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Déjame que te cuente

Sobre Chlimper, Figari y Vega ratificados y de la suerte que corren los líderes que se liberan de su círculo íntimo por presiones de sus enemigos.

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Presentarse a la segunda cumbre con el jefe del Estado acompañada del secretario general de su partido José Chimpler fue la respuesta adecuada de Keiko Fujimori al ajuste de cuentas que pedía su hermano para con su entorno más cercano. El hecho de que la señora Fujimori haya sido recibida en Palacio de Gobierno casi como si fuera un par del presidente de la República demuestra cuánto ha avanzado el poder del fujimorismo desde la debacle política y moral del año 2000. Esos son hechos concretos que relativizan las críticas del congresista Fujimori (pérdida de dos segundas vueltas electorales 2011 y 2016) al núcleo íntimo de su hermana.

Pero por si esto no fuera suficiente evoco la Historia Universal —siempre tan sabia para el que quiera aprovechar sus enseñanzas— sobre cuál es el destino de aquellos líderes que terminan por deshacerse, muy a su pesar, de sus hombres (y mujeres) fuertes. El caso de Carlos Estuardo, rey de Inglaterra, es el más emblemático. El rey tuvo dos manos derechas durante su reinado. El primero, Buckingham, fue asesinado en la ribera del Támesis, perdiendo con ello Carlos a su principal apoyo. El segundo, Strafford, fue ejecutado por orden del parlamento en un juicio espurio, sabiendo que una vez muerto el conde que mantenía a raya al reino, Carlos quedaría a merced de sus enemigos que querían terminar con el régimen político.

Dicho y hecho. Los enemigos del rey en el parlamento hasta se dieron maña para que Carlos terminara firmando en nombre de la paz civil del reino la sentencia de muerte de su mano derecha, lo cual hizo entre lágrimas. Así, Thomas Wentworth, conde de Strafford, fue ejecutado en Tower Hill el 12 de mayo de 1641. Inmediatamente después de su ejecución estalló la guerra civil, rebelándose primero Irlanda y después todo el reino.

La suerte de Carlos Estuardo, rey de Inglaterra, es bien conocida. Sin sus hombres fuertes, el rey fue hecho prisionero, enjuiciado y decapitado por los mismos que ejecutaron a Strafford. Antes de morir, Carlos I lamentó que su muerte fuese un castigo de Dios por haber firmado la sentencia de su amigo y principal colaborador.

De más está decir que por mi parte no tengo el gusto de conocer al señor Chlimper, al señor Figari ni a la señora Vega, para que quede bien claro.

Mañana continuaré con la historia de Margaret Thatcher y de aquellos líderes que se aíslan hasta que para ellos es demasiado tarde.