momentos virreinales en los que la población indígena gozó de ventajas, capacidad de gestión o derechos conculcados luego por la república.

LEER MÁS
Son diversos los momentos virreinales en los que la población indígena gozó de ventajas, capacidad de gestión o derechos conculcados luego por la república.
LEER MÁS

Indígenas empoderados

Son diversos los momentos virreinales en los que la población indígena gozó de ventajas, capacidad de gestión o derechos conculcados luego por la república.

LEER MÁS

Ocurrió un par de días atrás, durante la presentación de un libro mío sobre Nicolás de Ribera, publicado por la Municipalidad de Lima. Rafael Varón y Enrique Robles tuvieron conceptos elogiosos que agradecí. Pero luego pasé a desflemarme. Cada vez quedamos menos quinientistas. Peor, menos historiadores colonialistas o de los tiempos virreinales.

¿Qué le podría decir hoy un historiador colonialista al país en las puertas del Bicentenario? Pienso que podría proveernos de suficientes imágenes de empoderamiento indígena, a lo largo de los siglos, como para entender que el ideal republicano se fundó en la exclusión del indígena, fenómeno que poco tiene de herencia colonial y también va a cumplir doscientos años.

Ojo, la colonia duró tres siglos; mejor ser específicos. Y lo intentaré. Si hoy fuera un muchachito quinientista me enfocaría en Potosí y su crecimiento como ejemplo de gestión rural y urbana. Potosí a fines de siglo XVI bordeaba los cien mil habitantes y compartía el podio con Londres y Tokio. Solo que Potosí no tenía siglos si no cuatro décadas y hasta hoy tiras una papa ahí y no brota. Todo había que llevarlo. Para empezar, el mercurio desde Huancavelica, embarcándolo por Arica. Cantidades inmensas de ropa de los obrajes de Ayacucho, bastimentos del Cusco, botijas de vino de Arequipa, todo. Ese país que sacó adelante la producción de Potosí, que cambió la economía mundial, le gana con largueza a ese otro Perú que no pudo con Conga, no pudo con Tía María.

Si estuviera en el siglo XVII continuaría las pinceladas del maestro Franklin Pease mostrando curacas empoderados, propietarios de casas y tierra, ganado viñedos y, en algún caso, un barco para ir surcado el litoral. Y si mi campo estuviera en los últimos años de la colonia, me enfocaría en la Constitución de 1812 que le dio a un indígena cusqueño o puneño, propietario y puntual contribuyente, el mismo derecho ciudadano que a los naturales de Madrid. Y ese voto ciudadano, con participación indígena, se ejercitó en febrero de 1813 doce años antes de Bolívar. Y recién luego de tres o cuatro décadas de república se generalizó la imagen del indígena siervo y sin horizonte.

La república como la hemos conocido, hoy tiznada de corrupción y descrédito, nos hizo creer que la postergación del indígena era ante todo una herencia colonial. Hoy sabemos que un camino pleno de derechos ciudadanos le fue arrebatado a la población indígena en nombre de la liberación del Perú republicano.

El historiador no juzga. El historiador comprende. Aunque no siempre. No comprendo cómo soñamos con celebrar un bicentenario sin reparar la exclusión.