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División nacional

Mientras el cielo cae sobre nuestras cabezas la gran discusión nacional no es cómo salvarnos del diluvio, sino de quién es la culpa: de los caviares o de los fujimoristas.

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Mientras el cielo cae sobre nuestras cabezas la gran discusión nacional no es cómo salvarnos del diluvio, sino de quién es la culpa: de los caviares o de los fujimoristas.
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Mientras el cielo cae sobre nuestras cabezas la gran discusión nacional no es cómo salvarnos del diluvio, sino de quién es la culpa: de los caviares o de los fujimoristas.

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Pese a todas las reconvenciones y llamados a la unidad nacional hechos por parte de las autoridades de todas las fuerzas políticas en medio de una catástrofe climática sin precedentes, lo que percibo en la "opinión pública" es una grotesca división del país que politiza hasta las tragedias. Cualquier cosa que haga o deje de hacer un determinado personaje político es juzgado de inmediato de acuerdo a la simpatía o antipatía que se tiene respecto de dicho personaje. En otras palabras, lo que haga o deje de hacer él o la que me gusta estará bien; cuando lo haga o lo deje de hacer él o la que no me gusta estará mal.

Así pues, mientras el cielo cae sobre nuestras cabezas la gran discusión "nacional" no es cómo salvarnos del diluvio, sino de quién es la "culpa", si de los caviares o de los fujimoristas. 

Es lamentable constatar que ni siquiera las tragedias logran unir a los que hemos nacido bajo un mismo cielo, lo que me dice con toda la claridad del mundo que a los peruanos de hoy lo único que nos importa es escuchar nuestra propia opinión y nada más. Alguien nos ha hecho creer que somos el centro del universo y que más allá de lo que "pensamos" no hay nada mejor y, por el contrario, todo es peor. 

Así, para mí resulta evidente que en tales condiciones de división nacional y más allá de la catástrofe que nos asuela, el Perú nunca va a dar ningún salto ni a la modernidad ni a la prosperidad ni al desarrollo ni a nada. O sea, ningún país del mundo avanza con una división política tan visceral. Para que ello ocurra tiene que cesar la división por las buenas o por las malas. 

Por las buenas sería llegando a un mínimo consenso que, visto está, ni las catástrofes logran materializar. Por las malas sería exterminando a uno de los dos bandos en una guerra civil, pero en el Perú más allá de la boca y del Facebook no pasamos, por lo que tampoco habrá guerra alguna ¡felizmente! que ponga término a la división.

En simple, si no cambiamos de actitud frente a los que no piensan ni sienten como uno, el Perú seguirá siendo un país mediocre porque lo es, no importa si es con caviares o con fujimoristas a la cabeza del Estado. Esa es nuestra triste realidad para después que pase el huaico.