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Follow the money; joljeta mascay; sigue el dinero

La deslegitimización de la clase política abre el camino a la desobediencia civil: quemar garitas es solamente el comienzo de un masivo desborde popular.

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La deslegitimización de la clase política abre el camino a la desobediencia civil: quemar garitas es solamente el comienzo de un masivo desborde popular.
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Follow the money; joljeta mascay; sigue el dinero

La deslegitimización de la clase política abre el camino a la desobediencia civil: quemar garitas es solamente el comienzo de un masivo desborde popular.

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Tranquilamente podemos pasar de la página 11 (incidente que tumbó al primer gobierno de Belaúnde) a la hora 11: el tiempo que se tomó la fiscalía para consagrar un acuerdo que más temprano que tarde puede presentar al actual gobierno como un colaborador más de la empresa corruptora.

Me limitaré a exponer lo que temo. Si alguna certidumbre queda de mi vieja educación es que la historia no se mueve sin las masas. En Brasil, los letrados escudriñaron los pecados de la clase política confrontando a un Congreso donde los corruptos tenían mayoría y con el pueblo saliendo a las calles a respaldar las investigaciones. Nada de eso ocurre ni ocurrirá entre nosotros. Entonces, ¿dónde estarán nuestras masas?

Antes de responder, permítanme un datito más: la vacada expresidenta Dilma pudo demostrar, antes de retirarse, que quienes la sacaban también habían estado en la cuchipanda. Era muy tarde. Esa diferencia solo interesaba a los racionales hijos de la Ilustración quienes, por lo general, quedan reducidos a una cátedra.

Volvamos a las calles. ¿Están desiertas? Sí. ¿Podría el fujimorismo convocar las masas y atizar un movimiento contra la actual corrupción? Cien veces no. Y no porque le falte convocatoria, sino porque en el horizonte popular (ese con el que políticos y opinólogos hace rato no hacen contacto) el descontento es contra la clase política en su conjunto. Y el fujimorismo es ya percibido como parte de esa clase política. No se asuste lector: Verónika, Arana, Goyo y hasta Antauro… también.

¿Quién o qué movimiento va a liderar esas masas sin las cuales no se cambia la historia? "Follow the money", dicen los gringos; "joljeta mascay" decimos en runa simi. Mientras unos cuantos tontos seguimos esperando conocer los nombres de la corrupción, la gente de a verdad hace rato que empezó a identificar dónde es que el dinero de la corrupción nos mete la mano y la deslegitimización de toda la clase política abre el camino a la desobediencia civil. Quemar garitas es solamente el comienzo de un renovado desborde popular. Masivo.

Entonces habrá dos opciones: o una vacancia y elecciones, que permitan sembrar la ilusión de solución; o un desmadre tal que alguien con botas se compre el pleito. Esto último suena hoy imposible, a menos que llegada la hora sea la propia clase política la que se lo suplique a un uniformado redentor. Con el aplauso del tío Donald desde Washington.


De la página once al informe Monroy

Como hiciera esa pagina de contenido incierto, el informe Monroy (de fecha incierta) obliga a los grandazos a explicar por qué hicieron las cosas a troche y moche.

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Como hiciera esa pagina de contenido incierto, el informe Monroy (de fecha incierta) obliga a los grandazos a explicar por qué hicieron las cosas a troche y moche.
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De la página once al informe Monroy

Como hiciera esa pagina de contenido incierto, el informe Monroy (de fecha incierta) obliga a los grandazos a explicar por qué hicieron las cosas a troche y moche.

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Todo el embrollo en torno a la fecha del contrato de la Interoceánica y la fecha del informe legal que determinaba si Odebrecht y otras estaban o no calificadas para contratar con el Estado, en agosto de 2004, tiene un indiscutible aroma de sospecha e incertidumbre. Será muy difícil despejar así nomás los nubarrones que pueden traer consigo consecuencias a lo mejor hoy insospechadas pero absolutamente determinantes del futuro político de la República.

El latido de la memoria histórica acude inevitablemente al escándalo de la página once (setiembre de 1968), crisis acaso similar que terminó siendo un misil que hundió al primer gobierno de Belaunde. Veamos los hechos.

Sobre el tapete estaba la cuestión petrolera y la necesidad de recuperar el dominio sobre el petróleo que por mucho tiempo había venido explotando la International Petroleum Company. Tras marchas y contramarchas, Belaunde optó por un acuerdo llamado Acta de Talara. Al llegar el 28, luego que tres golazos de Perico y Pitín al Brasil nos pusieran a soñar en el inicio de la era Didí, los peruanos nos enteramos por boca del presidente que el Perú recuperaba el control de los pozos a cambio de venderle el petróleo refinado a la IPC. Esa era el acta suscrita.

Las cosas se agriaron cuando Belaunde dio muestras de que no renovaría el nombramiento de Carlos Loret de Mola como presidente de la Empresa Petrolera Fiscal, ante lo cual el funcionario se anticipó, presentó su renuncia y acudió a los medios (dicen que pagando para salir al aire) con una bomba: en el contrato oficial que le habían entregado a la EPF faltaba una página a la que le correspondía el número once.

Loret de Mola sostenía que en esa undécima página (súbitamente desaparecida) él había anotado el precio mínimo de venta de petróleo a la IPC. La página once nunca apareció y hay indicios que señalan que estaba en blanco y fue descartada. A la hora de la hora, eso ya no le importó a nadie. El descrédito del belaundismo fue tal que don Fernando cambió todo su gabinete a fines de setiembre. Flor de un día: Velasco lo sacó de Palacio.

Como esa página once de contenido incierto, el informe de Monroy de fecha incierta— puede poner a los más grandazos contra la pared y forzarlos a explicar porque hicieron las cosas a troche y moche e incurriendo en actos punibles.