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Farra fiscal en medio de la tormenta

En lugar de impulsar la eficiencia en el gasto, el gobierno prefiere dilapidar en asistencialismo.

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Farra fiscal en medio de la tormenta

En lugar de impulsar la eficiencia en el gasto, el gobierno prefiere dilapidar en asistencialismo.

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La imprevisión e ineficiencia en gestión pública que ha caracterizado a este gobierno en todo este tiempo se ven reflejadas en el presupuesto público para el 2016. Se agrega a ello su falta de responsabilidad en la fijación de prioridades para salvar a la economía de la parálisis, al insistir en su errada premisa de “incluir para crecer”.

Los resultados macroeconómicos que se esperan para fines de año echarán por tierra los supuestos macroeconómicos que se establecieron el año pasado. Por ejemplo, el PBI estimado para este año en 6%, terminará bordeando el 2.5%; el déficit fiscal que se fijó en -0.4% del PBI será, vía decreto de urgencia, de -3%. El tipo de cambio fijado en S/.2.90 ya ha sido sobrepasado largamente a la fecha: S/.3.30. Mientras tanto, la inflación fijada en 2% se ha disparado hasta pasar el 4% anualizado al mes de agosto.

Con tanta discrepancia con la realidad que muestran estos datos, muy poco podemos confiar en las bondades de este nuevo presupuesto para el próximo año que tan complicado se avecina.

Lo que sí ha quedado claro respecto al gobierno es su adicción al gasto corriente, al haber fijado un enorme déficit de -3% sobrepasando los límites que establece la disciplina fiscal. En lugar de priorizar el empuje y la eficiencia en el gasto de capital para evitar el desperdicio de recursos, el gobierno prefiere más gasto corriente para los programas sociales asistencialistas.

A la par de su propensión incontenible a regalar más pescado a la gente, el gobierno va haciendo caja para su campaña proselitista sin importarle la tormenta que se viene.


¿Sobre qué discutimos mientras el Perú se cae a pedazos?

El país está desconcertado porque ni el gobierno ni la oposición lideran nada.

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¿Sobre qué discutimos mientras el Perú se cae a pedazos?

El país está desconcertado porque ni el gobierno ni la oposición lideran nada.

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Desde Jean Jacques Rousseau hasta los modernos constitucionalistas, un Estado se ha definido en su origen por el llamado Contrato Social, aquel que delinea el propósito del Estado, el rol de los gobernantes y los derechos de los ciudadanos.

Todo lo anterior nos lleva a contar con una estructura legal que suele implicar renuncias a libertades personales, en aras de que diferentes actores podamos coexistir en paz. Resultan esenciales, entonces, los deberes y derechos del Estado y sus gobernados para garantizar el equilibrio.

¿Qué observamos en el Perú? Hay leyes que no se cumplen pues al Congreso no le gustan y —deponiendo la razón técnica o económica para la sociedad— las desechan; los informales, sean empresariales, mineros o madereros, son la mayoría (el 60% de la economía); en forma abierta, la ciudadanía ha decidido aplicar la justicia con sus manos ante las fallas del sistema; el presidente se ha olvidado de gobernar y se encuentra dedicado a defender a su esposa, quien por su parte acomoda sus palabras y decisiones de acuerdo con el oráculo de sus abogados; los ministros lucen desorientados; y los ciudadanos sentimos que estamos a la deriva.

Urge una reflexión urgente, el mundo esta en crisis. Esta ha comenzado con la caída de las bolsas chinas, una situación que viene acelerada por la presencia de los refugiados en Europa y que se agudizará con el conflicto militar emprendido para combatir el terrorismo islámico. Los Estados han empezado a contabilizar recursos, a ordenar su gasto y a afinar decisiones y posiciones, mientras acá en Perulandia seguimos discutiendo por unas agendas. ¡Por favor!

Debemos exigir que el gobierno respete el contrato social y nos dé, cuando menos, estabilidad y seguridad a los ciudadanos, gobernando para todos los peruanos y no para los familiares y amigos. ¡A tomar conciencia!


¡Fuera los corruptos!

La llamada "muerte civil" solo será exitosa y sostenible si forma parte de una gran política pública.

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La llamada "muerte civil" solo será exitosa y sostenible si forma parte de una gran política pública.
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¡Fuera los corruptos!

La llamada "muerte civil" solo será exitosa y sostenible si forma parte de una gran política pública.

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Esta semana el Ejecutivo aprobó un proyecto normativo que regula la muerte civil para los funcionarios sentenciados por delitos de corrupción. Pretende, por ejemplo, que ningún servidor estatal pueda volver a trabajar en la administración estatal cuando se haya probado su indebido beneficio de los recursos, los que seguramente podrían haberse destinado a reducir las brechas de desigualdad de los aún seis millones de peruanos que se encuentran en situación de pobreza en nuestro país.

Medidas como estas son importantes y parte sustancial de la lucha contra la corrupción. Sin embargo, debemos apuntar siempre a soluciones de largo plazo encaminadas a resolver la raíz de un problema que nos viene produciendo un altísimo costo social y económico, y que detiene nuestra aspiración de ser un país de primer mundo.

Para asegurar el éxito y sostenibilidad de la medida adoptada, esta debe ser parte de una política pública orientada a formar ciudadanos probos, capaces de cuidar el dinero proveniente del tesoro público tan bien o mejor que el suyo. El problema radica en que el Estado es entendido como una burocracia inerte, cuando es precisamente un aparato que se mueve en función a las cualidades personales de su gente, y en directa proporcionalidad a sus capacidades.

No perdamos de vista que estos servidores son primero ciudadanos y, luego, administradores del dinero público. Su formación es un proceso complejo que viene de casa, de la escuela, de la sociedad; y es ahí donde tenemos que hacer el trabajo fuerte y de largo aliento.

Habremos avanzado, por ejemplo, cuando frases como “roba pero hace obra” produzcan inmediata indignación y condena generalizada por parte de la población. Cuando llegue ese día, podremos deshacernos de aquellos cuya vida hicieron de una larga actividad parasitaria de los escasos recursos de todos los peruanos. En esas circunstancias seremos una sociedad que, con justificada obstinación, pueda exigir: ¡Fuera los corruptos!