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Grave error del gobierno

Pensar que podrían darse el lujo de seguir sin tomar acción y simular que acá no pasa nada. 

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Grave error del gobierno

Pensar que podrían darse el lujo de seguir sin tomar acción y simular que acá no pasa nada. 

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¿Se acuerdan de las escenas finales del naufragio del Titanic? ¿Cuando de verdad ya no hay duda y todo se está hundiendo mientras la orquesta sigue tocando impecable? A veces pienso que cuando el iceberg Odebrecht haya quebrado la línea de navegación de la nave y la institucionalidad colapse… nuestro Ejecutivo de luxe nos dará una impresión semejante: la de banda musical ajena a la dimensión del drama que vivíamos.

En este mundo de la bendita posverdad, donde una percepción es más importante que la realidad misma, seis de cada diez peruanos no confía en el rol que pueda desempeñar el gobierno en la lucha contra la corrupción desatada a raíz de los casos Odebrecht y Lava Jato. Peor todavía: al momento de escudriñar las motivaciones de las iniciativas gubernamentales vinculadas a Lava Jato, la misma encuesta de Ipsos revela que un mayoritario 48% piensa que la motivación del gobierno pasa por encubrir a ciertos personajes.

Estamos ante una de esas situaciones estelares que uno sabe bien dónde empiezan pero no adónde conducen; una situación singular en la que es urgente revisar el libreto. Ha cometido un error grave quien en el gobierno haya pensado que podían darse el lujo de seguir haciéndose los suecos ante la corrupción, si persisten en no tomar acción y pretenden seguir simulando que acá no pasa nada.

La comparación con otros países —donde ya hay detenidos— contrasta con la quietud de las entidades tutelares y nada hace tanto daño como la incapacidad del Ejecutivo para manejar la crisis de desobediencia civil que se abrió con ese símbolo de la corrupción llamado peaje.

Y si alguien piensa que quitando el peaje se acabó el problema... se equivoca también. Qué bueno sería poder decir que muerto el perro se acabó la rabia. No. Volverán a marchar y esta vez por la libertad de sus detenidos.

Normalmente, cuando un gobierno satisface las concesiones que el pueblo clama en la calle (quitar el peaje, por ejemplo) suele fortalecer su liderazgo. Pero es tan negativo el perfil conjunto de nuestro Ejecutivo que tras realizar semejante concesión no hace sino verse más debilitado todavía.

Y es que de un momento a otro el principal problema del Perú dejó de ser la seguridad, campo en el que el gobierno sigue al debe. De pronto,  el principal problema del Perú es la corrupción y en ese rubro… el gobierno no ha logrado convencer a nadie.


Odebrecht: que no nos vengan con cuentos

Resulta indignante que se quiera relativizar la responsabilidad de los directos involucrados. 

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Resulta indignante observar a muchos de los denominados periodistas “mermeleros”, medios de prensa y portales —todos progres, para variar— relativizando la responsabilidad de los directos involucrados en el caso Odebrecht, e intentando por todos los medios y a toda costa incluir al fujimorismo en la colada. Acusan directamente al alcalde Castañeda atribuyéndole toda la culpa por el tema de los peajes y exoneran de toda responsabilidad a la exalcaldesa Villarán, como si ella no conociese nada de un contrato suscrito durante su gestión.

Inclusive, uno de estos portales intenta mostrar a la policía como la provocadora de los violentos incidentes ocurridos en la “pacífica” marcha de la Panamericana Norte, restándole importancia a la presencia de agitadores relacionados a la anterior gestión municipal. Muestran, además, imágenes de los “manifestantes” y de la policía reprimiéndolos, como si se tratara de un ataque de las fuerzas del orden contra la población y no de un intento de controlar el caos y la violencia, enfrentando a los vándalos.

En todo caso, nadie puede obviar la tremenda corrupción que hubo durante el régimen fujimorista: de hecho su líder y muchos de sus dirigentes purgan condena por sus delitos. Hoy, sin embargo, debemos enfocarnos en los que vinieron luego y que presumían de intachable e impoluta conducta... pues ahora sabemos que para nada existió tal intachabilidad. Han sido tan sinvergüenzas como los que los antecedieron.

Ojalá se sepa cuanto antes los nombres de los corruptos; mientras tanto, nos negamos rotundamente a aceptar que esta gente nos venga con cuentos y maniobras de distracción. Si lo siguen haciendo se convertirán en cómplices de la corrupción. Así de claro.


CORRUPCIÓN: tres consecuencias de las que el Perú debe cuidarse

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1. Los escándalos de corrupción pueden producir violencia social.

La gente anda muy molesta por los actuales escándalos. El país los sigue como telenovela y la indignación es evidente. Se siente el malestar en todos lados.

Todos piden justicia y castigo. Son tan grandes el malestar y la irritación que el país podría acercarse a un desborde pero de rabia e indignación. El ataque a las casetas de la Panamericana Norte (más allá de que pueda haber sido manipulado) es un primer aviso de que la ciudadanía está harta de tanto abuso, mercantilismo, negociados y corrupción.

Menos mal que ya no hay terrorismo porque en esta coyuntura hubiese encontrado una oportunidad para la captación de fanáticos. Decirlo no es apología. Es fomentar la conciencia de que los escándalos, los destapes, los robos y los contratos lesivos podrían terminar generando brotes de violencia y de protesta. De ahí la importancia de que el gobierno administre muy bien esta situación.

La corrupción es también en sí misma una forma de violencia. Distinta, pero igualmente violenta. Por sus características, atenta contra la gente, ciudadanía, paz social, confianza de las personas. Es una provocación y, aunque silenciosa, desafiante. Será necesario implementar acciones complementarias para atender el malestar, el hartazgo, la rabia y la decepción.

Se está subestimando la capacidad de reacción de la población y no se está sopesando el impacto que todo esto tendrá en el futuro, en los adolescentes, en los niños, en la simbología y el imaginario.  Generará personas más violentas.

2. Cuidado con los asesinatos de la corrupción.

Hablar de estos temas es delicado. Pero es mejor hacerlo. Ha habido asesinatos provocados por la corrupción. Lo hemos visto en Argentina (donde se asesinó a un fiscal); tal vez ahora último en Brasil con la caída de la avioneta en la que viajaba un juez; en Malasia hace unos días; muchas veces en Italia, Londres, etc.

Cómo será de verosímil este tema que un ex viceministro actualmente preso se niega a ingerir alimentos preparados en el penal por miedo a ser envenenado.

El gobierno debe cuidar mucho la seguridad de los investigados, fiscales y jueces. Y es necesario hacer ahí un trabajo preventivo de inteligencia, porque muchas veces cuando hay destapes y escándalos de la magnitud de los de ahora hay consecuencias nefastas y de esta naturaleza.

Expresarlo no es transmitir mala vibra, alarmismo o dramatismo. Es simplemente contribuir a alertar sobre un aspecto a prevenir.

3. Cuidado con el outsider antisistema.

La actual coyuntura se llevará encima a gran parte de la clase política. Es lógico y deseable que aparezcan nuevas figuras políticas en el escenario. Pero una cosa es una renovación generacional sin quemar etapas y otra, muy distinta, una renovación como consecuencia de un voto de castigo, desesperanza, frustración. La corrupción es tan grande que afecta la calidad de la ciudadanía. Y la aparición de candidaturas improvisadas y radicales podría ser una consecuencia de esto: candidaturas antisistema que reflejen el descontento, el hartazgo, el deseo de cambio y de venganza.

El voto peruano tiene mucho de emocional y contestatario. De ahí los outsiders. Los partidos serios deben sentarse a analizar esta situación. Si los movimientos políticos no reaccionan, el Perú podría avanzar hacia un voto a la deriva.