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Premier al carbón

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No tiene ningún sentido perder mucho tiempo en analizar el tema del "premierato" en el Perú bajo la Constitución: tal cargo está diseñado como un apéndice del de presidente de la república, sin ninguna función real de gobierno.



Todos hablan de la renuncia de César Villanueva a la presidencia del Consejo de Ministros como si fuera una gran noticia política. Y especulan sobre las causas del alejamiento y sobre el perfil de su sucesor como si ello fuera relevante o, más aún, importante para el funcionamiento del gobierno.

No tiene ningún sentido perder mucho tiempo en analizar el tema del “premierato” en el Perú bajo la Constitución vigente porque tal cargo está diseñado como un apéndice del de presidente de la República, sin ninguna función real de gobierno. Según la Constitución (heredera en este sentido de la del 1979), el presidente de la República personifica a la nación y es jefe de Estado y de gobierno; es decir, cualquier “premier” en el Perú está pintado en la pared pues hoy ni siquiera tiene una cartera propia de la que ocuparse (su margen de maniobra es mínimo).

Supuestamente, en la formalidad constitucional el “premier” propone al presidente a los miembros del gabinete: esto, sin embargo, es un “saludo a la bandera”. Quien busca a su premier y a sus ministros es el presidente mismo ,y el premier está ahí solo para refrendar con su firma los actos del presidente. Es más: el presidente puede despachar directamente con sus ministros saltándose al premier.

En otras palabras, las funciones de gobierno del premier se limitan a la de notario de los actos del presidente. Podría tener un aspecto político relevante, mas esto también resulta un engañamuchachos por cómo está diseñado el sistema del Poder Ejecutivo en el Perú. Nuestra Constitución es presidencialista (no un híbrido americano/francés, como señalan algunos). Manda el presidente y así lo quiere la gente por costumbre; a nadie le interesa ver al premier: a todos les interesa ver y hacer al presidente.

Puede ser que el premier tenga una gran personalidad –Manuel Ulloa la tenía bajo la constitución del 79, pero también tenía el ministerio más importante que es el de Economía–, pero ningún presidente se va a dejar opacar por un premier –en el caso de Belaunde, este sabía que Ulloa jamás lo podría opacar–, por lo que en términos generales el presidente elige a una medianía gris o a un señorón que le cae bien a todos los moscardones de los cócteles sociales pero nada más.

Si algún poder tiene el premier es crear crisis de gabinete renunciando, como lo hizo Carlos Ferrero en el gobierno de Toledo para obligar a renunciar al recién juramentado canciller Popy Olivera. Pero de esas travesuras no pasa.

En síntesis: no hay nada que esperar del nuevo premier porque no hará ninguna diferencia en el gobierno de Martín Vizcarra ni de ningún otro presidente. Eso solo ocurrirá cuando la Constitución cambie y le otorgue poderes reales (como en los regímenes parlamentarios), reservándole al presidente de la República la jefatura del Estado y poderes absolutos en casos de grandes crisis nacionales y conmociones internacionales, además de la de jefe supremo de las Fuerzas Armadas.

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