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Se equivoca usted, señor Vargas Llosa

Odebrecht solo merece nuestra más enérgica condena porque llevó al extremo el nivel de codicia de muchos peruanos.

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Se equivoca usted, señor Vargas Llosa

Odebrecht solo merece nuestra más enérgica condena porque llevó al extremo el nivel de codicia de muchos peruanos.

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Mario Vargas Llosa escribió el domingo último en El País: “Algún día habrá que levantar un monumento en homenaje a Odebrecht, porque ningún Gobierno, empresa o partido político ha hecho tanto como ella  para revelar la corrupción ni obrado con tanto empeño para fomentarla". Claro, desde Madrid y viviendo en un mundo frívolo es muy fácil ser condescendiente con una realidad que le es ajena por las casi tres décadas que vive fuera del Perú.

Reflexione, señor Vargas Llosa. Odebrecht solo merece nuestra más enérgica condena porque llevó al extremo el nivel de codicia de muchos peruanos... y no ha tenido más involucrados simplemente porque no tuvieron tiempo. ¡Muy triste reconocerlo! El grito solitario de algunos periodistas e investigadores era acallado y sancionado por todos aquellos que comían de esta empresa y otras brasileñas, indistintamente de su color político.

Si no ocurrían las indagaciones de Petrobras iniciadas en marzo de 2014 como una pesquisa sobre el mercado paralelo de cambio en una red de estaciones de servicio de Brasil y, aquellas realizadas por el Departamento de Justicia de EE. UU. nadie en el Perú hubiera tomado la iniciativa de abrir la caja de Pandora.

La sucesión de hechos corruptos y de personajes es interminable. No se sorprendan si ven el nombre de su vecino en algún documento o reportaje. Hasta hace poco solo se cuestionaba el costo sobredimensionado de las obras, hoy están otras variables en juego: (i) la calidad constructiva; (ii) los escandalosos costos de mantenimiento de las IIRSAs; (iii) el chantaje judicial/arbitral si se declara la resolución de los contratos; (iv) el riesgo de paralización del país que determina se “perdone” a  empresas culpables.

¡Nadie es capaz de dimensionar el daño a nuestra sociedad! No merecen ni monumentos ni homenajes, solo una nefasta recordación como promotores de la mayor crisis de corrupción en la historia de nuestro país.  

Y resulta iluso pensar que la corrupción se inicia y agota con Odebrecht. Es un serio problema cultural, a pesar de que prestigiados analistas opinen lo contrario. La encontramos desde un Felipillo conocido por tergiversar los testimonios indígenas hasta un cegado Poder Judicial que concede medidas cautelares a empresas que delinquen, para que puedan seguir contratando con el Estado. Nuestra historia está plagada de inmoralidad: aquella sofisticada, exclusiva  de las élites que se valen de los sistemas legales para beneficiarse, como sostiene Hernando de Soto, y la del centaveo  informal, presente en todos los rincones del país.

Si la corrupción solo se limitara a las élites, tendríamos encapsulado el tumor y eventualmente sería más fácil extirparlo. No podemos, sin embargo, esconder la MAGNITUD del problema; revelarlo es la única forma de empezar a solucionarlo.


Nacionalismo bamba

Ninguna honestidad hizo la diferencia.

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Los nacionalistas criollos conducidos por Ollanta Humala y Nadine Heredia llegaron al poder aupados sobre la donación extranjera, el chavismo venezolano o la megacorruptora Odebrecht, permitieron que foráneos influyeran y determinaran la decisión de los peruanos para elegir a su presidente. Tan grosero como pueda parecer quienes se llenaban la boca afirmando defender los intereses de la nación y los valores propios abrían las puertas a las donaciones del extranjero, que les permitieron llegar al poder durante un quinquenio que se asoma como el de la vergüenza.

Ninguna honestidad hizo la diferencia; tampoco escrúpulos para hipotecarse política y económicamente a los donantes que nunca dan dinero por nada. Las revelaciones de Jorge Barata de que entregó a Heredia tres millones de dólares para la campaña electoral la ponen a ella junto a su pusilánime cónyuge a un paso de la cárcel, por lavado de activos y negociación incompatible.

Dentro de este esquema perverso, toda representación está unida a la inversión de campaña. Y los únicos que pueden participar en una contienda electoral son los solventes o los que tienen amigos y simpatizantes ricos. Esta desigualdad de partida hace que los mejores candidatos o no participen o se retiren si no pueden recaudar el dinero que los hará competitivos.

De ahí la percepción de que las campañas electorales se financian de manera corrupta, de que individuos y grupos dan sumas significativas de dinero esperando que quienes resulten elegidos ayudarán a los intereses de los donantes. Y los representantes aparecen menos responsables ante los votantes y más ante los donantes con intereses especiales.

Nos toca limitar la repercusión del dinero y la influencia de los donantes de grandes sumas, en especial si vienen del extranjero. Una vía es ofrecer fondos públicos para la transparencia del proceso, lo que exige publicar la información de donaciones y gastos de modo constante y limitar la cantidad de fondos que se permite recaudar o gastar.

Restringir gastos electorales es saludable para la democracia y para los electores. Si las campañas son menos caras más gente capaz, honesta y sincera puede participar. La calidad de la representación mejoraría con la integridad y honestidad de los elegidos.

Que no contribuyan gobiernos, ni empresas ni partidos políticos extranjeros. En EE.UU. están prohibidos los aportes de corporaciones y posibles contratistas del gobierno. Es evidente que todo donante espera recibir algo por su inversión. ¿Cómo la retribuyeron Humala y Heredia?

Los electores debemos saber quién está apoyando a los candidatos y si ello influirá en las futuras decisiones. Se trata de asegurar la integridad del sistema político, de recuperar la confianza y de permitir que el electorado elija informado. Es legítimo que se recaude y gaste dinero pero éste no debe distorsionar el funcionamiento institucional y ético de la democracia como está sucediendo.

En plena lucha contra la corrupción necesitamos procesos electorales transparentes, sin dinero sucio de por medio. En una elección participan ciudadanos de un Estado y no extranjeros. Si corporaciones internacionales financian campañas se produce una intromisión que avasalla la soberanía popular manifiesta en el sufragio.

Se impone un nuevo marco legislativo que, con amplio consenso político y ciudadano, regule la financiación privada y el uso de los recursos públicos. Que contemple sanciones penales y económicas para las transgresiones. Los políticos astutos y ambiciosos siempre intentarán evadir o burlar la ley pero su aplicación requiere voluntad política, fondos adecuados y sanciones penales apropiadas. El único camino a la integridad y a la transparencia política.


Fue ayer y sí me acuerdo

¿Con qué derecho El Comercio vuelve a exigir precisiones a Alan García si, cuando no son de su agrado, ni se molesta en publicarlas?

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Es cierto que todo el mundo tiene derecho a pedir explicaciones a los funcionarios públicos, sobre todo los medios de comunicación que son una bisagra entre la ciudadanía y aquellos. Pero también es cierto que hay algunos medios que tienen menos derecho que otros a pedir esas mismas explicaciones, sobre todo cuando consta en sus antecedentes periodísticos que las han exigido para otros temas y que, una vez absueltas por el requerido, se han desentendido de cubrirlas porque la respuesta no era la que el medio de prensa esperaba.

Sucede que ayer El Comercio publicó un editorial en el que se le exigía a Alan García mejorar su memoria para que absuelva una serie de interrogantes referentes a su vinculación con funcionarios públicos de su segundo gobierno que han dado con sus huesos en la cárcel por corrupción, así como con representantes de la compañía Odebrecht, además de explicar los desembolsos realizados en su gestión para determinadas obras que hoy están cuestionadas por sobrecostos. El editorial se tituló: "Fue ayer y no me acuerdo".

Fue ayer también metafóricamente hablando que El Comercio exigió al mismo señor García, mediante un editorial, que presentara su tesis universitaria en el contexto de los plagios de uno de los candidatos presidenciales. Corría la campaña electoral de 2016 y el Decano decía: "Quizá, en aras de la transparencia, convendría que [García] haga una revisión exhaustiva de los ambientes de su domicilio para ubicar la tesis y despejar cualquier inquietud. Limpieza de verano, que le dicen".

Pues bien, atendiendo a los requerimientos de El Comercio, el entonces candidato García hizo su "limpieza de verano" así se titulaba ese editorial de El Comercio—y encontró su tesis, la que fue enviada a El Comercio, el cual publicó una nota: "Alan García nos hizo llegar su tesis de bachiller en Derecho". Esto fue el 11 de febrero de 2016.

Pues bien, dicho esto nunca los lectores de El Comercio ni la opinión pública volvieron a saber de la tesis de Alan García. ¿Plagió o no plagió? Ya que El Comercio exigía que apareciera la tesis en el contexto de un plagio de otro candidato, suponemos que su labor periodística tenía que ver con verificar si la tesis de marras era intelectualmente honesta o no. Mutis total del Decano.

Suponemos también que El Comercio se tomó el trabajo de verificar si la tesis de García era o no fraudulenta, pues solo así tiene sentido que se la solicite mediante un editorial. Suponemos también que El Comercio encontró que la tesis era honesta, pues si no lo hubiera sido los titulares resaltando ese hecho no se hubieran hecho esperar. Suponemos, finalmente, que porque la tesis fue honesta nunca más en El Comercio ni en sus editoriales se volvió a mencionar el tema. Es decir, nunca vimos el titular "García no plagió".

Entonces, ¿con qué derecho El Comercio vuelve a exigir precisiones si, cuando no son de su agrado, ni se molesta en publicarlas?

Primero que dé cuenta qué fue de la tesis de García y después que vuelva a emplazar al susodicho sobre otros temas. Así funciona el negocio de la credibilidad, señores de El Comercio. De otro modo, vamos a terminar creyendo que los de la mala memoria son ustedes y eso sí que es un problema serio para el principal diario del país.