Menu

Resultado de busqueda

Vírgenes de cabaret

¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.

LEER MÁS
¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.
LEER MÁS

Vírgenes de cabaret

¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.

LEER MÁS

Celebré a la distancia la caída del fujimorismo y todo lo que ello implicaba. En una lluviosa Manchester (Reino Unido), un 15 de setiembre de 2000, vi el primer “vladivideo” Kouri-Montesinos a través de la BBC. Hacia el fin de semana, el presidente renunciaba y convocaba a elecciones. El zenit de la felicidad fue cuando dijo “me voy a la APEC en Brunei y ya regreso” y terminó pidiendo asilo en Japón.

Este “Chino” resultó bien criollo y no tuvo el sentido de honor de sus ancestros, el sepuko y/o harakiri, para limpiar su nombre y el de su familia.

No saben cómo celebré las fiestas de fin de año. Se hacía realidad lo que por mucho tiempo un pequeño grupo de personas venía denunciando y nadie quería escuchar o ver.

Fue en 1992 que Caretas descubrió quién era el asesor del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), con antecedentes de traición a la patria y relación con narcotraficantes nacionales/extranjeros. Ningún otro medio periodístico se preguntó quién era el personaje. Los pocos que lo hicieron, tuvieron una curiosidad de corto plazo. Todos se nublaban con: “Chino… chino, chino, chino”, un bailecito cojudo y ya; no había otro.

Desde el comienzo me sorprendía que quienes habían sido “compañeros de ruta” en diversos ámbitos, como “tecnócratas” (en especial las reguladoras donde, para colmo, los jefes de la institución dupleteaban como jefes de empresas dedicadas a la asesoría económico- financiera, que ¡oh sorpresa! ganaban todas las asesorías importantes o las jugosas licitaciones para sus clientes); abogados de nota y sus estudios que habían participado de la “reforma del Poder Judicial” o dado sus sesudas “opiniones legales” para cualquier privatización a la carta; periodistas que habían alabado “el salto a la modernidad” que había significado esta década maravillosa o habían sido partícipes de sendos viajes (externos/internos) del presidente sin mostrar enojo alguno; empresarios que habían multiplicado su fortuna por el “buen ambiente para hacer negocios” (entiéndase, pasar por las oficinas del SIN); “conspicuos miembros de la sociedad” que habían trastocado su fe ciega por Mario Vargas Llosa y sin ningún rubor pasaron a ser los más grandes defensores del Chino y “esa gente” (¡que le quiten el pasaporte a Mario que es un enemigo del Perú! ¡Que no regrese!); y un largo etcétera... eran los mayores detractores de Alberto Fujimori y de su régimen luego de la debacle.

Muy valientes y conchudos para patear a quien los favoreció.

Mientras más te rasgues las vestiduras con actuación digna de Hollywood— podrás pasar piola. Se perdonan tus “faltas” (no calificaban como pecado), tu cercanía y provecho del poder. Nadie te acusará. Los que pasaron por el paredón de la vergüenza, por la cacería de brujas y/o purgaron cárcel por sus acciones (o supuestas acciones) fueron aquellos fieles al Chino a pesar de todo. Y lo son hasta hoy en día.

El tiempo descubre la verdadera faz de las personas. Héctor Chumpitaz fue preso por recibir dinero de la misma fuente que las “chicas poderosas” dedicadas a la reforma del Estado, pero ellas nunca pisaron un presidio (¿racismo? ¿Nuestra clase no va presa?). Los empleados tecnocráticos salieron limpios (“son técnicos, pues”) para engrosar las planillas de las empresas que se beneficiaron de sus decisiones. Los estudios de abogados de cualquier tendencia ideológica ni se ruborizaron; los abogados más activos estaban alineados con los organismos de derechos humanos y fueron punta de lanza, junto a los procuradores anticorrupción, para destruir “al régimen más corrupto y asesino de nuestra historia”. Los periodistas y sus casas editoriales se reciclaron sin hacer penitencia. A puro “periodicazo” acusador disimulaban su pasado y hacían caja con cada “destape”.

Nada que hacer. Hay que desterrar todo vestigio del fujimorismo para que esto... ¡“nunca más se repita”!

No me asombra que los mismos personajes que fueron felpudinis aprovechados de Alberto Fujimori, pero que lo humillaron luego de su caída, ahora aparezcan en la nómina de las empresas brasileras corruptas. Y no solo corruptas, también asesinas (ver caso Áncash, donde matan a dos autoridades regionales porque no querían firmar contratos millonarios por obras).    

La juventud sabe de oídas o por una “historia oficial” lo que fue el fujimorismo. Repiten mantras como monos guiados por la “reserva moral” del país. Hoy se deben sentir traicionados y sin ganas de marchar. El huracán brasilero les ha hecho abrir los ojos súbitamente: nada ha cambiado desde la caída del odiado Chino. Se ha robado y matado como siempre. ¿Y ahora?

Los que humillaron a los fujimoristas en su momento fueron unos grandes hipócritas; esperaron su momento para hacer exactamente lo mismo: sacar su tajada sin empacho alguno.

Somos tan torpes como sociedad que tratamos de encontrar vírgenes en un cabaret. Lo único que me queda claro es que hasta las putas tienen más dignidad.


Recuerdos del 5 de abril

El pueblo peruano es simple: apoyo lo que me funciona; pateo lo que no.

LEER MÁS
El pueblo peruano es simple: apoyo lo que me funciona; pateo lo que no.
LEER MÁS

Recuerdos del 5 de abril

El pueblo peruano es simple: apoyo lo que me funciona; pateo lo que no.

LEER MÁS

Es genial festejar tu cumpleaños fuera de Lima y con amigos. Eso lo aprendí con mi experiencia en Arequipa, en 1992. Mi amiga, la reconocida fotógrafa Alejandra Bedoya me dio la sabia idea de ir a la tierra de los characatos para celebrar entre camarones, guisos y cuyes a la piedra mi onomástico. Nadie podía negarse a la tentación, máxime si acababa de publicarse una guía de restaurantes de Lima en que ayudé como “chupe” calificado a Mariano Valderrama León, hoy alto directivo de APEGA. Había entrado con fuerza a la culinaria peruana y con buen diente, por lo que ir a Arequipa sonaba a continuar en la “aventura culinaria”.

Llegué a Arequipa el viernes 3 de abril por la noche y me hospedé en el Hotel de Turistas. De inmediato, me incorporé a la vida nocturna characata y me fui a la discoteca de moda del momento, donde me encontré con Alejandra. Ella me presentó a sus amigos, pero para mi sorpresa estaban los miembros del grupo musical “Los no se quién y los no sé cuántos” que harían un show el sábado. Germán Vargas (baterista) y Fernando Ríos (bajo) eran mis colegas docentes de la academia Trener y habían sido mis jefes scout en el Colegio Markham. La juerga fue total.

Me levanté a las dos de la tarde cuando me despertó una llamada de Alejandra. Me invitaba a un almuerzo de sus amigos en la campiña. Esta vez, sí comí a mis anchas los deliciosos potajes arequipeños y para bajarlos, un buen anisado. El almuerzo se convirtió en lonche que a su vez se convirtió en cena… porque siempre existe la sal de Andrews. En medio de la noche, llegaron mis amigos cusqueños José Ignacio “Conde de Huayoccari” Lámbarri Orihuela y mi hauyquicha, mi brother, mi carnal, Javier Lambarri Orihuela. La reunión terminó al amanecer con adobo.

La generosa Alejandra organizó el domingo 5 un desayuno en su casa para mí y mis amigos cusqueños. Todo un honor conocer a su padre el “Ogro” Bedoya, periodista de amplia cultura y que no decía las cosas a media voz. Nada con los pollerudos ni con los izquierdistas (para él eran más peligrosos los que eran rosaditos nomás): daba su apoyo pleno al Chino Fujimori. Entre los asistentes estaba también Dayna D'Achille (su madre era una conservacionista reconocida, asesinada por Sendero Luminoso en Pampa Galeras-Ayacucho).

Después del desayuno nos fuimos al Gato Vitoreño, donde se nos unieron otros amigos de Alejandra. La orden fue sencilla: traigan camarones en todas sus versiones y cajas de cerveza del tamaño del cuarto del rescate (¡qué triste es la vida de quien tenga alergia al camarón!).

Luego de pasar por La Cárcel (el equivalente de Polvos Azules en Lima) para comprar cigarrillos y vodka de contrabando, nos fuimos a retozar a mi cuarto de hotel. Alguien, no recuerdo quién, pidió un televisor a la recepción para ver Los Simpsons. El televisor se quedó prendido mientras conversábamos. Empezaron los programas políticos con las denuncias y “testimonios exclusivos”: nadie les hizo caso. Todo cambió cuando apareció súbitamente el presidente Fujimori a declarar su golpe de Estado en cadena nacional. La mayoría aplaudió a rabiar: “Esos politicastros se lo merecían; no dejan gobernar a quien tiene las cosas claras. Ahora sí se podrá lograr la paz y prosperidad que tanto anhelamos los que no tuvimos la oportunidad de emigrar”.

Yo discrepé de saque. Estaba preocupado por mis excamaradas pues sabía (como lo sé hoy) que existen distintos manuales de golpe de Estado en el Pentagonito, que van desde lo más light hasta la “aniquilación total del enemigo”. La alianza non santa inicial con un personaje siniestro como Vladimiro Montesinos me hacía sospechar que esto era con todo.

Mientras que la mayoría daba un brindis por la patria que vendría, yo me escapé a la Plaza de Armas. Solo me siguió mi hermano Javier. Me paré en una banca a protestar, a gritar, a vociferar de todo contra El Chino. Quería que la gente reaccione, que no se crean el cuento. Javier trataba de contenerme. Me vi perdido cuando una vendedora ambulante le dijo a Javier: “Amarra al loco de tu amigo; estamos con El Chino hasta la muerte”.

Ni modo, caballero nomás. El pueblo peruano es simple: apoyo lo que me funciona, pateo lo que no me funciona. Nada de elucubraciones académicas ni discursos de “intelectuales del sobaco” (cargadores profesionales de libros para que creas que leen; hoy usan tablets). Tuve que asumir mi derrota, era minoría.

Veinticinco años después puedo festejar mi cumpleaños con mi hijo en paz, en libertad y con un mayor nivel de bienestar.