¿Se ganó algo haciéndolo morir preso?

Con Leguía ya vimos morir un presidente en prisión (y pagamos las consecuencias). Verlo nuevamente sería imperdonable.

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Llevo un par de años metido en el siglo pasado, más propiamente en la década de los años treinta, y espero muy pronto terminar un libro inesperado. De todas esas imágenes que he visitado ninguna me ha conmovido tanto (y sigue conmoviendo) como la de haber visto al presidente Leguía, enfermo de la próstata, intentar miccionar en una lata mientras fuera de su celda sus guardianes reían.

Y el día en que por su salud lo trasladaron a un hospital le metieron un bombazo al nosocomio. Al final, murió en prisión.

¿Qué hubiera pasado si Leguía no moría en prisión y el leguiísmo hubiera tenido ocasión de ser un actor político en la coyuntura de 1931 en adelante? Puede inferirse que esas elecciones modernas no hubieran representado una dicotomía entre el sanchezcerrismo y el aprismo.

Penosa dicotomía. Un carcomido civilismo entregado a las botas y un nuevo partido beneficiado por la persecución del leguiísmo y con un programa revolucionario (y acciones de sangre) que terminaron empujando a la derecha a los brazos militares. Primero el Mocho, luego Benavides. Más tarde Odría. Recién con Belaunde surgió esa expresión intermedia que ojalá hubiéramos tenido en los treintas y que el leguiísmo pudo haber encarnado de no haber muerto su líder en prisión.

Al no haber una expresión política intermedia en la década del treinta y tras el irresponsable desconocimiento de las elecciones… el antiaprismo fue el basamento social que nos robó casi todo el siglo. Con Leguía libre y con el leguiísmo menguado pero en plaza, las elecciones hubieran sido muy diferentes y Haya de la Torre no hubiera caído en la infantil tentación de declararse presidente moral del Perú e invocar un fraude que hoy sabemos que no existió. Ahí se jodió el siglo XX. Nunca debimos llegar a ese escenario y con Leguía y el leguiísmo habilitados, lo hubiéramos evitado.

Siempre se ha comparado las presidencias de Leguía y Fujimori, sus virtudes y defectos. Ojalá no terminen compartiendo la misma muerte. Sé que me expongo a la critica de colegas historiadores que consideran inútil cualquier intento de historiar lo que pudo ser y no fue. Lo acepto. Pero más importante resulta descargar la conciencia.

En estos meses he conversado con historiadores de peso y muy ajenos al fujimorismo en torno a una pregunta: ¿qué ganó el Perú dejando morir a Leguía en prisión? La respuesta es «nada». ¿Y qué perdió? Probablemente mucho.

Ya vimos morir a un presidente en prisión… y pagamos las consecuencias. Verlo nuevamente sería imperdonable.

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