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Caída del gigante del Pacífico

De cómo Augusto Bernardino Leguía y su encanecido bigote tuvieron que enfrentar rigores propios de un presidente súbitamente caído en desgracia.

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De cómo Augusto Bernardino Leguía y su encanecido bigote tuvieron que enfrentar rigores propios de un presidente súbitamente caído en desgracia.
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Caída del gigante del Pacífico

De cómo Augusto Bernardino Leguía y su encanecido bigote tuvieron que enfrentar rigores propios de un presidente súbitamente caído en desgracia.

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Terminaba la tarde del último domingo de agosto de 1930 y Leguía, pretendiendo dar la imagen de normalidad ante el levantamiento de Sánchez Cerro en Arequipa, acudió a exhibirse en el hipódromo. Apenas el coche presidencial abandonó los recintos del hipódromo por la actual avenida de la Peruanidad, Augusto Leguía pudo comprobar la gravedad de la situación.

Las calles de Lima por donde él solía pasearse en aroma de aplauso estaban ahora ganadas por el descontento insurgente de todos los colores, de todas las edades. Apenas reconocían el coche presidencial los manifestantes pretendían rodearlo y atacarlo. Hubo insultos, hubo pedradas y muchos disparos.

Reunido con sus leales de siempre, el anciano presidente quiso creer que conformando un gabinete militar podía satisfacer las demandas de la junta de Arequipa liderada por Sánchez Cerro. La improvisación era grande, las idas y venidas no paraban. Bien entrada la noche de ese domingo, se logró por fin articular la juramentación de un nuevo gabinete compuesto por militares. Todo a las volandas. Pero Leguía se fue a dormir pensando que la había hecho.

A las tres de la mañana del 25 de agosto de 1930, resonó el andar acompasado y marcial de más de cincuenta jefes y oficiales que se aproximaban a Palacio de Gobierno con la intención de entrevistarse con Augusto B. Leguía. Hacía tiempo que Augusto Bernardino Leguía, en expresión de Basadre, “ya no gobernaba sino en el terreno que pisaba”.

Un capitán de apellido Meneses Cornejo, siempre a tenor de Basadre, empezó a hablar en un tono encendido exigiéndole a Leguía su dimisión. Sin mayor éxito. Todavía eran visibles, en un rincón, el crucifijo y los candelabros empleados en la juramentación del gabinete castrense de última hora. Era evidente que las cargadas palabras del capitán Meneses caían en saco roto.

De inmediato lo interrumpió el comandante Bueno, quien pasó a expresarse en un tono bastante más moderado. “Señor, el capitán no interpreta bien el pensamiento de nosotros. Tenemos por usted consideración y respeto. Ha vestido el uniforme del soldado y defendió la patria. Pero está rodeado de un grupo de… de un grupo de … sinvergüenzas, señor. Los oficiales de la guarnición de Lima consideran que ha llegado el momento deque deje usted el poder en manos de una junta militar que tenga la confianza de ella”.

La expresión de Leguía cambió. Era como si por fin se diera cuenta de su situación. La ciudad y el país seguían durmiendo y el fin de la Patria Nueva estaba a segundos de consagrarse (continuará).