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Opinión


7 Noviembre, 2017.

Señor presidente, ¿por qué no asume su responsabilidad?

El zigzagueante manejo del indulto a Alberto Fujimori es reflejo de un liderazgo a la deriva, en un país, cuyo mayor infortunio es la falta de institucionalidad, aunado a una evidente carencia de destreza política.

Después del Brexit, tan emocional y tan inexplicablemente mal llevado por David Cameron (lo que determinó su renuncia) y de ver patalear a una desolada Theresa May tratando de salir de la Unión Europea al menor costo posible, pensamos que los movimientos independentistas se calmarían un rato. Sin embargo, los intereses económicos no tienen pausa.

Puigdemont derrotó a todos sus fantasmas, declaró la independencia catalana y se guareció en Bruselas en busca de impunidad. A los ojos de Felipe Gonzales, fue un gran acto de cobardía. Pero el Gobierno español no cedió un milímetro y aplicó el artículo 155 de la Constitución española, a rajatabla, como corresponde.

No le tembló la mano a Rajoy, apoyado por el PSOE y Ciudadanos, para implementar una medida durísima y sin precedentes que ha determinado la prisión preventiva de ocho consejeros de la Generalitat y la orden de captura internacional de Puigdemont por rebelión, sedición y malversación de fondos.

Otro tema es si Bélgica la hace largas para entregarlo. Ya lo dejó libre con ciertas restricciones cautelares. Demasiadas entidades internacionales congregadas en ese país lo han vuelto en extremo burocrático y ninguna querrá comprarse el pleito (por lo menos todavía no).

A pesar de todo, España es un claro ejemplo de institucionalidad que funciona en momentos de crisis: no hay amiguismo, obstrucción ni negociaciones debajo de la mesa. Aún cuando el Partido Popular es cuestionado permanentemente, cuando se trata de la defensa de la integridad del país la ley se aplica con incuestionable firmeza y equidad. Nadie tiene corona.

Mientras tanto aquí —donde solemos decir que somos hechos a imagen y semejanza de nuestros conquistadores españoles— parece que la institucionalidad es la excepción a la regla, lo cual tiene su mayor expresión en el converso PPK (de gringo a peruanísimo). Resultan inexplicables el relajo y casi despreocupación con los los que maneja temas importantes para el país.

“Fujimori nos hizo entrar a APEC. Ahora está en la cárcel; está enfermo. Vamos a ver qué hacemos”, declaró el presidente encarnando en esa sola frase la falta de credibilidad que parece caracterizar a su Gobierno. Durante su campaña fue enfático en afirmar que no indultaría a AFF —con tal de captar a todo el antifujimorismo, incluso a la izquierda que lo acompañó en segunda vuelta—. Mantuvo esa posición durante varios meses hasta que recién, en abril pasado, mostró cierta tímida apertura por primera vez.

Señor presidente: este indulto tiene connotaciones médicas y legales, pero recuerde que es un tema principalmente volitivo. Depende únicamente de su deseo: es una gracia presidencial y, por ello, el poder omnímodo de conmutar una pena recae en usted y en nadie más.

No alcanzamos a comprender por qué el mandatario no asume sus responsabilidades y toma una decisión definitiva, indistintamente el resultado.

El zigzagueante manejo de este asunto es reflejo de un liderazgo a la deriva, en un país cuyo mayor infortunio es la falta de institucionalidad, aunado a una evidente carencia de destreza política. Grandes diferencias con aquellas sociedades europeas, cuyo legado ancestral es aún tangible pero nos siguen llevando años luz en desarrollo y civilidad.


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