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Opinión


9 Noviembre, 2017.

PPK y Keiko: ¿nada personal?

La permanente lucha entre poderes del Estado por imponer sus voluntades refleja un absoluto descontrol sin visos de solución.

El país no puede seguir sometido a esta pugna de poderes que distrae toda atención sobre lo que realmente importa. Resulta obvio que será imposible tender puentes entre PPK y Keiko: es claro que las reuniones realizadas en diciembre de 2016 (por intercesión del cardenal Cipriani) y en julio de este año solo han servido para hacer declaraciones de supuesta “buena voluntad” y engañar a algunos ciudadanos incautos que todavía confían que en política se le puede poner alfombra roja al enemigo.

Han sido quince meses de gobierno complicado, pero estas últimas semanas —desde que el presidente expresó que la Comisión Lava Jato era “un circo” y que no los iba a recibir, para luego enviar una carta con información que él consideraba pertinente al caso— la situación se halla más hostil que nunca.

La Comisión de Constitución ha declarado que el presidente de la república sí tiene la obligación de comparecer ante una comisión investigadora del Congreso para prestar su declaración testimonial por hechos ocurridos antes de asumir el cargo, en las condiciones que la Comisión establezca. Se amparan, principalmente, en el artículo 97 de la Constitución que establece que “el Congreso puede iniciar investigaciones sobre cualquier asunto de interés público”  y en el artículo 117 que dispone las causales excepcionales por las que el jefe de Estado puede ser acusado o denunciado durante su mandato, vale decir, que limita la potestad de acusarlo pero no de investigarlo. Hay muchos juristas como César Nakazaki que se han pronunciado a favor de esa tesis,

Los amigos del presidente —varios prestigiosos abogados, entre ellos— afirman que el pronunciamiento de la Comisión de Constitución respecto a la obligatoriedad de PPK de comparecer como invitado a la Comisión Lava Jato es un capricho fujimorista, una demostración de fuerza de los poderes omnímodos del Congreso que intenta debilitar a la figura presidencial. Igualmente, especulan que la denuncia formulada por Daniel Salaverry contra Pablo Sánchez en su calidad de fiscal de la nación es una cortina de humo o una venganza de FP, ante eventuales investigaciones contra Keiko Fujimori y Fuerza Popular como “organización criminal” y reapertura del caso de Joaquín Ramírez por lavado de activos.

Sin embargo, mientras nuestros funcionarios públicos capturan toda la atención los medios observo en televisión imágenes de vecinos de Huarochirí protestando violentamente por su situación de abandono ante la lentitud de la Reconstrucción, una realidad que se replica en todas las regiones afectadas, con mayor o menor hostilidad. Es una sociedad desesperada por sobrevivir, a la que no le interesa absolutamente las escaramuzas del poder porque su prioridad es cómo darle de comer a sus hijos al día siguiente o tener un trabajo estable.

Según la encuesta de Pulso Perú publicada por el diario Gestión, el 62% de los peruanos valora la estabilidad en el trabajo, frente al 14% que valora el sueldo. El 57% percibe que el Gobierno no alienta la generación de empleo y que esa situación será aún más grave hacia el 2021. Esperanza de mejora: ¡cero!

En El Espíritu de las Leyes, decía Montesquieu que la Constitución establece instituciones con carácter de permanencia tratando de alejarlas de las pasiones humanas. Que estas nunca deben depender de los hombres sino de la ley, de un equilibrio de poderes que imponga cierta estabilidad y sirva de barrera a la ambición y vicio natural de las personas, especialmente cuando ocupan el poder. En el Perú se da la situación inversa: la permanente lucha entre poderes del Estado por imponer sus voluntades refleja un absoluto descontrol sin visos de solución.

Señores funcionarios públicos: ¡su vanidad les ha creado una quimera de país! Miren más allá de sus curules y escritorios, alineen prioridades y trabajen hacia objetivos comunes. ¡Pero ya! Ya lo han dicho hasta en la publicidad: “El tiempo vale más que el dinero”. O sea, ¡no hay tiempo que perder!


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