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La conquista en clave de Odebrecht

Fue una operación estructurada (ni siquiera APP), y recién confirmadas las riquezas del Perú viajó Pizarro a España a negociar una adenda. 

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Fue una operación estructurada (ni siquiera APP), y recién confirmadas las riquezas del Perú viajó Pizarro a España a negociar una adenda. 
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La conquista en clave de Odebrecht

Fue una operación estructurada (ni siquiera APP), y recién confirmadas las riquezas del Perú viajó Pizarro a España a negociar una adenda. 

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Con motivo de un libro reciente he revisado una vez más todos los entretelones previos a lo que conocemos como la conquista del Perú, y la verdad es que sus coyunturas y personajes se perfilan bajo otra luz vistos con ojos de un ciudadano súbitamente lastimado, como usted o yo, por la corruptela vinculada al destape de esa lata de lombrices llamada Odebrecht.

Me tomaré, en consecuencia, la libertad de agudizar un punto más el matiz contemporáneo de la visión a riesgo de tocar la frontera de la guasa. Pero el ejercicio vale la pena. No me aguanto. Venga conmigo.

Estamos en la ciudad de Panamá en la segunda mitad de la movida década de 1520. La ciudad es ya un centro financiero. Es el centro de las operaciones estructuradas desde el cual se lanzan jugosos megaproyectos que los historiadores llamarán conquista y los contemporáneos calificaban como campañas. La de Cuba, le de México, la de Guatemala, la de Nicaragua… y la más codiciada: la del Perú.

Así como hoy grandes carreteras o gasoductos de impacto salen a una licitación conducida por Proinversión, los grandes proyectos de ese XVI temprano salían a concurso en esa Panamá bullente y llena de insospechados intereses. Por eso, los historiadores decimos que la conquista fue ante todo una empresa económica. Más propiamente era una empresa privada, ni siquiera una APP, que empezaba su camino ganando una licitación.

Y vaya si había corrupción o las más carnosas licitaciones no hubieran terminado casi todas en manos de Marcelo Odebrecht… perdón, de Gaspar de Espinoza y sus grandes capitales intercontinentales.

Claro que hubo escándalo. El lobby panameño y peninsular sostuvo que los Espinoza se lo llevaban todo. Habían financiado a Velásquez en Cuba, a Cortés en México, al cruel Alvarado en Guatemala. No dejaban nada. Entonces el ente correspondiente, suerte de Proinversión peninsular, prohibió que en el siguiente gran proyecto a destrabar, la conquista del Perú, se presentara la casa Espinoza.

Y así fue. Solo que los Espinoza eran más vivos que cualquier contralor y grabaron su huella perene, consiguiendo el testaferro perfecto: un cura de poco brillo y cierta edad llamado Hernando de Luque. El propio Luque ni asomó por estas costas. Y recién confirmadas las riquezas del Perú, Pizarro viajó a España a negociar una adenda que se firmó en Toledo.


Mujeres al borde de un ataque de nervios

Keiko declaró que un punto importante del diálogo fue la creación de la Procuraduría General de la República. Antes de que cantara el gallo, ministra Pérez Tello se palomeó a dos procuradoras al mejor estilo Figallo.

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Keiko declaró que un punto importante del diálogo fue la creación de la Procuraduría General de la República. Antes de que cantara el gallo, ministra Pérez Tello se palomeó a dos procuradoras al mejor estilo Figallo.
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Tremendo. Vemos a una ministra de Justicia anunciando por los medios la renuncia de dos procuradores y luego las vemos a ellas, por separado, desmentir a la ministra pues no han presentado renuncia. En el mundo de las percepciones (el único que importa en la era de la posverdad), nuevamente tenemos a procuradores súbitamente despedidas y que anuncian que esa decisión se debe a que el gobierno que las nombró y las saca ha claudicado en la lucha contra la corrupción o, mejor dicho, que se arrodilla ante Odebrecht.

La percepción general es que la procuradora Ampuero paga el “delito” de haber acusado y haber interrogado al presidente Pedro Pablo. Incluso dicen que en dicho interrogatorio, cuando la procuradora le preguntó por sus vínculos con un asociado chileno, Pedro Pablo hizo una rabieta de aquellas.

Si entiendo bien, Julia Príncipe se va por estar de acuerdo con la procuradora Ampuero y en desacuerdo con la ministra, quien sostiene que Ampuero no aplicó la ley que hubiera permitido a Odebrecht vender el proyecto Olmos. La exprocuradora Ampuero argumenta que con ese recurso Odebrecht se libraba de responder en juicio. Soltando plata como siempre, claro.

La ministra contraataca señalando que al impedirse esa venta se romperá la cadena de pagos y miles de familias quedarán sin empleo. Realidad grave. Pero más allá de la pequeña letra de las normas lo que la ministra dice, en grueso, es que la corrupción da de comer y hay que pensar en la olla de las familias peruanas. Da que pensar. No hay respuesta fácil. Está por verse.

Lo que sí resulta penosamente certero es el convencimiento conque la todavía ministra de Justicia asegura que una vez que se vaya Odebrecht no habrá corrupción. Esa es la gran engañifa a la que se presta la poco eficiente encargada de extraditar a un pescadito libre llamado Alejandro Toledo. Si Odebrecht vende y se va, no hay juicio. Entonces todos los abogados, constructores y demás yerbas que bebieron las aguas corruptas que Odebrecht servía… quedan también libres de polvo y paja. A eso puede quedar reducida la lucha anticorrupción: a satanizar al ausente y canonizar a los lobos presentes.

El chupo está recién empezando a reventar. Y traerá más materia, estoy seguro. Pero para el registro histórico debe quedar establecido que por primera vez estamos ante un lío de mujeres solamente. Más canchita, por favor; esto prosigue.