Menu

Resultado de busqueda

En tiempos de hipocresía

¿Por qué pocos le creen a Humala cuando se desmarca del reglaje y de Belaunde Lossio?

LEER MÁS
¿Por qué pocos le creen a Humala cuando se desmarca del reglaje y de Belaunde Lossio?
LEER MÁS

En tiempos de hipocresía

¿Por qué pocos le creen a Humala cuando se desmarca del reglaje y de Belaunde Lossio?

LEER MÁS

Recuerdo y valoro mucho una frase, atribuida al escritor británico Somerset Maugham, que grafica una de las dramáticas verdades de la historia humana: en tiempos de hipocresía, cualquier sinceridad parece cinismo.

Esto parece ocurrirle hoy al presidente Ollanta Humala cuando busca por todos los medios que le crean su absoluta distancia de las acciones de reglaje perpetradas por gente de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINI) contra personajes de la oposición y del mismo oficialismo. Y también cuando se desgañita explicando que no ve a Martín Belaunde Lossio desde hace muchos años y, por lo tanto, que desconocía sus actividades particulares.

Sobre esto último, la más reciente encuesta de Ipsos Perú es rotunda: 79% de ciudadanos cree que el gobierno protege a Belaunde Lossio, 67% considera que Humala y Evo Morales coordinaron su fuga a Bolivia y 62% imputa a Ollanta ser cómplice del mismo personaje.

Pese a comparecer con todo su Gabinete para negar reglajes gubernamentales y anunciar una “profunda investigación”, temo que esto tampoco se le creerá al presidente. En tres años y medio, Humala sembró un tiempo de hipocresías. Y solo cosecha que su sinceridad parezca cinismo.


Civilización versus barbarie

 En esta guerra no convencional, la modernidad y la tecnología pueden volverse contra todos.

LEER MÁS
 En esta guerra no convencional, la modernidad y la tecnología pueden volverse contra todos.
LEER MÁS

Civilización versus barbarie

 En esta guerra no convencional, la modernidad y la tecnología pueden volverse contra todos.

LEER MÁS

Pocos pueblos como el nuestro pueden comprender la destrucción y la barbarie del terrorismo como maldad asumida y ejercida. El terrorismo no tiene nacionalidad, amenaza a la humanidad desde el hecho de que ignoramos dónde y en qué momento saca sus garras asesinas.

Todos somos blancos posibles y debemos sentirnos concernidos. Las ciudades de nuestro continente no están a salvo de sus muchos disfraces y distintos rostros.

La destrucción en París es una alerta mundial. Nuestra solidaridad con Francia es un sentimiento y un deber. Ya estamos en una guerra que no es para nada el choque de civilizaciones que predijo Samuel Huntington en 1996, es la civilización enfrentada a la barbarie. Nos apenan los muertos en Siria y los que escapan de esa realidad asesina pero no podemos perder de vista que, en esta guerra no convencional, la modernidad y la tecnología pueden volverse contra todos.

Francia ha dado prioridad al lado militar de una guerra declarada en su territorio y ello cambia el escenario global, como sucedió con los atentados del 11-S. Se habla de victoria militar contra los ejércitos yihadistas pero el enemigo no está concentrado en un territorio: el Estado Islámico penetra en las mentes más allá de las tierras de Iraq y Siria. Cualquier café, estadio o plaza es una trinchera. Así como la muerte de Bin Laden no acabó con AlQaeda, liquidar el califato asesino puede que no destruya la amenaza.

La doble moral que llora los atentados de Charlie Hebdo y los recientes de París pero acepta los efectos colaterales de la guerra de Irak o de Siria —es decir, la muerte de inocentes— encierra una gran hipocresía que permite contar muertos buenos y malos, útiles e inútiles.

La hipocresía es una debilidad que fortalece al enemigo y le permite inocular veneno y fanatismo en las mentes de los jóvenes. Debenos afirmar los valores occidentales con nuestro derecho a vivir con libertad pero también rechazar a quienes a nombre de la religión y de El Corán persiguen cristianos, esclavizan mujeres, condenan homosexuales.

El Islam podría ser compatible con las libertades y los derechos siempre que no lo usen las dictaduras teocráticas —muchas aceptadas por Occidente— que enarbolan la idea de un dios brutal para mantener sus privilegios. Hasta Francisco los ha llamado malditos.


Vírgenes de cabaret

¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.

LEER MÁS
¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.
LEER MÁS

Vírgenes de cabaret

¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.

LEER MÁS

Celebré a la distancia la caída del fujimorismo y todo lo que ello implicaba. En una lluviosa Manchester (Reino Unido), un 15 de setiembre de 2000, vi el primer “vladivideo” Kouri-Montesinos a través de la BBC. Hacia el fin de semana, el presidente renunciaba y convocaba a elecciones. El zenit de la felicidad fue cuando dijo “me voy a la APEC en Brunei y ya regreso” y terminó pidiendo asilo en Japón.

Este “Chino” resultó bien criollo y no tuvo el sentido de honor de sus ancestros, el sepuko y/o harakiri, para limpiar su nombre y el de su familia.

No saben cómo celebré las fiestas de fin de año. Se hacía realidad lo que por mucho tiempo un pequeño grupo de personas venía denunciando y nadie quería escuchar o ver.

Fue en 1992 que Caretas descubrió quién era el asesor del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), con antecedentes de traición a la patria y relación con narcotraficantes nacionales/extranjeros. Ningún otro medio periodístico se preguntó quién era el personaje. Los pocos que lo hicieron, tuvieron una curiosidad de corto plazo. Todos se nublaban con: “Chino… chino, chino, chino”, un bailecito cojudo y ya; no había otro.

Desde el comienzo me sorprendía que quienes habían sido “compañeros de ruta” en diversos ámbitos, como “tecnócratas” (en especial las reguladoras donde, para colmo, los jefes de la institución dupleteaban como jefes de empresas dedicadas a la asesoría económico- financiera, que ¡oh sorpresa! ganaban todas las asesorías importantes o las jugosas licitaciones para sus clientes); abogados de nota y sus estudios que habían participado de la “reforma del Poder Judicial” o dado sus sesudas “opiniones legales” para cualquier privatización a la carta; periodistas que habían alabado “el salto a la modernidad” que había significado esta década maravillosa o habían sido partícipes de sendos viajes (externos/internos) del presidente sin mostrar enojo alguno; empresarios que habían multiplicado su fortuna por el “buen ambiente para hacer negocios” (entiéndase, pasar por las oficinas del SIN); “conspicuos miembros de la sociedad” que habían trastocado su fe ciega por Mario Vargas Llosa y sin ningún rubor pasaron a ser los más grandes defensores del Chino y “esa gente” (¡que le quiten el pasaporte a Mario que es un enemigo del Perú! ¡Que no regrese!); y un largo etcétera... eran los mayores detractores de Alberto Fujimori y de su régimen luego de la debacle.

Muy valientes y conchudos para patear a quien los favoreció.

Mientras más te rasgues las vestiduras con actuación digna de Hollywood— podrás pasar piola. Se perdonan tus “faltas” (no calificaban como pecado), tu cercanía y provecho del poder. Nadie te acusará. Los que pasaron por el paredón de la vergüenza, por la cacería de brujas y/o purgaron cárcel por sus acciones (o supuestas acciones) fueron aquellos fieles al Chino a pesar de todo. Y lo son hasta hoy en día.

El tiempo descubre la verdadera faz de las personas. Héctor Chumpitaz fue preso por recibir dinero de la misma fuente que las “chicas poderosas” dedicadas a la reforma del Estado, pero ellas nunca pisaron un presidio (¿racismo? ¿Nuestra clase no va presa?). Los empleados tecnocráticos salieron limpios (“son técnicos, pues”) para engrosar las planillas de las empresas que se beneficiaron de sus decisiones. Los estudios de abogados de cualquier tendencia ideológica ni se ruborizaron; los abogados más activos estaban alineados con los organismos de derechos humanos y fueron punta de lanza, junto a los procuradores anticorrupción, para destruir “al régimen más corrupto y asesino de nuestra historia”. Los periodistas y sus casas editoriales se reciclaron sin hacer penitencia. A puro “periodicazo” acusador disimulaban su pasado y hacían caja con cada “destape”.

Nada que hacer. Hay que desterrar todo vestigio del fujimorismo para que esto... ¡“nunca más se repita”!

No me asombra que los mismos personajes que fueron felpudinis aprovechados de Alberto Fujimori, pero que lo humillaron luego de su caída, ahora aparezcan en la nómina de las empresas brasileras corruptas. Y no solo corruptas, también asesinas (ver caso Áncash, donde matan a dos autoridades regionales porque no querían firmar contratos millonarios por obras).    

La juventud sabe de oídas o por una “historia oficial” lo que fue el fujimorismo. Repiten mantras como monos guiados por la “reserva moral” del país. Hoy se deben sentir traicionados y sin ganas de marchar. El huracán brasilero les ha hecho abrir los ojos súbitamente: nada ha cambiado desde la caída del odiado Chino. Se ha robado y matado como siempre. ¿Y ahora?

Los que humillaron a los fujimoristas en su momento fueron unos grandes hipócritas; esperaron su momento para hacer exactamente lo mismo: sacar su tajada sin empacho alguno.

Somos tan torpes como sociedad que tratamos de encontrar vírgenes en un cabaret. Lo único que me queda claro es que hasta las putas tienen más dignidad.