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Opinión


19 Septiembre, 2017.

Sobre Mercedes Aráoz y el nuevo gabinete

La primera ministra tiene en estos primeros días la oportunidad de dar señales concretas de corrección y de cambio.

Complicada la situación de los peruanos en un complicado Perú. Complicado porque desde Huáscar y Atahualpa el país no deja de pelearse, al punto que por momentos uno se pregunta si en el Perú el amor por el otro no está trastornado. Mucha gente no deja de autoboicotearse, de disociarse en su ceguera, de fracturarse en el reconocimiento del otro, de dinamitarse.

Hoy hemos asistido una vez más a una crisis de poder que ha constituido un espectáculo bochornoso. Crisis de poder no como teoría constitucional, sino como realidad pragmática. Ambos lados en esa crisis han sido mutuamente responsables. El gobierno por no haberse propuesto como agenda entender la sensibilidad de la gente (convertida a estas alturas en reclamo y grito); el Congreso por jugar a una adolescencia malcriada, majadera, por estar embriagado en un falso poder y una falsa seguridad. Muy lejos de todo eso, lo que debiera estar más cerca que nunca: los sentimientos de mutuo respeto, de integración, de diálogo y de confluencia por un país que transita, aunque nos digan lo contrario, todavía en su edad media. ¿Qué culpa puede tener en todo esto el alumno, el campesino de Chinchero, el ahora habitante de casi una casa de cartón? Todos ellos votaron con esperanza y ahora observan absortos.

Ojalá Mercedes Aráoz lo pueda entender y sentir de una manera diferente. Ojalá no se embriague como lo hicieron muchos de sus antecesores. Ojalá pueda jugar el rol de bisagra que se está necesitando. Ojalá no se quede detenida en un ojalá.

Tiene vínculos y amistad con el APRA, una mirada más asertiva con el fujimorismo, tiene también el deseo. Todo eso puede ayudar. ¿Pero basta? Ojalá tenga también a los asesores. Ojalá alguien le sugiera trasladarse inmediatamente al norte para apreciar en el campo los avances de la reconstrucción y conversar con los pobladores; viajar a otras provincias para hablar con los maestros y escuchar sus clases en las aulas.

Ojalá pueda ampliar la participación de lo que fue un Ejecutivo mezquino y endogámico, y hacer del manejo mediático no la improvisación que existió, sino la necesidad comunicacional de la que adolece el gobierno. En el poder no basta ser inteligente: hay que saber pensar y comunicar lo que se piensa.
Siempre a quien llega a un cargo hay que desearle suerte y lo mejor.

Todos recordamos la anécdota del candidato a la presidencia que pasó hasta en dos oportunidades al costado de la ahora primera ministra y las dos veces evitó públicamente saludarla. Esa anécdota representa hoy es justamente la actitud que deseamos que el gobierno no tenga. Ojalá pueda dirigir el país con la calma que ella mostró en ese momento.

Quizás ella tenga la flexibilidad que la actual política requiere. Recibamos los cambios con tranquilidad y esperanza. La primera ministra tiene en estos primeros días la oportunidad de dar señales concretas de corrección y de cambio. Y ojalá que su presentación en el Congreso no sea una valla, una trampa, una emboscada, un escollo, un remolino que absorba la esperanza y el poco optimismo que le queda al país.

A ver qué pasa. Y suerte.


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