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Opinión


25 Septiembre, 2018.

Patitas pa’ que te quiero

El 58% de los peruanos haría maletas ahorita mismo para irse a vivir al exterior.

Mientras que el presidente Vizcarra y su corte siguen jugando a capitalizar políticamente el fervoroso e irracional anti fujimorismo, según una encuesta de Ipsos Perú –publicada por El Comercio el 16 de setiembre último– el 58% de los peruanos haría maletas ahorita mismo para irse a vivir al exterior.

¡La cifra es altísima! Sorprendentemente, el lugar preferido para emigrar es los EE. UU. a pesar de las políticas tan duras y hasta xenófobas del presidente Trump. Son números dramáticos, pero no desconciertan si tomamos en cuenta el clima de hostilidad y decepción que vivimos en el país, reflejo de una sociedad que se siente abandonada y que no ve la luz al final del túnel. En simple, estos peruanos buscan oportunidades laborales para mejorar. Son valientes y aspiracionales: saben que si no corren el riesgo la satisfacción de sus necesidades será el permanente sueño incumplido.

La mayoría tiene familia viviendo fuera y cuenta con evidencia directa de que el esfuerzo paga, que trabajando lo mismo que en el Perú –en condiciones incluso menos amigables– serán respetados y compensados con justicia. Saben que la siembra puede ser dura, pero se cosecha. En cualquier esquina del país pueden comunicarse por Facetime o Skype y ver — con sus propios ojos, sin que se lo cuenten– las diferencias en calidad de vida. Por ejemplo, que llegar al centro laboral tome 30 minutos en lugar de dos horas, por las facilidades de transporte público, hace una gran diferencia.

Muchas empleadas domésticas en los EEUU tienen su propio vehículo y llegan a trabajar como “ejecutivas del hogar”. Nunca entran con la mirada gacha por el ascensor de servicio sino por la puerta principal. En España, la Seguridad Social es de lujo y los medicamentos muchísimo más económicos. Proveen “genéricos” que proporcionan los mismos efectos clínicos de los de marca, mientras algunos en el Perú parecen simples placebos.

Cuando la gente emigra se vuelve formal, cumple escrupulosamente la ley. Impensable echar desperdicios en espacios públicos o cruzar vías en lugares prohibidos. Hay un inmediato cambio de chip; se asimilan a la civilización. Ese peruano que sacaba licencias de conducir con tramitadores, que compraba “San Francisco” y que no tenía ningún respeto por su entorno se vuelve el más pulcro y cumplido ciudadano. Protegen aquello que tanto le costó obtener, no por amor sino por evidente necesidad.

Es increíble que esta penosa situación pase tan desapercibida. Por la razón que fuera, cuando tienes a más del 50% de la población que quiere huir deberían sonar todas las alarmas; la mal llamada “reserva moral del país” debería organizar una marcha y las autoridades mostrar algún nivel de preocupación. TRES MILLONES en el exterior y muchos más con ganas de empacar… ¡y nadie alza la voz!

La felicidad de los peruanos solo gira en torno a la comida y a ocasionales chispazos de la Selección Peruana… ¿solo eso o algo se me quedó en el tintero?


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