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Opinión


8 Octubre, 2017.

Que no nos roben la alegría

Por primera vez los peruanos estamos unidos por algo que no implica una desgracia.

Paolo Benza

| Columnista

Desde el martes —si las cosas salen bien— habrá muchos políticos que intentarán subirse al carro de la selección para aumentar sus bonos. Yonhy Lescano es un primer y patético ejemplo de ello y así como él, muchos otros.

Lo peor es que el reciente cambio de los miembros de la Comisión de Gracias Presidenciales (que coincidió con el partido en Argentina) lleva a prever que PPK aprovecharía la resaca mundialista para firmar, finalmente, el indulto al expresidente Alberto Fujimori. Razonamiento de manual.

A todos los políticos hay que dejarles en claro que la alegría que vendrá —si viene— es nuestra y no suya para aprovechar. Que mientras ellos nos llenan de motivos para sentirnos poco orgullosos de nuestro país, la selección nos hace cantar el himno abrazados y con el pecho hinchado, ya sea en el estadio, en las plazas o en las butacas oscuras de un cine en Puno acondicionado para la ocasión. Que el fútbol es, quizás, uno de los únicos escapes que tenemos a la realidad miserable que su gestión nos obliga a vivir y que la selección hoy es un antónimo completo de su labor pública. Gracias a dios.

Si el objetivo se logra, los peruanos tenemos derecho a estar concentrados solo y únicamente en festejar, sin preocuparnos de que alguien vaya a aprovechar el descontrol para pasar lo que sabe que generaría un terremoto público en otro momento. Tenemos derecho a emborracharnos hasta perder el conocimiento sin despertar al día siguiente con la noticia de que un presidente encarcelado acaba de salir de prisión (sea esto bueno o malo, no importa). Tenemos derecho a sintonizar solo canales deportivos por meses, olvidarnos de la cosa pública si así lo queremos, y vivir en una embriaguez ininterrumpida de goles y repeticiones sin que nadie aproveche el pánico para sus intereses.

Después de treinta y seis años los peruanos estamos, por fin, viviendo un sueño. Un sueño en el que el Perú puede ser un lugar mejor (no importa si el sueño se desinfla al más mínimo contraste empírico). Por primera vez los peruanos —la mayoría de los peruanos, porque algunos no lo entienden— estamos unidos por algo que no implica una desgracia.

Y tenemos derecho a disfrutarlo. A ser felices. Cualquier político que intente aprovecharse de eso se estará comportando como un canalla. Y sí, habrá varios. No dejemos que nos roben la alegría.


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