Menu

Resultado de busqueda

Pucha, hay que pensar un poquito, pues

La China Tudela es un personaje de ficción, no un seudónimo. ¿Tan difícil es entender eso?

LEER MÁS
La China Tudela es un personaje de ficción, no un seudónimo. ¿Tan difícil es entender eso?
LEER MÁS

Pucha, hay que pensar un poquito, pues

La China Tudela es un personaje de ficción, no un seudónimo. ¿Tan difícil es entender eso?

LEER MÁS

En la universidad un  profesor nos decía que mucha gente no termina de leer Un Mundo Para Julius porque no puede diferenciar la voz del narrador de la de los personajes. A mí me parecía una exageración burlona, propia de quien se cree más inteligente que los demás, pero resulta que tenía razón. Aparentemente, hacer esa distinción sin un indicativo explícito de cambio de voz (como un “pensó Julius”, por ejemplo) supone tantos saltos mentales que a algunas personas simplemente no les da. O les da flojera.

Todo bien. El problema empieza cuando llevan esa escasez de razonamiento a la discusión sobre temas de interés público, y terminan haciendo comparaciones tan idiotas como la de Phillip Butters con la China Tudela. Hay que pensar un poquito, pues.

La China Tudela es un personaje de ficción, no un seudónimo. ¿Tan difícil es entender eso? Su voz no es la de Rafo León, tanto como la de Susan —la frívola y clasista mamá de Julius— no es la de Bryce. ¿Acaso alguien anda por ahí averiguando si Bryce tiene expresiones similares a las de Susan para decir (creyéndose muy inteligente) “ajá, ministro Pantaleón, ahí está la prueba fehaciente de su doble rasero: ¡condena a Butters, pero no a la mamá de Julius!”?

¿Se dan cuenta de lo ridículo? Claro que un personaje tiene elementos de su creador, como también de personas a las que este conoce, quiere, admira o desprecia. Todo ello se conjuga para crear una personalidad propia y ficticia. Y con más de 30 años, la China Tudela tiene una más que definida.

Es bastante fácil: la China Tudela es la sátira de una tía pituca. Una señora profundamente discriminadora, pero que a pesar de su frivolidad opina sobre las cosas que pasan en el país. Tiene una relación ambivalente con el fujimorismo, pues cree que sentó las bases del renacer económico del país, pero no está compuesto —como ella misma diría— por GCU. A ver si se enteran un poquito los que hoy se indignan por sus palabras: la China Tudela es, en gran parte, una sátira de quienes están gobernando. Una burla del grupo frivolón y apitucado que rodea y aconseja a PPK. ¡Cecilia Blume debería ofenderse más que los fujimoristas!

Una sátira es, por definición, hiperbólica, mordaz y militante. Como crítica social, la China Tudela no tendría sentido si fuera una simple columna de opinión con lenguaje plano, así como Rebelión En La Granja no sería la magistral obra que es si no pintara a los comunistas rusos como puercos hipócritas. Si quienes han escrito indignadísimos esta semana se hubieran dado el trabajo de leer un poquito a la China Tudela, verían que lo que escribió sobre Keiko no es nada comparado con cómo se despachaba sobre Toledo, Eliane y su familia. Siempre con epítetos racistas y clasistas.

También lo ha hecho con Alan, con Villarán y con el propio PPK. Pero, por dios, entiéndanlo: ¡el autor de un personaje así se está burlando, precisamente, de la estupidez con la que una señora rica y frívola discrimina a los políticos! ¡No de los políticos mismos! ¿Tantos saltos mentales toma comprender eso?

Unas líneas finales para quienes, con un poquito más de neuronas, han comparado a la China Tudela con el Negro Mama o la Paisana Jacinta. Lo primero: al menos esta comparación tiene sentido. Lo segundo: teóricamente, la sátira es una de las pocas armas que tienen los oprimidos para enfrentar a los poderosos. En otras palabras, quienes siempre son discriminados tienen ‘el derecho’ de ridiculizar a quienes los discriminan como forma de equiparar la relación de poder.

Cuando ocurre al revés, en cambio, se está perpetuando una disparidad. Pero este punto al menos es discutible, mientras que la comparación entre Butters y la China Tudela, como dije al principio, no es más que incapacidad para razonar. El problema, el gran problema, es que muchos de esos ‘indignados’ son los que luego opinan o, peor aún, votan sobre cuestiones públicas realmente importantes. ¿Y ya se imaginan de dónde salen argumentos como que “la prueba PISA es un psicosocial” y otras vergüenzas, no?