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¿Quién gobierna el país?

Con el desmadre circense visto el lunes en el Congreso, se auguran peores cosas en un escenario político marcado por el desgobierno.

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Con el desmadre circense visto el lunes en el Congreso, se auguran peores cosas en un escenario político marcado por el desgobierno.
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¿Quién gobierna el país?

Con el desmadre circense visto el lunes en el Congreso, se auguran peores cosas en un escenario político marcado por el desgobierno.

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Con el desmadre circense visto el lunes en el Congreso, no solo se corroboran los datos de las recientes encuestas sobre quién manda en el país, sino que se auguran cosas peores en el escenario político por el desgobierno que se vive.

Todo esto en medio del agravamiento de los problemas nacionales que nos aquejan como la inseguridad creciente, la corrupción y la desaceleración económica. Temas de agenda del país relegados por las agendas atribuidas a la jefa del oficialismo.

Según las dos últimas encuestas nacionales, alrededor del 66% de la población considera que quien gobierna el país es la esposa del presidente y solo el 8% cree que este es quien gobierna. Además, el 73% cree que la primera dama ha usurpado el poder en el gobierno. Penosos resultados que se corroboran con la realidad inmediata.

Ha sido un triste espectáculo ver a toda la bancada humalista alborotando el Congreso —según el libreto preparado por su jefa— para eludir cualquier tipo de investigación en el Congreso y la Fiscalía, sin parar mientes en enfrentarse vulgar y campalmente con los miembros de la oposición.

¿Qué dice ante esto el presidente del país? ¿Quién está al mando realmente? ¿Cómo hemos permitido que los problemas legales de una señora que no hemos elegido nos distraigan de los acuciantes problemas nacionales?


Nadine es el pasado

Cada ataque resucita a alguien que ya fue derrotado políticamente.

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Nadine es el pasado

Cada ataque resucita a alguien que ya fue derrotado políticamente.

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Quizás por ser socialcristiano creo que se debe consideración a todos, incluso a los rivales políticos. Sostengo que el embate político contra Nadine ya fue suficiente.

Ella —y su pareja— están derrotados políticamente: no tienen candidato presidencial y han transitado desde el general acusado por violación a los derechos humanos a un anónimo exministro sin garra electoral. Su nivel de aceptación ha caído dramáticamente. No quiere siquiera ser candidata al Congreso. Se ha quedado sin parlamentarios, sin amigos y, probablemente, acabe sin partido, luego de perder el registro en abril del 2016.

Cada ataque resucita a alguien que ya perdió. Nadine ya es el pasado.

Para decirlo en términos prácticos, atacarla ya no genera ni un voto. Más bien desvía el debate electoral de propuestas e ideas hacia la vida y cuentas de la primera dama. ¡Que el Poder Judicial se encargue! De tantos juicios alguno puede prosperar.

Discutamos ahora temas cruciales: ¿cómo parar el avance del delito?, ¿cómo enfrentar la crisis mundial?,  ¿qué hacer para que la minería avance en una relación armoniosa con la población?, ¿cómo detener los abusos de las AFP y los monopolios?

¿Cómo recuperar la confianza ciudadana en la política y las instituciones?, ¿cuál debe ser la política anticorrupción?, ¿cómo limpiar al Ministerio Público y el Poder Judicial? Esas son las preguntas importantes; dejemos ya de hablar sobre personajes políticos derrotados.


¿Tu político te escucha?

Debería ser esa su prioridad, en vez de de dedicar todas sus energías a hacer de escudero de su partido.

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Debería ser esa su prioridad, en vez de de dedicar todas sus energías a hacer de escudero de su partido.
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¿Tu político te escucha?

Debería ser esa su prioridad, en vez de de dedicar todas sus energías a hacer de escudero de su partido.

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La política, en teoría, debería ser el ejercicio en que la representación pública elegida por el pueblo gestiona recursos, prioridades y planes de Estado en beneficio precisamente del… ¡pueblo! ¿O me equivoco? Parece ocioso y hasta tonto escribir las dos líneas anteriores, sin embargo en tiempos donde la agenda del país está completa y absolutamente monopolizada por Madre Mía, los derechos LGTB y el indulto a Fujimori, valdría la pena preguntarse: ¿tu político te escucha? O, poniendo la valla un poco más baja, ¿tu político te representa?

En Perú últimamente se habla mucho de fiscalización, de derechos de minorías, de derechos humanos y demás. Y no está mal, creo yo. Lo que sí está mal es que hay muchos otros temas de largo aliento y bastante menos coyunturales que nuestros representantes en el Estado ni siquiera se dignan tocar.

Y el cuarto poder permanece mudo (me refiero a la prensa, no al programa dominical del mismo nombre), dedicado en su mayoría a hacer de caja de resonancia de escándalos y de intereses muchas veces ajenos a lo que la mayoría del país necesita. Se habla poco del desarrollo de la industria, de la educación, de la salud, etc. ¿Dónde está la voz del pueblo en esta agenda monopolizada por unos cuantos? ¿Cada cuánto los parlamentarios escuchan las iniciativas ciudadanas en lugar de hacer de escuderos de los intereses de sus partidos? ¿Hay alguna forma efectiva de ser escuchado por el Estado que no implique recolectar diez mil firmas o la única forma es ser convertirse en un loquillo del Twitter a ver si un ministro tuitero se digna responder?

He tenido la oportunidad de reunirme o compartir escena con al menos cuatro parlamentarios de distintos partidos y en esas oportunidades, todos hablaron mucho de lo que querían hacer y cómo iban a actuar para resolver temas X y ejecutar A, B y C. De esos intercambios, uno nos pidió que le hiciéramos gratis una aplicación móvil (se imaginarán cual fue mi respuesta ¿no?), otro nunca más tocó el tema en público y mucho menos en privado y con los otros dos existe un canal abierto de comunicación y buena voluntad, pero sin llegar todavía a algo concreto.

¿No sería hora ya de establecer una forma efectiva de que los políticos escuchen al ciudadano? No me refiero a esas organizaciones que dicen representar a la “sociedad civil” y que reciben financiamiento de grupos de interés para hacer política sin partido, pero que solo escuchan a su argolla. Me refiero a una forma REAL de que el ciudadano tenga una manera de hacerse oír.