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Perú: la irresistible billetera ajena

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Una reciente investigación a nivel mundial ha determinado que el ciudadano peruano es el MÁS DESHONESTO y el campeón mundial de la indecencia; y el Perú, el único país donde el altruismo no existe.



“Lo pide el ciudadano”, ha afirmado el presidente Vizcarra pensando en sus propios intereses o en las famosas encuestas que financia indirectamente a través del subsidio a la prensa. Pero, ¿acaso podemos confiar en la honestidad del ciudadano peruano –tantas veces cuestionada en estos días– para justificar un atropello? ¿Podemos confiar en ese mismo peruano que, según muchos afirman, eligió al peor Congreso de la historia?

Una reciente investigación a nivel mundial intentó medir la honestidad de ciudadanos en alrededor de 355 ciudades de cuarenta países del mundo, el Perú incluido. Llevaron a cabo un experimento con valor estadístico para comprender y valorar los estándares cívicos de los individuos que componen sus sociedades. Pues sin honestidad, dice la propuesta del artículo, las promesas son rotas, los impuestos no se pagan, los contratos no se hacen cumplir y los gobiernos se vuelven más corruptos. Algo tan consabido para nosotros en medio de una corrupción mundial que llega a 1.3 billones de dólares: una cifra brutal.

Tan importante experimento efectuado por prestigiosas universidades consistió en repartir 17 mil billeteras en oficinas públicas y privadas alrededor del mundo –se afirma, incluso, que en oficinas de algunas fiscalías anticorrupción–, con dinero incluido en ellas –alrededor de 15 dólares o 50 soles en una primera etapa–, más tarjetas, una llave y el correo electrónico del propietario con el fin de ubicarlo. Todo con el objeto de medir la reacción de ciudadanos comunes y corrientes frente al hallazgo: ¿quiénes se quedan con la billetera, las tarjetas, la llave y los 50 soles, y quiénes las devuelven sobreponiéndose al deseo de obtener un beneficio económico inmediato?

En países como Chile o Argentina un 40% devolvió las carteras; en el Perú, solo un 10%. Al parecer, la deshonestidad y el oportunismo nos constituye y empobrece sistemáticamente. Somos un país en el que los artistas lavan las banderas por los corruptos y donde el presidente Vizcarra –con cinismo de un gran estadista– declara que este es el año de la lucha contra la corrupción. Tampoco nos sorprende, como sugiere la investigación, que las obligaciones sean rotas hasta para cobrar esa ridícula indemnización de 610 millones a Odebrecht, y que al final estas promesas terminen en el poemario de algún baño público. O que los fiscales de Lava Jato prometieran el acceso a los programas de coimas MyWebDay y apoyaran descaradamente a la corrupta constructora bajo el argumento de que sus directivos han cambiado, que ya son otros, y que por eso les permitieron que rematen peajes con beneficios corruptos, que demanden 2000 millones por el Gasoducto y que vendan Chaglla con subsidios estatales claves.

El umbral entre un delincuente común y un peruano honesto ha sido roto; eso demuestra la investigación. Tal vez debido a la viveza de los políticos criollos, de los periodistas que incumplen con su deber de informar sin juzgar o presionados por la realidad mediática –que tiende a premiar la noticia bochornosa–, el sensacionalismo de la delincuencia callejera. ¡Roba peruano, la justicia te protege!

En una segunda fase de esta investigación, billeteras con 90 dólares –unos 300 soles– fueron dejadas en las oficinas. Los resultados que incluyen a países como Estados Unidos, Canadá, Alemania, Holanda Italia, Chile, China, Argentina, México y Perú, entre otros (ver el gráfico), muestran que el ciudadano peruano es el MÁS DESHONESTO y el campeón mundial de la indecencia; y el Perú el único país donde el altruismo no existe, pues al aumentarse el monto de dinero la devolución no fue proporcional –como ocurrió en el resto de países–; vaya honor.

La honestidad se ablanda con tanta desvergüenza, cinismo y doble discurso de los gobiernos. Además, la delincuencia en las calles atemoriza al más pintado, pues la ley de la selva nos ha ganado la partida. La cultura de la delincuencia lleva a personas comunes a quitarles el celular o las zapatillas a un atropellado en vez de asistirlo.

Sin embargo, queda el misterio: ¿cómo explicar entonces que en el Mundial de Rusia la peruana haya sido considerada como la barra más correcta, más amigable, mejor comportada y que apoyó a su equipo en las buenas y en las malas, entre tantos países del mundo?

¡Bueno, esa dicotomía debería dar pie a otra investigación a nivel local, pero de más difícil catadura!

Foto: RT

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