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Panamericanos: jugando como siempre en el último momento

Incluso sin desastres naturales, hay otras urgencias en la misma Lima que pretende ser anfitriona.

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Panamericanos: jugando como siempre en el último momento

Incluso sin desastres naturales, hay otras urgencias en la misma Lima que pretende ser anfitriona.

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Los desastres naturales del norte avivaron la polémica sobre si se debe hacer o no los Juegos Panamericanos en Lima. Sinceramente, pensé que este tema se podría ventilar con apertura y calma. Después de todo, no es un asunto político, ni de fútbol y tampoco religioso. Bueno, me equivoqué.

Como los peruanos andan crispados desde hace años, este debate ha despertado pasiones inimaginables, en especial entre sus defensores. Hasta gente que tengo por bien valorada como serena y respetuosa, se lanzan al insulto del que no piensa como ellos. Y hasta se crucifica públicamente a notables personalidades por opinar que no deben hacerse.

Mi opinión es que ya en la situación actual de calamidades climáticas es inaceptable que se destinen recursos a una megafrivolidad como esa. Porque eso es: una frivolidad para aparecer ante Latinoamérica —ni siquiera el mundo— vía TV HD un par de semanas como una ciudad que, en realidad, no somos.

Sin embargo, incluso sin desastres naturales, los Panamericanos son mala idea. Aunque podamos atender esos desastres y también los Panamericanos, hay otras urgencias en esta misma Lima que haría de anfitriona. Esos recursos bien estarían gastados en obras de recuperación de la ciudad, de reubicación de poblaciones enteras, de saneamiento de zonas vulnerables y, por último, aunque no menos importante, de mejoras sustanciales en el ornato urbano. Eso haría más por la ciudad que crear una burbuja de ilusión con infraestructuras que caerán en el olvido, como ha ocurrido en Brasil, y que ahora son penosos elefantes blancos.

Porque no son los Panamericanos —o los Olímpicos, o los Mundiales— los que generan deporte, como falazmente argumentan ciertos periodistas deportivos. Mucho menos es un asunto de “orgullo ante la adversidad” como deslizó hace poco un distraído conductor de noticiario.

Rusia era potencia olímpica décadas antes de las Olimpiadas de Moscú. Alemania era potencia futbolística docenas de años antes del Mundial de 1974. Por otro lado, México organizó dos mundiales y hasta ahora no se atreve a jugarse una clasificatoria con el bloque sudamericano.

Lo que genera mejores deportistas son las políticas públicas bien estructuradas, la óptima gerencia deportiva y el emprendimiento empresarial y personal. Y todo sostenido por años y años. Va por otro lado la cosa.

Hay una razón adicional y muy potente para no hacerlos: un país hace eventos como estos o para ganarlos o para mostrarse como potencia. Vale para los Juegos Olímpicos o los Mundiales de Fútbol. Por tanto, la preparación para estos eventos no es solo de infraestructura, como aquí se piensa. Es, esencialmente, una preparación deportiva. Y nosotros no estamos ni siquiera al nivel de la creciente Colombia que “rompió” en los Juegos de Río.

No tenemos un solo deportista de élite. O para ilustrar mejor la idea, el único deportista de cierta élite que tenemos es el casi cuarentón —y cuasi retirado— Claudio Pizarro, ese mismo al que abucheaban cuando jugaba últimamente para la selección de fútbol. No hay más.

¿Vamos a gastar un dineral para armarle la fiesta a otros? ¿Para que unos cuántos políticos y periodistas tengan su foto para el recuerdo y su video grabado en HD? Cuando se trata de eventos en serio, de esta magnitud internacional, queda sobrando la criolla costumbre peruana de dejar todo para el último momento. Aprendamos la lección. Será para otra vez.