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Opinión


11 Enero, 2019.

Su majestad, “el pueblo”

Vizcarra hoy ha llegado a su cúspide, en la que se mantiene exultante gracias al enardecido fervor de la ciudadanía; en romance, ha logrado el apoyo del engañado pueblo y de esa calle caliente que se ha convertido en su mejor aliada.

Contra todo pronóstico, Martín Vizcarra se ha convertido en una figura carismática, querida y admirada por el soberano pueblo. Cuando se inició este gobierno, allá por el mes de julio del 2016, era una suerte de patito feo: el pariente pobre de la familia que tenía que arreglárselas para inspirar cariño e intentar ocupar algún lugar visible y preferencial. En ese entonces, la competencia era muy dura; el llamado “gabinete de lujo” resultaba imbatible e impenetrable.

Sin embargo, esas estrellas que un 5 de junio “sorprendentemente” se alinearon (o fueron alineadas) para que PPK fuera presidente cambiaron de vecindario y finalmente le sonrieron a él –por supuesto, con ayuda de su inamovible premier y de otros ilustres asesores con igual tufillo conspirador–. Vizcarra hoy ha llegado a su cúspide, en la que se mantiene exultante gracias al enardecido fervor de la ciudadanía; en romance, con el apoyo del engañado pueblo y de esa calle caliente que se ha convertido en su mejor aliada.

Pero la gran tragedia de esta inagotable seguidilla de nefastos sucesos es la penosa participación de algunos medios –que se han acostumbrado a sobrevivir del chorreo estatal– y de ciertos líderes de opinión –autoproclamados la reserva moral del país– que están reescribiendo la historia a su antojo. “En el 2018 ha asumido el liderazgo quien debía hacerlo: la ciudadanía. Nadie esperaba la indignación que despertaron los audios y las manifestaciones por todo el país. Nadie sospechaba que periodistas y fiscales serían aclamados por las calles mientras la popularidad de los políticos se derrumbaba. Y definitivamente nadie esperaba que Vizcarra –en el país donde todos los presidentes están presos, prófugos o investigados– asumiese ese mandato y arriesgase el sillón –¡el poder!– para dar cumplimiento a ese clamor ciudadano”. Santiago Roncagliolo (El Comercio, 04/01/19).

¡Nada más falso! La única bandera que enarbola Vizcarra con pasión es la de una antojadiza lucha contra la corrupción a su muy particular manera y con su propio equipo de iluminados. Sin ello no tendría NADA; ni poder ni popularidad. Solo un pueblo enardecido, pero por sus innumerables carencias y desilusión.

Me pregunto por qué no toman las calles en protesta por los 35 mil millones de soles no ejecutados del presupuesto 2018 o contra el fortalecimiento del quebradísimo Agrobanco, cuando está demostrado que la banca de fomento es siempre ineficiente, costosa y campo fértil para prebendas y favoritismos. ¿Por qué no marchan por la malaria reportada en el norte, atribuida a los inmigrantes venezolanos pero que también azota a países vecinos como Ecuador y Brasil? Las condiciones precarias post Niño Costero, de lentísima (eterna) reconstrucción, han determinado un inmenso retroceso en la ya frágil situación sanitaria de la zona.

Silvia Pessah dejó su cartera sin rendir cuentas y será recordada por su insólita idea de querer reducir la anemia a través de una aplicación digital. Es que los ministros están absolutamente blindados ante la incompetencia porque actualmente los peruanos –el soberano pueblo– solo se nutre del odio hacia el satanizado Pedro Chávarry y de un jueguito llamado “lucha contra la corrupción en modo Vizcarra”. ¿El resto? ¡Simples detalles!


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