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 "Sangre de tombo..."

Si a Humala no le importa, ¡a nosotros sí! 

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 "Sangre de tombo..."

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Oír corear esa espantosa frase y otras más nos hace volver a la pesadilla de los terribles ochenta, cuando se volvió “normal” que Sendero Luminoso y el MRTA asesinaran a diario y de la forma más brutal a miles de peruanos, sobre todo a los más pobres. Nos costó años y demasiados muertos acabar con el terrorismo y, sin embargo, pareciera que hay algunos que pretenden regresar a esa época de horror y violencia. Todo ello a vista y paciencia de nuestras autoridades.


Hagan clic en este enlace y pongan atención al audio de la marcha en Cocachacra —muy cerca de donde nació Abimael Guzmán— contra Tía María el 15 de abril último. Lo que se escucha es tan horrendo que me llevó a verificar su autenticidad y he podido constatarla con gente que estuvo presente ese día. Frases como “tomaremos sangre de tombo”, “violaremos a sus mujeres” y “comeremos a sus hijos” hacen que nos escarapelemos de pies a cabeza.


No son los pobladores del valle de Tambo. Son terroristas que debemos identificar y meter presos ya. Es inaudito que habiendo padecido una década de sangre y terror permitamos que se den las condiciones para que se repita la historia. 


Si el Gobierno deja que el terrorismo rebrote, olvidémonos de crecimiento, reducción de la pobreza, emprendimientos, tratados comerciales y toda esta historia de esperanza que vivimos desde que se capturó a Guzmán. Preparémonos más bien para pelear: esta vez poseemos la experiencia y hay que hacerlo ya.


Y si a Humala no le importa, a nosotros sí. Habrá que exigirle que no dé tregua al terror y que lidere la lucha contra la violencia como presidente de todos los peruanos.


Esterilizaciones: camino a la verdad

Es hora de iniciar una nueva época de reconciliación en temas de género.

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Esterilizaciones: camino a la verdad

Es hora de iniciar una nueva época de reconciliación en temas de género.

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Después de escuchar a Keiko Fujimori en Harvard solidarizarse con las mujeres esterilizadas contra su voluntad en la década de los noventa, no puedo sino estar totalmente de acuerdo con ella y felicitarla porque podría ser el comienzo de una nueva época de reconciliación en temas de género.

Han pasado dos décadas y aún no sabemos la verdad de los hechos. Las cifras se estiman entre 200 y 300 mil víctimas de las zonas más deprimidas y vulnerables del país pero solo hay evidencia concreta de 2 mil casos. Se reportaron 18 muertes por estos abusos. Mientras que el Colegio Médico afirma que a ellos los obligaban a esterilizar entre 200 y 300 mujeres al mes, Alberto Fujimori y sus ministros de entonces insisten en que esto nunca pasó. 

Amnistía Internacional viene solicitando abrir un registro único de víctimas. Después de tanto tiempo este vil ataque a mujeres de las zonas más deprimidas de la Patria permanece en la nebulosa cuántas mujeres fueron sometidas a estas esterilizaciones. ¿Dónde están? ¿Qué consecuencias físicas y psicológicas presentan las víctimas hoy? ¿Quién dio la orden para efectuar esta campaña mal denominada AQV (Asistencia Quirúrgica Voluntaria)? ¿Fue una política de Estado? ¿Cuál fue su objetivo? ¿Reducir drásticamente las cifras de pobreza extrema o eliminar una etnia en forma grosera? ¿Estamos frente a un genocidio?

Es el momento de crear un Comisión de la Verdad sobre las esterilizaciones forzadas establecida como política de estado en el segundo gobierno de Alberto Fujimori. Es necesario que todos los líderes de los partidos políticos, juristas, comunicadores, personalidades y notables se pongan de acuerdo y empecemos de una vez por todas a conocer la verdad para empezar a cerrar las heridas que siguen expuestas.

Son dos décadas de incertidumbre y Keiko Fujimori ha sido tajante con el tema. Y aunque le ha traído críticas de sus propios seguidores, sostengo que no hay mejor forma de solidarizarse con las víctimas que conociendo la verdad.

Esta vez, no podría estar más de acuerdo contigo,  Keiko. El dolor de las mujeres peruanas no puede ser olvidado y el Perú entero debe hacer todo para conocer qué fue lo que pasó. ¡Hagámoslo ya!


Susana Villarán y las esquizofrenias de la política

¡¿Qué te pasa?!

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Susana Villarán y las esquizofrenias de la política

¡¿Qué te pasa?!

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La política siempre viene premunida de sorpresas inverosímiles y contradictorias: la coherencia discursiva o ética se desplaza con absoluto cinismo cuando los intereses personales se imponen por encima de todas las cosas.

Susana Villarán lo ha demostrado al formar parte de la plancha presidencial de Daniel Urresti. Imposible hallar otra razón.

La contradicción parte desde la misma imagen que Susana Villarán ha querido proyectar toda su vida política: una defensora de los derechos humanos, protectora de las mujeres y luchadora social. Bueno, eso lo tiró al tacho con su incorporación a la plancha del nacionalismo con Daniel Urresti como presidente. Porque, digamos, ¿Urresti es compatible con asuntos de derechos humanos? La respuesta no exige mucho esfuerzo.

El juicio que se le sigue a Daniel Urresti, el candidato nacionalista, no es una frivolidad. Es un proceso judicial por su presunta participación en el asesinato del periodista Hugo Bustíos, en 1988, en Ayacucho. Y como se sabe, este colega que era corresponsal de la revista Caretas fue volado en pedazos.

Por eso, ¿cómo es que Susana Villarán puede complementarse en un proyecto político de la envergadura de una elección presidencial con Daniel Urresti? Se trata, además, de un personaje distanciado de la sensatez y el equilibrio en su proceder público: un hombre que apela a la estridencia y a la prepotencia para tratar de imponerse a sus detractores.

Eso sin contar que va en la plancha del partido oficialista, el partido de la pareja presidencial, el partido que está bajo sospecha de haber financiado sus campañas electorales con dinero proveniente del chavismo. Ese mismo partido nacionalista que ella criticó y que buscaba mantenerlo lejos de la izquierda que ella representaba.

¿Qué pasó con eso, Susana? Antes te indignabas y ahora lo avalas. Los pactos en política también tienen sus límites: convivir con el diablo no augura futuros largos, solo favores inmediatos y fugaces. Y después de eso, muchas veces, solo queda contemplar como arde una reputación.