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Opinión


8 Julio, 2018.

¿Qué están leyendo los niños?

Nada más delicado que la mente de los jóvenes estudiantes y nada más perjudicial que una versión ideologizada de la historia que esconde intereses

Están en discusión los textos escolares, y el debate sobre contenidos que no se hizo antes de su publicación deberá hacerse ahora. Nada más delicado que la mente de los jóvenes estudiantes y nada más perjudicial que una versión ideologizada de la historia que esconde intereses. Los colegios no pueden ser recintos de adoctrinamiento como sucedió durante regímenes oscuros para la civilización. Y nunca es tarde para rectificar versiones que pueden hacer daño.

Por eso es notable la visión de Hugo Neira (El Montonero, 2 de julio 2018), quien invitado en noviembre 2017 al Congreso a una mesa de trabajo para examinar contenidos educativos sobre el terrorismo rompió su discreción y apuntó su crítica constructiva a la presentación editorial de las dos décadas de violencia que vivimos. Rechaza la vaguedad y la banalización de lo que denominan “una crisis de violencia”, términos que no precisan la real dimensión del drama inmenso que significó para el país.

El terrorismo debe ser presentado como lo que es: lo más malsano para la humanidad, injusto para miles o millones de inocentes y nunca cohonestado como una forma de protesta. Menos aún en esta época cuando es un flagelo planetario, lo que no puede ser consuelo para nadie y más bien agrava la urgencia del rechazo. La historia de la guerra declarada por Sendero Luminoso y secundada por el MRTA debe ser escrita asumiendo lecciones para que el pueblo las procese con conocimiento de causa sin adoctrinamientos falaces o interesados, rechazando el terrorismo y la violencia de todas las vertientes.

La verdad es muy delicada de abordar y hacerlo de forma sesgada es una trampa. Es posible entregarla de forma gradual de acuerdo a la capacidad de comprensión de los estudiantes según sus edades, pero nunca de manera falsa ni interesada, tampoco buscando medias verdades que distorsionan o manipulan conciencias. Reseñar los crímenes de SL es recordar con precisión la era de las masacres, la de los innobles apagones y la de los coches bomba que marcaron toda una generación en Lima y en el interior del país. Puede ser muy triste y doloroso pero los actos terroristas –vengan de donde vengan, sean de la subversión como de la contrasubversión que también los tuvo– deben ser identificados con autoría propia. Callar es ignorar responsabilidades. Dejar de castigar, censurar o criticar es suicida. No analizar con los valores de la ética colectiva es condenarnos a la inopia histórica.

Coincidimos con Hugo Neira en su visión universal y en la necesidad de acudir a los senderólogos. En especial, a los que menciona: a Carlos Iván Degregori, con su Qué difícil es ser Dios, a Manuel Jesús Granados con su PCP: Sendero Luminoso y su ideología. A Gustavo Gorriti, Antonio Zapata y Umberto Jara. Todos nos dan una visión real aunque todavía sin la distancia del tiempo para evaluar certeramente esta etapa nefasta para el país. Neira recuerda a Arguedas con su frase “Hemos vivido en vano”. Y en similar sentido traemos a Pablo Macera con su sentencia:  “Que lo vivido no sea en vano”. Mentes privilegiadas nos demandan extraer lecciones de lo sucedido para no repetir errores y menos aún infamias.

Necesitamos producir textos escolares imparciales, verdaderos y verosímiles, sin las confusiones de los dogmatismos ni de los intereses políticos. La historia no puede ni debe escribirse en el terreno de las ideologías sino en el de lo verdaderamente acontecido.


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