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Informe Kroll: tapadera y cuchipanda

Por algo, Javier Diez Canseco y la Comisión de Investigación de Delitos Financieros escudriñaron los contratos suscritos en la época de Fujimori sin haber podido formular cargos consistentes.

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Por algo, Javier Diez Canseco y la Comisión de Investigación de Delitos Financieros escudriñaron los contratos suscritos en la época de Fujimori sin haber podido formular cargos consistentes.
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Informe Kroll: tapadera y cuchipanda

Por algo, Javier Diez Canseco y la Comisión de Investigación de Delitos Financieros escudriñaron los contratos suscritos en la época de Fujimori sin haber podido formular cargos consistentes.

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Está bien que el informe Kroll, el resultado de una costosa pesquisa internacional pagada hace más de una década por el Estado peruano para terminar de hundir a Alberto Fujimori, haya sido luego guardado bajo siete llaves por el entonces presidente Toledo y sus ministros. Pero los tiempos cambian y va siendo hora de saber la verdad.

Se dice que dicha pesquisa no encontró rastro alguno de dinero mal habido por Alberto Fujimori en el sistema financiero internacional. Eso se entiende pues el menor vestigio de lo contrario hubiera sido noticia de portada un día tras otro. Pero también se ha comentado que la razón principal del secretismo es que en las indagaciones sobre dinero mal habido se encontró imputaciones que involucraban a personas supuestamente insospechadas de haber tenido vínculo alguno con el régimen de los noventa y más bien se habían convertido en adalides del antifujimorismo. Ahora que ese meteorito llamado Odebrecht pone en peligro hasta a los dinosaurios de la moralidad, sería conveniente hacer un esfuerzo por ventilar el contenido de una pesquisa que nos costó a todos los peruanos.

Así como un virus se vuelve resistente a los antibióticos, el pueblo peruano ya no se deja manipular así nomás por alguna campaña orquestada desde los medios. El intento por quitar el foco de la corrupción del 2005 en adelante y poner la atención en los supuestos actos de corrupción cometidos por Odebrecht en los noventas les ha estallado en las manos a sus promotores: percibidos ahora como elementos dispuestos a jugar cualquier carta con tal de no hurgar en la confesa corrupción que involucra a los gobiernos de Toledo, García y Humala.

Pero hay más. Quienes se rasgan el vestido pretendiendo meter al fujimorismo en la misma olla ningunean feo la concienzuda labor de Javier Diez Canseco, recordado congresista que al frente de la Comisión de Investigación de Delitos Financieros investigó, uno a uno y por largo tiempo, los contratos suscritos en la época de Alberto Fujimori sin haber podido formular cargos consistentes.

“Que no nos vean la cara de cojudos, por favor”, ha dicho Ricardo Vásquez Kunze aludiendo a la fallida campaña por meter al fujimorismo en el mismo saco. Yo sí pongo la cara de ídem, porque apenas escarbemos comprenderemos cómo así Fujimori dejó a Odebrecht en litigio y prohibido de contratar con el Estado y por qué Toledo y sus ministros tuvieron que festinar la cuchipanda para favorecerlo.


¿Seguirán operando?

Keiko Fujimori exige a Pedro Pablo que empresas corruptoras no sigan en Perú. Si el presidente no escucha, ¿se animará ella a presentar decreto de urgencia?

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Desde algún lugar del extranjero, Alejandro Toledo asegura que no se ha fugado y no se corre de la justicia. El excongresista Pari, primero en investigar Lava Jato, asegura que el publicista Favre puede haber sido un peón de Odebrecht. Advierten, poderes notariales en mano, los peligros de fuga en el caso de Nadine Heredia. El abogado de Ollanta Humala asegura que no existe indicio alguno que vincule a su patrocinado con la corrupción.

En síntesis: la nave empieza a hacer agua por todo lado mientras el gobierno, como la orquesta del Titanic, pretende seguir tocando la misma melodía hasta el final. El abogado de OH puede negar tres millones de veces más la vinculación del expresidente con la empresa corruptora y el gobierno seguirá en nada. Gruesos indicios seguirán hundiendo mediáticamente a Toledo con las fuerzas tutelares en nada y el gobierno sin salirse de su cantaleta.

Ojalá ese círculo vicioso y aberrante se logre interrumpir luego de la intervención de Keiko Fujimori, quien por primera vez rompió su silencio no para saludar a sus simpatizantes sino para lanzar una propuesta política concreta. La lideresa del fujimorismo, que no ha bajado en su índice de popularidad tras la censura a Saavedra, se ha dirigido directamente a Pedro Pablo y le ha advertido que el gobierno no puede permitir que las empresas corruptas sigan operando en el Perú.

Para empezar, no hay forma de que el gobierno persista en mirar a otro lado. O está de acuerdo con la propuesta y la lleva adelante o no está de acuerdo y pasará a ser percibido, ya sin dudas, como un representante más de los intereses de empresas corruptoras.

La demanda de Keiko ha sido bien colocada pues se concentra en plantear esa medida propia de un ejecutivo: no permita usted que las empresas corruptoras sigan operando en el Perú. De un tirón, Keiko se ha volado cualquier trato con la Fiscalía, que se funda precisamente en permitirle a Odebrecht seguir operando a cambio de un adelanto por compensación. O sea, me siento a la mesa nuevamente porque la empresa corruptora ha vuelto a abrir la bolsa.

¿Responderá el Ejecutivo? A lo mejor, no. Y si ese es el caso, el siguiente paso de la señora Fujimori debería ser proponer un decreto de emergencia que disponga desde el Congreso lo que no se quiere aceptar en el Palacio. Hacia eso vamos.


Palabras de un corrupto

El sistema podrá o no aportar más evidencia, pero no olvidemos que toda acusación se apoya al comienzo en las expresiones de alguien acostumbrado a corromper.

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El sistema podrá o no aportar más evidencia, pero no olvidemos que toda acusación se apoya al comienzo en las expresiones de alguien acostumbrado a corromper.

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Si dejamos de lado el detalle de lo inmediato y retrocedemos un poco para mirar el panorama en su conjunto, quedan muy pocas dudas. Pese a la lentitud de las entidades oficiales por tomar acción en el caso Lava Jato y Odebrecht, la verdad está por destaparse y es de presumir que tendremos nombres y demás indicadores.

En distinto tono, la prensa escrita lo considera inevitable. Quienes apoyaron a Ollanta y su cónyuge o a Toledo y sus ministros viven la situación como un huayco que se viene. Una avalancha capaz de acabar con carreras políticas y dañar a entidades renombradas. En cambio, quienes apoyaron a Pedro Pablo en la segunda vuelta quieren todavía ver en el cambalache una oportunidad para ejercer liderazgo y aprovechar para hacer las reformas que el Estado necesita para crecer.

Es difícil no acompañar a los segundos en su marcado optimismo, pero al mismo tiempo es totalmente iluso contar con un liderazgo semejante desde Palacio. No obstante, concuerdo con llamar la atención sobre los peligros de tomar esta oleada anticorrupción para venganzas políticas o para saldar pequeños rencores.

Es la hora de entender las cosas que estuvieron mal durante la transición del 2000, cuando nos engañaron quienes después se alternaron en el poder y ahora están bajo la misma luz de corrupción que entonces decían combatir. Aquella vez lo más negativo fue enfocar las cosas políticamente y destinarlas a eliminar, vaya ilusión, el fujimorismo. Eso era nada. Públicamente decían haber eliminado la corrupción.

Sé que hay lectores a los que les puede hervir la sangre recordando semejante despropósito pero es el momento de reflexionar y no caer en el mismo esquema y terminar combatiendo a la persona y no a la corrupción. Si las perlas que suelte Odebrecht se usan como herramienta política para liquidar carreras solamente, estaremos tropezando dos veces con la misma piedra.

Aparte del debido proceso, que se impone hoy más que nunca, ha llegado la hora de subrayar algo de vital importancia. Cualquiera sea el cargo o el monto del cargo levantado contra una persona… estamos ante todo ante la palabra de un corrupto. ¿Cuánto valor le vamos a dar a la palabra de un corrupto?

¿Puede por sí sola la expresión de alguien acostumbrado a corromper pesar lo suficiente como para desembocar en una condena? El sistema podrá o no aportar más evidencia, pero no olvidemos que todo se apoya al comienzo en las palabras de un corrupto.