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Opinión


6 Abril, 2015.

Saravá en el cielo

Entre canto y rumba, descanse en paz, maestro Luis Delgado Aparicio.

Phillip Butters

| Columnista

Él sabía que se estaba muriendo y yo también. Me lo contó durante una de las pausas comerciales de mi programa en Radio Capital, en una de las tantas ediciones que acogieron su “Maestra vida”. No recuerdo si fue cuando daba cátedra salsera sobre Celia, Cheo, Héctor, La Sonora Matancera, Rubén, Tito o Willy, pero sí llevo clara la imagen de su rostro triste, de sus ojos triangulares, cuando musitó: “Phillip, me voy a Houston. Tengo cáncer y el pronóstico es muy malo”. Me quedé mudo. Nunca fui bueno para falsear sentimientos; presentí que, una vez más, la vida le ponía un obstáculo aparentemente insalvable. Y así fue. 

Pero no solamente entrevisté al señor Luis Delgado Aparicio Porta por el festivo tema salsero. También hablamos de la muerte de su hija, a la que nunca se sobrepuso. Se fue sin encontrar justicia. Y aunque el caso Utopía lo invadió de tristeza e impotencia para siempre, también lo pintó de cuerpo entero, en toda su humanidad.

En una conversación off the record, cuando me contaba los entretelones de la huida de Azizollahoff y Paz, los victimarios de su hija, me atreví a preguntarle: “Lucho, ¿no has pensado en contratar un sicario y vengarte de estos malditos que se han burlado de la justicia y de la muerte de tu hija?” Bajó la cabeza y con voz temblorosa me dijo: “Sí, Phillip, lo he pensado. Se me ha pasado por la cabeza y a otros padres también, pero no puedo. Creo en Dios. Como tú, he sido educado en el colegio Santa María. Si hago eso seré tan asesino como ellos y no iré al cielo para encontrarme con mi bebé”.

Bueno, el maestro Saravá ya cumplió su máximo objetivo en la vida. Ya alcanzó vida eterna: ha trascendido el aparentemente insalvable obstáculo de la muerte de su hija y hoy baila con ella en el cielo.

El pasado jueves ha partido un extraordinario ser humano que venció temores y enfermedades, que hizo de su vida un ejemplo, que amó a su familia y que fue amado por el pueblo. Entre canto y rumba, ¡descansa en paz, Saravá!


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