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Opinión


11 Mayo, 2018.

Sunat: la necesaria Santa Inquisición

Pareciera que implantar una política fiscal de terror es la única manera de incrementar la recaudación: la informalidad en el país no cede y la elusión/evasión es casi un deporte nacional, a simple vista y paciencia de todos.

“El tema es que si no le tenemos miedo a la Sunat, en este país no pagamos impuestos”. Agrias expresiones que el exministro Alonso Segura profirió en un evento en ESAN hace exactamente un año. Natural que fuera muy crítico con el nuevo gobierno y las políticas anunciadas en ese entonces por Alfredo Thorne. El protagonismo de Segura se había apagado y, como es costumbre, la gestión del MEF del gobierno anterior “tenía la culpa” de todas las dificultades económicas y fiscales encontradas en el país.

Era el momento de levantar disclaimers para intentar salvar alguna responsabilidad y Segura se mostró muy pesimista al aseverar que la reforma tributaria no iba a dar los frutos esperados y que era un gazapo mayúsculo haber vendido una imagen “amigable” de la administración tributaria. Efectivamente: la recaudación cayó en 1.3% en el 2017 (tercera caída consecutiva). El Estado se estaba quedando literal y desesperadamente calato.

Me resistía a pensar que era necesario implantar una política fiscal de terror convirtiendo a la Sunat en la “Santa Inquisición” del siglo XXI para incrementar la recaudación. Hoy considero que es la única manera; la informalidad en el país no cede y la elusión/evasión es casi un deporte nacional, a simple vista y paciencia de todos. Los signos exteriores de riqueza son de escándalo, y hay demasiados intocables.

Ahora coincido absolutamente con Alonso Segura: la Administración Tributaria tiene que ser inflexible y firme pero, a la vez, astuta, ética e impecable en el plano jurídico. La eficiencia –basada en la legalidad– tiene que ser su bandera. Es indispensable recordar que al primer favoritismo (como condonar deuda a sus medios de prensa favoritos) toda esa credibilidad se derrumba y regresamos al punto de partida. Comparto, por eso, algunas reflexiones:

1- David Tuesta declaró hace unos días: “Muchas personas tienen dos a tres hijos en estupendos colegios, pagando un montón de dinero y cuando se ven sus declaraciones de impuestos, de pronto son pobres. ¿Qué ha pasado? ¿Tienen algún tinglado financiero que se han organizado en alguna parte del mundo?”.

Estos últimos años la elusión y la evasión ha subido como la espuma, resultado de la sorprendente “pobreza súbita o estacional” de algunos peruanos. Pocos le tienen algún respeto a la Sunat y tampoco es que la Administración Tributaria haya hecho mucho esfuerzo para ganárselo. Siempre exprimen a sus selectos caseritos cometiendo con ellos, ocasionalmente, alguna caprichosa tropelía por la desesperación de reflejar mejores resultados. El caso de las empresas de telecomunicaciones es patético.

Si tuviera la atribución de designar al superintendente, NOMBRARÍA A UN GRAN EVASOR ARREPENTIDO. Creo mucho en la fuerza de los conversos, pues despliegan una energía irresistible en sus nuevos roles. En ese cargo sería valiosísimo alguien que literalmente conozca todos los trucos y las mañas de la fuga fiscal, y que esté en capacidad de diseñar una estrategia para ampliar la base de contribuyentes con la convicción de que ha tapado todos los agujeros del colador. La recaudación sería una magna cruzada y el Estado peruano el gran beneficiado.

Hay un ejemplo clásico. En 1934 Franklin Delano Roosevelt nombró a Joseph Kennedy (padre de JFK) como primer presidente del Securities Exchange Commission (SEC). Este audaz empresario había ganado mucho dinero en la Bolsa de Valores y decía, con conocimiento de causa, que el Gobierno Federal era el único con poder para asegurar que el comprador que está comprando oro reciba oro y no ladrillos dorados. Por supuesto, los escandalizados detractores del viejo Kennedy aseveraban que se estaba poniendo a un lobo a proteger a un rebaño de ovejas. Y así era exactamente, pero el resultado fue óptimo.

Precisamente, lo que más se requiere en el Perú es llegar a cumplir con los objetivos.

2- Es ineludible tener un excelente equipo de profesionales –adecuadamente remunerados y con prolijo conocimiento de la ley tributaria– que propongan una reforma sobre la base de un análisis exhaustivo de los resultados positivos o deficiencias de las últimas dos décadas. Igualmente se requiere que posean la capacidad de evaluar y valorar las experiencias de países vecinos, que transitan por el mismo pedregoso y complejo camino de incrementar la recaudación.

En este escenario, sería importante analizar la eficacia del monotributo (RUS) cuya mayor ventaja es la simplicidad. En Argentina que tuvo mucho éxito se socializó gracias a un slogan que rezaba “Simple, muy simple”. En Brasil se llama SIMPLES y ha sido capaz de atraer a longevos prófugos de la formalidad. En ambos casos, a diferencia del caso peruano ellos tiene la gran virtud de incluir los conceptos previsionales y le hacen un genuino honor a su nombre. Un monotributo auténticamente accesible (cuotas mínimas: del lobo un pelo) que implique una carga ligera en tiempo y costos, y que los dote de seguridad jurídica, sería una excelente herramienta de formalización.

3- Hay demasiadas reclamaciones ante Sunat. El Tribunal Fiscal está embalsado y el Poder Judicial no tiene ni el conocimiento ni la capacidad para emitir fallos técnicos en materia tributaria. Habría que hacer una revisión de todos los procesos en curso ante estas instancias y promover una conciliación. Se eliminarían los altos costos de litigar tanto para el fisco como para los contribuyentes.

4- Es imperativo firmar acuerdos de transparencia e intercambio de información fiscal con tantos países como sea posible, así como analizar las razones por las que la Ley de Repatriación de Capitales (amnistía) no cumplió los objetivos de recaudación trazados.

Finalmente de lo que se trata es de institucionalizar a nuestra sociedad. El problema de los informales no es solo que evitan pagar impuestos; su mayor pasivo es el irrespeto y quiebre de todas las reglas de convivencia social. Una brecha y no una tenue línea gris es la que verdaderamente divide las dos realidades; cubrirla nos haría un país completamente diferente.


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