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Opinión


9 Febrero, 2018.

Solo denme cinco minutos con él

No se puede ser indiferente ni apático ante el dolor de un padre o de una madre de inocentes víctimas de los actos depravados y criminales de estos malnacidos. Pero tampoco debe aprovecharse una desgracia para relanzar propuestas a la tribuna sabiendo que no son la solución ni mucho menos podrán ejecutarse.

Germán Jiménez Borra

| Columnista invitado

De acuerdo con datos proporcionados por el Seguro Integral de Salud (SIS), entre los años 2011 y 2016 han sido atendidas 150 mil niñas embarazadas, la mayoría producto de violaciones sexuales. Los números no mienten: somos el segundo país de Latinoamérica donde se producen más violaciones sexuales y el tercero en el mundo, un galardón espeluznante y vomitivo que muestra el deplorable estado de nuestra sociedad.

A raíz del inmisericorde secuestro, violación y muerte de la niña Jimenita por parte de su asesino César Alva Mendoza, políticos, medios de comunicación y opinólogos en general claman por la aplicación de la pena de muerte. Y ante la indignación general, empiezan las excusas de siempre. El fiscal de la nación acaba de denunciar que el Ministerio Público no tiene personal suficiente ni infraestructura para atender las denuncias de violaciones sexuales… ¿acaso las tiene para otra cosa?

Por otro lado, el Ministerio del Interior a través de su programa de recompensas acaba de informarnos que tiene a 604 personas con orden de captura por el delito de violación sexual: 458 de ellos por haber violado a una menor de edad. Una vez más, ¿para qué serviría la aplicación de la pena de muerte en nuestro país si la policía y los fiscales no tienen la capacidad para identificar, denunciar y encarcelar a estos miserables? No se trata de promulgar nuevas leyes, sino de potenciar y mejorar la logística de las instituciones encargadas de brindarnos seguridad y garantizarnos justicia para ver resultados a mediano plazo.

No se puede ser indiferente ni apático ante el dolor de un padre o de una madre de inocentes víctimas de los actos depravados y criminales de estos malnacidos. Pero tampoco debe aprovecharse una desgracia para relanzar propuestas a la tribuna sabiendo que no son la solución ni mucho menos podrán ejecutarse.

Sin embargo, todo lo expuesto en esta columna se va al traste cuando pienso en mi hijo, al cual adoro: consciente de que la justicia es ineficiente, no perdería el tiempo pidiendo la pena de muerte del asesino. Sería más práctico y, en nombre de todas sus víctimas, solicitaría estar solo cinco minutos con él.


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