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Opinión


17 Abril, 2018.

PPK: el costo de la soberbia

The Economist: el expresidente no solo pasará a la historia por la corta duración de su Gobierno y por las circunstancias de su salida, sino por su "inadvertida gestión y renuncia".

PPK no solo pasará a la historia por la corta duración de su Gobierno y por las circunstancias de su salida, sino por su “inadvertida gestión y renuncia”. Así lo destaca un durísimo artículo publicado por The Economist intitulado “The short and unhappy presidency of Pedro Pablo Kuczynski” (la corta e infeliz presidencia de Pedro Pablo Kuczynski), en el que relata la evidente incapacidad del hoy expresidente para sentar las bases de su anunciado proceso de reconversión del Perú, en un país con sólida clase media y respeto a las leyes y la institucionalidad.

El artículo destaca su permanente negacionismo frente a la contundente evidencia de sus  conexiones con Odebrecht y el cinismo sobre su pacto con Kenji Fujimori para evitar la vacancia en diciembre del 2017. En pocas palabras, la publicación sepulta el prestigio y trayectoria internacional de la que tanto se vanagloriaba. Triste para un hombre que quiso emular a Piñera y a Macri, o deslumbrar a las altas esferas estadounidenses a las que en su momento fascinó como un prestigiado economista. De la presidencia del First Boston Bank Corporation a un cuasi encierro domiciliario en la calle Choquehuanca en San Isidro: ese es el corolario para aquel pecado llamado soberbia.

Y la respuesta de PPK no se hizo esperar. Publicada en la edición del 7 de este mes, sostiene que el artículo contiene indignantes inexactitudes y que desde el primer día en su presidencia la supermayoría de la oposición trato de acabar con su Gobierno (según él, la evidencia fue la actitud hostil hacia cinco de sus ministros). En otras palabras, Fuerza Popular conspiró contra él y lo puso contra las cuerdas hasta que logró la renuncia a pesar de que su Administración trabajó para mantener el desarrollo del país, el crecimiento de la infraestructura, la mejora de la salud pública y promover la inversión minera amigable con el medio ambiente, sin impactar los índices de inflación o inflar la deuda pública del país.

Es decir, en la mente de Kuczynski, él lideró un país vigoroso y saludable pero injustamente la mano negra de la política lo derrotó. Y finalizó la carta con un cliché poco realista para sus posibilidades: “Ya fuera del ámbito público, continuaré trabajando para asegurar que los ciudadanos peruanos disfruten de salud y seguridad junto con sus derechos civiles y humanos”. Desafortunadamente, la realidad indica que dedicará los próximos años a defenderse y a tratar de evitar la cárcel.

Por supuesto, PPK solo tiene memoria para lo que le conviene. No recuerda que cuando apenas asumió el cargo declaró: “Hay que intentar jalarse algunos congresistas del fujimorismo […] No todos los miembros de la bancada fujimorista son miembros del partido, habrá como treinta que se subieron al carro creyendo que ella ganaba y que recibirían una prebenda”. Premonitorias palabras de lo que sería su terrible Waterloo: su mayor error fue ponerlas en práctica.

Jamás oímos el acto de contrición de PPK. Cometió errores (y muchos) pero el más grande fue no haber sabido reconocerlos y tampoco pedido disculpas al país por mentirle: no solo se burló de todos cuando siendo candidato se arrogaba el calificativo del “más honesto” sino que mintió reiteradamente ante cada nueva evidencia de sus vinculaciones con Odebrecht y de sus poco transparentes manejos desde que fue ministro. Es de grandes saber pedir perdón: de haberlo hecho por lo menos la historia lo hubiese registrado como una persona con nobleza de espíritu.


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