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Opinión

Sheput y Salaverry

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Iniciamos una serie de perfiles políticos: es el turno del futuro presidente de la comisión política de PpK y del presidente del Congreso de la República.



En la excelente película recién estrenada Vice –que relata la vida y carrera política de Dick Cheney– queda en evidencia que existen dos tipos de políticos de perfiles totalmente distintos pero no por eso menos poderosos. Por un lado tenemos al líder carismático capaz de ganar elecciones por su simpatía (Bush) o verbo (Trump), y por el otro al cerebral, capaz de aprovechar las oportunidades más insólitas para manejar los códigos del poder e ir escalando posiciones hasta hacerse con una influencia definitiva en una situación determinada (Cheney).

Ambos siempre aspiran a gobernar. Es muy difícil que en una sola persona confluyan ambos perfiles; aunque, por supuesto, existen casos.

En el Perú, donde el escándalo Lava Jato ha jubilado o está jubilando a varios políticos que vienen de los ochenta del siglo XX, los que más foco tienen en la actual coyuntura son Juan Sheput y Daniel Salaverry.

Sheput ha visto la oportunidad de hacerse con un partido en crisis como PpK, al que no pertenece pero que necesita a un cuadro como él, que sobresale muy por encima del promedio político de quienes hoy son sus figuras más conocidas. Así, se podría decir que por invitación y aclamación, Sheput tomará la conducción (será presidente de la comisión política de la agrupación, previo cambio de nombre) de un partido inscrito que podrá participar en las próximas elecciones en las que él, más que seguro, será el candidato presidencial.

Los límites de Sheput van de acuerdo con su carácter: el carisma. Cerebral y metódico para el discurso y la maniobra, sin embargo tiene por delante la tarea de crear ese imán necesario para ganar elecciones populares, como era el caso de Cheney. Pero eso no importa en el costo-beneficio para la acumulación de poder. Sheput ha hecho una carrera política que empezó como asesor presidencial de Toledo, luego ministro; candidato fallido al Congreso para, finalmente, llegar al Parlamento. La candidatura presidencial con partido propio es un logro político muy importante para ese tipo de perfil: aún no se cumpla el objetivo de ganar una elección pasaría automáticamente a las ligas mayores, en la que podrá hacer lo que mejor sabe, esto es, maniobrar para seguir acumulando. Con gran olfato, ha visto que lo mejor que puede hacer es distanciarse del gobierno de Vizcarra, que ya empieza a dar muestras de desgaste por una gestión que no despega y un discurso anticorrupción cuyos límites empiezan a ser evidentes. Conociendo sus propios límites en cuanto a carisma, Sheput ha optado –con sabiduría política– por apuntalar una estructura partidaria que será la columna vertebral de su carrera en los años venideros.

Salaverry es de otro lote. Su perfil ha demostrado que sabe utilizar todas las oportunidades que se le presentan, con un agudo olfato político y pragmatismo, para consolidar una posición de poder. Después de todo, de eso se trata ser político.

Es importante en una democracia para un político “leer” el signo de los tiempos y lo que quiere el pueblo. Salaverry lo ha hecho y no se lo puede culpar por ello si otros no lo hicieron o leyeron mal los hechos. El asunto de que como presidente del Congreso haya logrado multiplicar su aprobación y pasar de 7% a 36% en ocho meses, jalando la aprobación del Congreso en 10%, demuestra que ha sabido maniobrar haciendo lo necesario para ese fin. Es personalmente muy simpático, pero queda por ver si esa simpatía tiene el sello del carisma, asunto que se mide en la cancha electoral.

Su carrera ha sido meteórica. Pasó de la política de provincia a la capital llegando a ocupar el cargo más alto posible después del de presidente de la República como presidente del Legislativo. Obviamente no hay que ser zahorí para ver cuál será su siguiente desafío. Su límite es el personalismo. Las circunstancias determinaron que optara por caminar solo ante la falta de sintonía con la mayoría que lo llevó al poder, lo que le ha permitido la libertad de movimientos que lo han encumbrado en su gestión. Pero, sin una mínima organización de apoyo político, cuando termine su mandato como presidente del Congreso será difícil que cuajen sus expectativas para el 2021 (la debacle de FP al haberse constituido como alternativa electoral con perro, pericote y gato sin un mínimo de cohesión demuestra la fragilidad de una apuesta de ese tipo). Ese debería ser su próximo reto.

En síntesis, mientras Sheput se ha hecho de un partido para compensar esa falta de seducción hacia el gran público, a Salaverry le sobra simpatía pero le falta partido en el cual recostarse.

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