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Gritos del silencio

El ministro del Interior no parece ir más allá del ruido mediático.

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Gritos del silencio

El ministro del Interior no parece ir más allá del ruido mediático.

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Martes 5 de mayo de 1987. En el trajinado Datsun, sortéabamos mi padre y yo la Javier Prado sumida en uno de esos apagones generales que la ‘generación pulpín’ nunca conoció, una especie de locación propicia para The Walking Dead. Así de tétrico era el escenario fuera de mi ventanilla: las calles desiertas a las 9 p.m. y, de fondo, la inquietante silueta del edificio del Banco Continental troquelada en las tinieblas. A mí, sin embargo, no me daba miedo la oscuridad y en ese momento tampoco me importaban los terroristas porque lo único que pasaba por mi mente era conocer a mi nuevo hermano.

No alcanzo a recordar con exactitud (tenía ocho años) pero creo que había utilizado el llanto para conseguir que me llevara a la clínica. Y ya encerrado en el carro junto a mi padre, que manejaba en silencio y con expresión neutra, confiaba ingenuamente en que el terror descrito en la radio y mostrado en la televisión —cadáveres cubiertos con periódicos o apiñados en camionetas, cuerpos ensangrentados, coches bomba, etc.— se mantendría afuera siempre y cuando no me despegara de él.

Hoy, a los treinta y seis años, entiendo que el silencio de mi papá se debía mucho a ese terror. Aunque la etapa en que lo consideraba invencible ha quedado atrás, celebro que haya sido un hombre que hizo lo que debía con la mayor discreción. Y, por esa misma razón, como ciudadano no me conformo con que la autoridad encargada de velar por nuestra seguridad vocifere advertencias sobre la reactivación de Sendero Luminoso sin ofrecer mayor muestra de su lucha por impedirla y utilizándola para generar una nueva cortina de humo.

Todo porque gracias a mi padre llegué a aprender que, mientras la solución no aparezca, lo mejor es guardar silencio.



 "Sangre de tombo..."

Si a Humala no le importa, ¡a nosotros sí! 

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Oír corear esa espantosa frase y otras más nos hace volver a la pesadilla de los terribles ochenta, cuando se volvió “normal” que Sendero Luminoso y el MRTA asesinaran a diario y de la forma más brutal a miles de peruanos, sobre todo a los más pobres. Nos costó años y demasiados muertos acabar con el terrorismo y, sin embargo, pareciera que hay algunos que pretenden regresar a esa época de horror y violencia. Todo ello a vista y paciencia de nuestras autoridades.


Hagan clic en este enlace y pongan atención al audio de la marcha en Cocachacra —muy cerca de donde nació Abimael Guzmán— contra Tía María el 15 de abril último. Lo que se escucha es tan horrendo que me llevó a verificar su autenticidad y he podido constatarla con gente que estuvo presente ese día. Frases como “tomaremos sangre de tombo”, “violaremos a sus mujeres” y “comeremos a sus hijos” hacen que nos escarapelemos de pies a cabeza.


No son los pobladores del valle de Tambo. Son terroristas que debemos identificar y meter presos ya. Es inaudito que habiendo padecido una década de sangre y terror permitamos que se den las condiciones para que se repita la historia. 


Si el Gobierno deja que el terrorismo rebrote, olvidémonos de crecimiento, reducción de la pobreza, emprendimientos, tratados comerciales y toda esta historia de esperanza que vivimos desde que se capturó a Guzmán. Preparémonos más bien para pelear: esta vez poseemos la experiencia y hay que hacerlo ya.


Y si a Humala no le importa, a nosotros sí. Habrá que exigirle que no dé tregua al terror y que lidere la lucha contra la violencia como presidente de todos los peruanos.