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Opinión


14 Octubre, 2017.

Repita conmigo: “La víctima no tiene la culpa”

Es plenamente imbécil pensar que en un delito la víctima tiene la culpa. Pero así, plenamente imbécil y todo, está en nuestro chip.

Paolo Benza

| Columnista

En plena hora punta, un ejecutivo vuelve de una reunión en el Centro de Lima a su oficina en San Isidro. En la Vía Expresa, a la altura del viaducto Manco Cápac, se le pincha una llanta. Como lo espera un cliente con el que debe cerrar un negocio, no tiene tiempo parar esperar al seguro. Tampoco sabe cómo cambiar el neumático. Así que, aunque ya se hace de noche, decide aparcar el carro y salir del zanjón a buscar un llantero. Lo asaltan.

El celular que le roban contiene información confidencial de su empresa, por lo que se ve obligado a presentar una denuncia. Llega a la comisaría y el policía empieza: “¿Nombre completo? ¿DNI? ¿Domicilio? Muy bien. ¿Dónde dice que ocurrieron los hechos? Ajá. ¿En la Victoria? –el policía pone cara de incrédulo– ¿Cómo, no sabe que caminar por ahí de noche es muy peligroso? ¿Qué hacía ahí a esa hora? ¿Es que estaba buscando que le roben?”

El ejecutivo se exaspera, pero necesita la denuncia para no tener problemas con la sede central de la transnacional en la que trabaja. “¿Cómo estaba vestido cuando ocurrió el robo?”, vuelve a la carga el policía. “¿Con este mismo terno? Pero, es que imagínese, ¡andar con un terno así por La Victoria y de noche! ¿No le parece una incitación a que le roben? ¡Mejor paséese con un letrero que diga ‘mírenme, tengo plata’!”

Una vena palpita en la sien izquierda del ejecutivo. “Pero, a ver. ¿Qué le dijo exactamente al ladrón cuando vino a robarle? ¿Le dijo ‘no, no quiero que me robes’? ¿Esas fueron sus palabras exactas? ¿Cómo que ni siquiera atinó a gritar? ¿Qué, se dejó robar así nomás? ¿Y no cree que eso puede mandar el mensaje equivocado? ¿No cree que el ladrón podría haber pensado que quería que le roben?”

El ejecutivo siente que está en medio de una escena de Relatos Salvajes. Pega un puñetazo en la mesa y se va. Prefiere cambiar de trabajo a tener que seguir hablando con ese tipo. ¿Cómo puede ser tan bestia?

Hace unos días una amiga me pasó una noticia titulada: “Lorena Álvarez denunció a su novio por agresión”. Estaba en otra, así que respondí sin abrir el enlace. Respondí lo primero que, en la distracción, se me vino a la cabeza como una broma inofensiva: “Jaja, eso le pasa por buscarse a un Juan Mendoza, pues. Ese se veía que era pegalón a leguas”.

Sí, yo, autodenominado liberal, de educación privilegiada en universidad progre y que siempre habla de la estupidez inherente a la “ideología de género”. Quince minutos después di dos pasos para atrás, volví a abrir la conversación y me di cuenta. La broma no era tan broma, ni tan inofensiva.

Es plenamente imbécil pensar que en un delito la víctima tiene la culpa (siquiera, algo de culpa). Pero así, plenamente imbécil y todo, está en nuestro chip. Así nos educó la vida, por ejemplo, en mi colegio de hombres en el que todos celebraban que le metieran mano a la profesora —que callaba, resignada— cuando se agachaba para abrir el salón. Así nos educó la sociedad. Así nos educaron.

Por eso, si usted es periodista, congresista, policía; si usted simplemente ya entendió lo imbécil de culpar a la víctima, le propongo un ejercicio. Siempre que pueda repita conmigo: “La víctima no tiene la culpa”. Repítalo. No piense que ya lo sabe; no piense que es innecesario. Repítalo siempre: “La víctima no tiene la culpa; no tiene la culpa; no tiene la culpa”.


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