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El negocio de los parqueos

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Un atropello camuflado bajo el discurso de "ordenamiento de la ciudad"

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Hace unos días, como a la medianoche, fui a Miraflores a comer un sándwich. Pero al llegar me di con la sorpresa de que ya no se podía estacionar en los espacios de siempre.

Los han cerrado con maceteros. La única alternativa era entrar a la nueva playa de estacionamiento subterránea. Pero como ahí el parqueo cuesta siete soles la hora (casi tanto como el sándwich) decidí buscar un espacio en la calle Bellavista. La zona estaba llena, por lo que di una vuelta completa buscando estacionar.

Volví a intentarlo y ahí sí tuve mejor suerte pues justo salía un carro. Caminé por la Calle de las Pizzas evadiendo a los que se acercaban para invitarme a pasar a sus “discotecas turísticas” y, finalmente, tras caminar cinco cuadras, llegué a la sandwichería. A esas alturas ya no se trataba sólo de un sándwich, ahora era un sándwich más una chicha helada.

Mientras disfrutaba de mi pan con pavo, me enteré de que en el estacionamiento nuevo se puede pagar por minutos. Resultado: ahora la gente come apurada para pagar menos pues una distracción cualquiera le pueda costar como dos soles más en parqueo. Y pienso en los jóvenes estudiantes que tienen que pagar 20 o 30 soles por pasear en el parque Kennedy. O los jubilados que tras estacionar caminan a ritmo lento.

El problema de la privatización de los espacios públicos va de menos a más. Y se ha convertido en un atropello camuflado bajo el discurso de "ordenamiento de la ciudad".

Un municipio no puede andar quitando los espacios de libre acceso a la ciudadanía; y tampoco encareciendo los lugares de recreación. Y en Lima lo que se ha hecho es arrimar lentamente a la gente en aras de peajes, estacionamientos y multas mercantilistas que no educan: nadie sabe cuánto se recauda, cuáles han sido los acuerdos, qué va a pasar cuando se recupere la inversión, etc.

Para colmo, han surgido los espacios VIP en algunos estacionamientos y también los servicios de valet parking en esos lugares. Son servicios inventados para hacer negocio con el parque automotor. Además, los trabajadores que ahí adentro brindan el servicio de lavado de carros no ganan lo que cobran porque son obligados a pagar a la compañía una cuota diaria de sus ganancias. Todo es hacer plata a costa de la ciudadanía.

Lo que tendrían que hacer los municipios es facilitar un módico acceso a los estacionamientos públicos y abrir espacios municipales baratos. No fueron elegidos sus representantes para encarecer la vida de la ciudad sino para hacerla más cómoda y también más viable. Y la gente está indignada, pero al municipio de Miraflores esto no parece importarle.

Se acabaron mis sanguchitos en la “Lucha”: ya fueron... al igual que los estacionamientos de la calle Diagonal.

Odebrecht: que no nos vengan con cuentos

Odebrecht: que no nos vengan con cuentos

Resulta indignante que se quiera relativizar la responsabilidad de los directos involucrados. 

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Odebrecht: que no nos vengan con cuentos

Resulta indignante que se quiera relativizar la responsabilidad de los directos involucrados. 

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Resulta indignante observar a muchos de los denominados periodistas “mermeleros”, medios de prensa y portales —todos progres, para variar— relativizando la responsabilidad de los directos involucrados en el caso Odebrecht, e intentando por todos los medios y a toda costa incluir al fujimorismo en la colada. Acusan directamente al alcalde Castañeda atribuyéndole toda la culpa por el tema de los peajes y exoneran de toda responsabilidad a la exalcaldesa Villarán, como si ella no conociese nada de un contrato suscrito durante su gestión.

Inclusive, uno de estos portales intenta mostrar a la policía como la provocadora de los violentos incidentes ocurridos en la “pacífica” marcha de la Panamericana Norte, restándole importancia a la presencia de agitadores relacionados a la anterior gestión municipal. Muestran, además, imágenes de los “manifestantes” y de la policía reprimiéndolos, como si se tratara de un ataque de las fuerzas del orden contra la población y no de un intento de controlar el caos y la violencia, enfrentando a los vándalos.

En todo caso, nadie puede obviar la tremenda corrupción que hubo durante el régimen fujimorista: de hecho su líder y muchos de sus dirigentes purgan condena por sus delitos. Hoy, sin embargo, debemos enfocarnos en los que vinieron luego y que presumían de intachable e impoluta conducta... pues ahora sabemos que para nada existió tal intachabilidad. Han sido tan sinvergüenzas como los que los antecedieron.

Ojalá se sepa cuanto antes los nombres de los corruptos; mientras tanto, nos negamos rotundamente a aceptar que esta gente nos venga con cuentos y maniobras de distracción. Si lo siguen haciendo se convertirán en cómplices de la corrupción. Así de claro.

Vírgenes de cabaret

Vírgenes de cabaret

¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.

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¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.
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¡Hipócritas! Antes de la debacle, los más grandes detractores de Fujimori fueron, precisamente sus antiguos compañeros de ruta. Y hoy aparecen en la nómina de las empresas brasileñas corruptas.

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Celebré a la distancia la caída del fujimorismo y todo lo que ello implicaba. En una lluviosa Manchester (Reino Unido), un 15 de setiembre de 2000, vi el primer “vladivideo” Kouri-Montesinos a través de la BBC. Hacia el fin de semana, el presidente renunciaba y convocaba a elecciones. El zenit de la felicidad fue cuando dijo “me voy a la APEC en Brunei y ya regreso” y terminó pidiendo asilo en Japón.

Este “Chino” resultó bien criollo y no tuvo el sentido de honor de sus ancestros, el sepuko y/o harakiri, para limpiar su nombre y el de su familia.

No saben cómo celebré las fiestas de fin de año. Se hacía realidad lo que por mucho tiempo un pequeño grupo de personas venía denunciando y nadie quería escuchar o ver.

Fue en 1992 que Caretas descubrió quién era el asesor del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), con antecedentes de traición a la patria y relación con narcotraficantes nacionales/extranjeros. Ningún otro medio periodístico se preguntó quién era el personaje. Los pocos que lo hicieron, tuvieron una curiosidad de corto plazo. Todos se nublaban con: “Chino… chino, chino, chino”, un bailecito cojudo y ya; no había otro.

Desde el comienzo me sorprendía que quienes habían sido “compañeros de ruta” en diversos ámbitos, como “tecnócratas” (en especial las reguladoras donde, para colmo, los jefes de la institución dupleteaban como jefes de empresas dedicadas a la asesoría económico- financiera, que ¡oh sorpresa! ganaban todas las asesorías importantes o las jugosas licitaciones para sus clientes); abogados de nota y sus estudios que habían participado de la “reforma del Poder Judicial” o dado sus sesudas “opiniones legales” para cualquier privatización a la carta; periodistas que habían alabado “el salto a la modernidad” que había significado esta década maravillosa o habían sido partícipes de sendos viajes (externos/internos) del presidente sin mostrar enojo alguno; empresarios que habían multiplicado su fortuna por el “buen ambiente para hacer negocios” (entiéndase, pasar por las oficinas del SIN); “conspicuos miembros de la sociedad” que habían trastocado su fe ciega por Mario Vargas Llosa y sin ningún rubor pasaron a ser los más grandes defensores del Chino y “esa gente” (¡que le quiten el pasaporte a Mario que es un enemigo del Perú! ¡Que no regrese!); y un largo etcétera... eran los mayores detractores de Alberto Fujimori y de su régimen luego de la debacle.

Muy valientes y conchudos para patear a quien los favoreció.

Mientras más te rasgues las vestiduras con actuación digna de Hollywood— podrás pasar piola. Se perdonan tus “faltas” (no calificaban como pecado), tu cercanía y provecho del poder. Nadie te acusará. Los que pasaron por el paredón de la vergüenza, por la cacería de brujas y/o purgaron cárcel por sus acciones (o supuestas acciones) fueron aquellos fieles al Chino a pesar de todo. Y lo son hasta hoy en día.

El tiempo descubre la verdadera faz de las personas. Héctor Chumpitaz fue preso por recibir dinero de la misma fuente que las “chicas poderosas” dedicadas a la reforma del Estado, pero ellas nunca pisaron un presidio (¿racismo? ¿Nuestra clase no va presa?). Los empleados tecnocráticos salieron limpios (“son técnicos, pues”) para engrosar las planillas de las empresas que se beneficiaron de sus decisiones. Los estudios de abogados de cualquier tendencia ideológica ni se ruborizaron; los abogados más activos estaban alineados con los organismos de derechos humanos y fueron punta de lanza, junto a los procuradores anticorrupción, para destruir “al régimen más corrupto y asesino de nuestra historia”. Los periodistas y sus casas editoriales se reciclaron sin hacer penitencia. A puro “periodicazo” acusador disimulaban su pasado y hacían caja con cada “destape”.

Nada que hacer. Hay que desterrar todo vestigio del fujimorismo para que esto... ¡“nunca más se repita”!

No me asombra que los mismos personajes que fueron felpudinis aprovechados de Alberto Fujimori, pero que lo humillaron luego de su caída, ahora aparezcan en la nómina de las empresas brasileras corruptas. Y no solo corruptas, también asesinas (ver caso Áncash, donde matan a dos autoridades regionales porque no querían firmar contratos millonarios por obras).    

La juventud sabe de oídas o por una “historia oficial” lo que fue el fujimorismo. Repiten mantras como monos guiados por la “reserva moral” del país. Hoy se deben sentir traicionados y sin ganas de marchar. El huracán brasilero les ha hecho abrir los ojos súbitamente: nada ha cambiado desde la caída del odiado Chino. Se ha robado y matado como siempre. ¿Y ahora?

Los que humillaron a los fujimoristas en su momento fueron unos grandes hipócritas; esperaron su momento para hacer exactamente lo mismo: sacar su tajada sin empacho alguno.

Somos tan torpes como sociedad que tratamos de encontrar vírgenes en un cabaret. Lo único que me queda claro es que hasta las putas tienen más dignidad.

¡Es el gen peruano aunque no sea bendito!

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¿Es que nacimos buenos pero la necesidad y el entorno nos corrompen?

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¿El peruano nace bueno pero la necesidad y el entorno lo corrompen, o es que nacimos con el coima-gen y es parte de nuestra sagrada esencia? ¿Qué hubiera pensado Rousseau de haber vivido entre nosotros? Quizás se hubiera pasado la vida tratando inútilmente de descifrarnos.

La corrupción es el problema estelar del 2016: ganó por galope a la inseguridad y a otras miserias que nos acompañan desde que tengo memoria. Parecería que no hay estrategia que la doblegue, ha resultado imbatible. Y resulta difícil aceptar que todos tenemos un grado de culpa y que el origen está en nuestra permisividad, en el convencimiento de que quebrar un poquito la ley no es tan grave ni tiene consecuencias. Es hora que reaccionemos. ¡Todo tiene consecuencias!

Y el ejemplo más reciente y emblemático de este "gen peruano" viene de nuestro presidente y sus recordadas declaraciones:

"[…] Queremos que Puno sea próspero. A mí, francamente, no me preocupa que haya un poquito de contrabando; a quién le importa eso..."

Las soluciones empiezan por aceptar que todos somos responsables en alguna medida. Tenemos que eliminar de nuestro lenguaje las excusas y justificaciones:

"No le hace daño a nadie"."Es una ley exagerada para nuestra realidad; se fueron al otro extremo". "Es muy costoso cumplir con estos estándares; son propios de un país desarrollado". "No hay que preocuparse; no tienen capacidad de fiscalización". Y así por el estilo: una interminable enumeración.

Y es que la creatividad e imaginación para evadir culpa es una de nuestras grandes especialidades.

¿Quién es más corrupto? ¿El informal que no paga impuestos y trabaja casi clandestinamente? ¿El criminal de cuello blanco? ¿El funcionario que comete cohecho impropio? ¿O el conductor que se niega a pagar un peaje? Coincidimos en que no son faltas/delitos equiparables pero tienen en común la fractura de la institucionalidad y de la ley. Cuando hay una situación desbordada todo —absolutamente todo— incumplimiento de las reglas sociales debe ser condenado. Lo haces una vez y lo haces siempre. Es el cruce del Rubicón; no hay vuelta atrás.

Nuestros gobernantes y autoridades son los llamados a liderar el cambio, pero todos tenemos que asumir responsabilidad. Recordemos que el Perú no es solo el territorio en el que nacimos accidentalmente o una fuente temporal de riqueza; es nuestro país y cada día construimos (¿o destruimos?) el legado que queremos para nuestros hijos y futuras generaciones.

Los invito a revisar la historia de Singapur, un ejemplo de que sí se pueden cambiar las estructuras de una sociedad... aunque sea una obra titánica.

El vendaval que se viene

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¿De qué dimensión es el escándalo que amenaza con llevarse de encuentro a políticos y altos funcionarios?

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¿De qué dimensión es el escándalo que amenaza con llevarse de encuentro a políticos y altos funcionarios de los gobiernos de Alejandro Toledo, Alan García y Ollanta Humala? ¿Cuánta firmeza, decisión y transparencia se necesitará del gobierno de PPK para preservar su autoridad ética y política, mientras golpean los vientos y el ruido político se incrementa hasta ser ensordecedor?

Los optimistas afirman que en nuestro país las crisis políticas o económicas no lo son tanto ni duran demasiado. Que somos un pueblo que siempre sale bien librado porque vivimos al borde del abismo y nuestra capacidad es la resiliencia. Ojalá fuera así y el escándalo Lava Jato lo convirtiéramos en la oportunidad nacional para luchar de verdad contra la corrupción, que junto a la inseguridad ciudadana es el principal problema nacional.

Al terminar el 2016, la corrupción se levanta como un inmenso fantasma destructor frente al cual resultan banales las comisiones y los informes. Todavía no tenemos un plan serio de acción que nos convenza de que existe voluntad política para combatirla.

Lava Jato se anuncia como un vendaval que podría barrer terrenos políticos desde la raíz, un accionar que podría demostrarnos que lo que no pudimos hacer nosotros sí puede lograrse con motivación externa. Que entendamos que nada es posible si la corrupción continúa corroyendo estructuras políticas y económicas. Si se quiere dinamizar la economía y que la gente no se impregne de pesimismo y desconcierto tenemos que afrontar la corrupción y la inseguridad.

PPK va a tener que hilar fino para enfrentar sin sufrir daños personales los cuestionamientos que ya circulan sobre su ejecutoria como titular del MEF cuando exoneró del SNIP a la Interoceánica Sur; si es o no socio del financista chileno Gerardo Sepúlveda, quien también trabajó para Odebrecht en el Perú el 2007 en obras por US$ 500 millones; y habrá que ver cómo sustenta su afirmación de que todo lo que ha realizado la empresa brasileña no es corrupto.

El Perú necesita tener la seguridad de que su presidente Pedro Pablo Kuczynski no está involucrado. Ha hecho suficientes méritos para que creamos en su honestidad, pero el vendaval viene muy fuerte y la transparencia es un imperativo si quiere mantenerse en su cargo.

Y ojalá que las denuncias no derriben la imagen de expresidentes ni de altos funcionarios aún actuantes dentro del Estado. Fuera de adhesiones o cuestionamientos, la democracia peruana necesita líderes honestos sin los cuales se vendría debajo la ilusión de la quinta elección nacional sin interrupciones. Estaríamos ante mucho más que una crisis de gobernabilidad. Nos quedaríamos sin clase política.

Ni catastrofismo ni ceguera. Podemos y debemos confiar en nuestras reservas políticas y democráticas pero no demasiado: lo suficiente para que el país, sin descuidar las alarmas, se fortalezca éticamente y no retroceda hasta los tiempos de autoritarismo que nadie desea.

 
 

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